
G. K. Chesterton
La tienda de los
fantasmas
Casi
todo lo mejor y más valioso del universo puede comprarse por medio
penique. Exceptuando, por supuesto, el sol, la luna, las estrellas, la
tierra, la gente, las tormentas y otras baratijas. Las tienes gratis.
Además, dejo de lado otra cosa, que no puedo mencionar en este
periódico, cuyo precio más bajo es la mitad de medio penique. Este
principio general resultará enseguida evidente. En la calle detrás
de mí, puedes montar en un tranvía eléctrico por medio penique. Subirte
a un tranvía eléctrico es como subirte a un castillo volador en un
cuento de hadas. Puedes hacerte con un buen puñado de chucherías de
colores por la mitad de un penique. También tienes la oportunidad de
leer este articulo por medio penique, junto con, por supuesto, otras
cosas menos importantes.
Pero si quiere descubrir la enorme cantidad de
cosas asombrosas que puedes conseguir por medio penique, haz lo que yo
hice anoche. Estampé la nariz contra el escaparate de una de las tiendas
más pequeñas y peor iluminadas de uno de los callejones más estrechos y
oscuros del barrio de Battersea. Pero por oscuro que fuese ese
rectángulo de luz, resplandecía con todos los colores que Dios creó,
utilizando la expresión que una vez escuche a un niño. Los
juguetes de los pobres son todos como los niños que los compran. Sucios
pero todos alegres. Por mi parte, prefiero la alegría a la limpieza. La
primera es del alma y la segunda del cuerpo. Les ruego que me
disculpen, es que soy demócrata. Sé que estoy trasnochado en el mundo
actual.
Mientras miraba aquel palacio de maravillas
liliputienses, los pequeños autobuses verdes, los pequeños elefantes
azules, los muñequitos negros y las pequeñas arcas de Noe rojas, debí
caer en una especie de trance antinatural. El escaparate iluminado se
transformó en el brillante escenario en que uno contempla una comedia
muy entretenida. Me olvide de las casas grises y de la gente triste a
mis espaldas como uno se olvida del público y las galerías oscuras en el
teatro. Me parecía que los objetos detrás del cristal eran pequeños no
por su tamaño a causa de la distancia. El autobús verde era realmente un
autobús verde. Un autobús verde del barrio de Bayswater, que estuviese
recorriendo un enorme desierto, al hacer su ruta diaria hasta Bayswater.
El elefante ya no era azul por la pintura sino por la
distancia. El muñequito era realmente un hombre de raza negra
recortándose contra el brillante follaje tropical de la tierra en que
cada planta tiene un color ardiente y solo el ser humano es oscuro. El
arca de Noe roja era en verdad la enorme nave de la salvación del mundo,
flotando en un mar acrecentado por la lluvia, en el rojo primer amanecer
de la esperanza.
Creo que todos tenemos estos extraordinarios
instantes de abstracción, estos brillantes momentos con la mente en
blanco. En momentos semejantes, podemos mirar a la cara a nuestro mejor
amigo y ver gafas y bigotes imaginarios. Por lo general están marcados
por lo lento que se desarrollan y lo abrupto de su fin. El regreso a la
actividad mental normal es a menudo tan repentino como tropezarse con
alguien. A menudo, uno termina chocándose de verdad contra alguien, al
menos en mi caso. Pero de todos modos, el despertar es claro y,
por lo general, completo. Pues bien, en esta ocasión, aunque una ola de
cordura me arrastro a la conciencia de que en realidad solamente estaba
mirando una humilde y diminuta juguetería, de alguna extraña manera la
curación no parecía ser definitiva. Algo que no podía controlar seguía
diciéndome que me había adentrado en una atmósfera extraña, o que había
hecho algo raro. Me sentía como si hubiese como si hubiese obrado un
milagro o cometido un pecado. Era como si de alguna forma hubiese
atravesado una frontera del alma.
Para librarme de esta sensación onírica tan
peligrosa, entré en la tienda e intenté comprar algunos soldaditos de
madera. El dependiente era muy anciano y estaba muy deteriorado. Con
medio rostro y toda la cabeza cubiertos de despeinado cabello cano. Un
cabello tan increíblemente blanco que parecía artificial. Y aunque
parecía senil y enfermo no se reflejaba sufrimiento en sus ojos. Era
como si, poco a poco, se estuviese quedando dormido en una decadencia
amable. Me dio los soldaditos de madera pero, cuando coloqué el
dinero sobre el mostrador, aparentó no verlo en un primer momento.
Parpadeó débilmente mirándolo y lo apartó débilmente.
-No, no –dijo confuso – Nunca lo he hecho así.
Nunca. Aquí somos muy anticuados.
-No aceptar dinero me parece algo a la
más rabiosa última moda más que anticuado.
-Nunca lo he hecho así – contestó el anciano
sonándose los mocos – Siempre he dado regalos y soy demasiado viejo para
cambiar.
-¡Por el amor de Dios! – dije - ¿Qué quiere decir?
Está hablando como si fuese Papá Nöel.
-Soy Papá Nöel- dijo disculpándose y volvió a
sonarse los mocos.
En el exterior, las farolas no podían estar
encendidas. En cualquier caso, era imposible ver nada más allá del
escaparate iluminado. No se escuchaban pasos ni voces por la calle.
Parecía que me hubiese internado en un nuevo mundo en el que el sol no
brillaba. Pero algo había soltado las amarras del sentido común y no
podía sorprenderme más que de una manera somnolienta.
-Pareces enfermo, Papá Nöel – Algo me impulso a
decir eso.
-Estoy agonizando.
Guardé silencio y fue él quien habló de nuevo.
-Todos los nuevos se han marchado. No lo entiendo.
Se meten conmigo por razones tan raras e incoherentes. Los científicos,
todos los innovadores. Dice que le doy a la gente supersticiones y les
vuelvo demasiado ilusos, que les doy carnes horneadas y les hago
demasiado materialistas. Dicen que mis partes celestiales son demasiado
celestiales, que mis partes mundanas son demasiado mundanas. No sé lo
que quieren, de eso si que estoy seguro. ¿Cómo puede algo celestial
serlo demasiado? ¿Cómo puede algo mundano ser demasiado mundano? ¿Cómo
se puede ser demasiado bueno o demasiado alegre? No lo entiendo. Pero
hay algo que entiendo demasiado bien: esta gente moderna está viva y yo
muerto.
-Tú sabrás si estás muerto – repliqué – pero
a lo que ellos hacen no lo llamo vivir.
Un silencio cayó entre nosotros que, de alguna
manera, esperé ver roto. No había durado unos segundos, cuando, en
medio de la total tranquilidad, escuché unos pasos que, cada vez más
rápidos, se acercaban por la calle. Al instante, una figura se lanzó al
interior de la tienda y quedo enmarcada en el umbral. Vestía una
chistera blanca, echada hacia atrás como con prisa, anticuados
pantalones negros ceñidos, anticuados chaleco y chaqueta de colores
brillantes y un fantástico abrigo viejo. Tenía los ojos, abiertos y
brillantes, de un actor de carácter, una cara pálida y nerviosa y la
barba muy recortada. Abarcó al anciano y su tienda en una mirada que fue
de verdad como una explosión y lanzó la exclamación de un hombre por
completo estupefacto.
-¡Buen Dios! ¡No puedes ser tú! – gritó – Vine a
preguntar dónde estaba tu tumba.
-Aún no he fallecido, Sr. Dickens – contestó el
anciano con su débil sonrisa – Pero me estoy muriendo – añadió
como tranquilizándole
-Pero a paseo con todo si no agonizaba en mis
tiempos – dijo el Sr. Charles Dickens alegremente – Y no pareces ni un
día más viejo.
-Llevó así mucho tiempo – Dijo Papá Nöel.
El Sr. Charles Dickens le dio la espalda y
sacó la cabeza por la puerta, metiéndola en la oscuridad.
-Dick – bramó a todo pulmón – sigue vivo.
Otra sombra oscureció el umbral, entró un
caballero mucho mayor y más fuerte que llevaba puesta una enorme peluca
empolvada. Abanicaba su sofocado rostro con un sombrero militar
correspondiente a la moda de la época de la reina Ana. Andaba
erguido como un soldado y en su cara había una expresión arrogante
que era repentinamente desmentida por sus ojos. Humildes como los de un
perro. Su espada hacia mucho ruido, como si la tienda fuese demasiado
pequeña para ella.
- En verdad – dijo Sir Richard Steele – Es
cuestión harto prodigiosa, pues este hombre se acercaba a su último
aliento cuando escribí sobre Sir Roger de Coverley y su día de navidad.
Mis sentidos se embotaban y el cuarto se
oscurecía. Parecía repleto de recién llegados.
-Se ha dado siempre por entendido – dijo un hombre
gordo que ladeaba la cabeza en un gesto obstinado y humorístico ( Me
parece que era Ben Johnson)- Se ha dando siempre por entendido, cónsul
Jacobo, bajo nuestro rey Jaime o bajo su difunta Majestad la reina, que
costumbres tan buenas y saludables decaían. Y que era previsible su
desaparición. Este anciano canoso no esta ahora más robusto que cuando
yo le eche el ojo.
Y creó que también escuché a un hombre vestido con
malla verde, como Robin Hood, decir en una mezcla de inglés y francés
normando “ Pero sí lo vi agonizante.”.
- Llevo así mucho tiempo – Dijo Papá Nöel otra vez
a su débil manera.
El Sr. Charles Dickens de repente se le acercó y
se inclinó delante de él.
-¿Desde cuando? –preguntó - ¿Desde qué naciste?
-Sí- contestó el anciano y se dejó caer en su
silla temblando – Siempre he agonizado.
El Sr.Charles Dickens se quitó el sombrero
haciendo una reverencia como la haría un hombre que llamase a la
multitud a amotinarse.
-Ahora lo entiendo – gritó – Nunca morirás.