
Januká: La Lucha por el Derecho a ser Distintos
colaboración del rabino Manes Kogan
(kogan@rev.net)
Seguramente muchos de ustedes conozcan la historia de Janucá: Los
sirios muy influenciados por la cultura griega, trajeron poco a poco a la Tierra de Israel
una nueva forma de vida. Una forma de vida pagana que ponía énfasis en la estética más
que en la ética, en la belleza y la fortaleza física más que en los valores
espirituales y morales. Esta escala de valores era incompatible con la forma de vida
judía.
Era el año 169 cuando el rey Antíoco IV decidió acelerar la
helenización de los judíos. Para ello construyó una ciudad con características griegas
dentro de Jerusalem. Se estableció el culto pagano en el Templo realizándose sacrificios
de cerdos en el altar; se prohibió el estudio de la Torá, la observancia del Shabat y la
circuncisión.
Aquí empezaron los problemas para los judíos. Las soluciones
propuestas para poder sobrevivir eran dos: helenizarse -o sea aceptar como propios los
valores de la cultura griega- o resistir.
En el año 167 (a.e.c) los griegos entraron a Modín, un pequeño
poblado cerca de Jerusalém y erigieron un altar. Un sacerdote llamado Matitiahu, de la
familia de los Jashmonaím, vio a un judío que había optado por la forma de vida griega,
llevar un cerdo al altar para ser sacrificado. Matitiahu lleno de furia lo mató y
destruyó el altar pagano. Aquí comenzó la revolución. Matitiahu con sus cinco hijos
huyeron a las montañas. Poco a poco se unieron a ellos otros judíos que deseaban vivir
de acuerdo con las leyes de la Torá.
Pasaron dos años de duras batallas. Finalmente, Yehudá el Macabeo y
sus hombres entraron victoriosos al Templo de Jerusalem, destruyeron el altar pagano y
purificaron los utensilios profanados.
El 25 de Kislev del año 165 (a.e.c) encendieron por primera vez en
muchos años la Menorá, el candelabro de oro de siete brazos.
Janucá es una historia de milagros. El primer milagro fue el triunfo
de unos pocos contra muchos, de los débiles contra los poderosos, un triunfo casi mágico
cuando parecía imposible.
El segundo milagro tiene que ver con las luminarias. Cuando los
Macabeos entraron al Templo de Jerusalem para purificarlo encontraron un cántaro de
aceite que les serviría para encender la Menorá. Según sus cálculos este aceite debía
durar sólo un día, pero siguió ardiendo durante ocho días.
Hasta aquí la historia de Jánuca.
Ahora debemos preguntarnos:
Lo primero que debiéramos aprender es que debemos mantener nuestro
derecho a ser distintos. No somos ni mejores ni peores. Somos distintos. Tenemos
tradiciones valiosas que queremos preservar y los otros deben respetar nuestra libre
decisión. Como judíos debemos luchar por nuestro derecho a mantener aquello que nos
pertenece.
Nuestros antepasados decidieron encender la Menorá a pesar de saber
que su llama se consumiría en poco tiempo. Ese fue el milagro: nada les aseguraba que la
luz duraría pero igual la encendieron; nada aseguraba que la lucha tendría éxito y sin
embargo lucharon.
Nuestro vecino -el que no es igual a nosotros- debe aprender a
respetarnos, y nosotros a él. Respetar al que piensa y cree como yo, no es difícil y no
exige ningún esfuerzo. Sin embargo debo aprender a respetar también al que no piensa ni
cree como yo.
Lo segundo que podemos aprender de Janucá es que debemos ascender en
santidad. Cada noche de Janucá ascendemos en luz, en brillo. Comenzamos la primera noche
con una vela y agregamos cada noche una vela más. Así también debemos superarnos día a
día e ir ascendiendo en santidad.
Lo tercero que nos enseña Jánucá (a través del Shamash), es que
debemos iluminarnos a nosotros mismos para luego iluminar a otros. Es cierto, la luz no
debe quedar dentro nuestro. Sin embargo, si no empezamos por nosotros, no podremos
iluminar a nadie. Esto vale para cada uno de nosotros en particular, para nosotros como
comunidad y para nosotros como pueblo.
Sea tu voluntad, oh Dios, que las luces de janucá iluminen nuestra
vida. Que podamos ascender en santidad, iluminarnos e iluminar a otros con nuestra luz. Y
que podamos servirte a ti, a nuestro pueblo y a nuestra comunidad con fe y amor. Amén.