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Benito Pérez Galdós
La Mula y el Buey
I
Cesó de quejarse la pobrecita, movió la cabeza, fijando los tristes ojos en las
personas que rodeaban su lecho, extinguióse poco a poco su aliento, y expiró. El
ángel de la guarda, dando un suspiro, alzó el vuelo y se fue.
La infeliz madre no creía tanta desventura; pero el lindísimo rostro de Celinina
se fue poniendo amarillo y diáfano como cera; enfriáronse sus miembros y quedó
rígida y dura como el cuerpo de una muñeca. Entonces llevaron fuera de la alcoba
a la madre, al padre y a los más inmediatos parientes, y dos o tres amigas y
criadas se ocuparon en cumplir el último deber con la pobre niña muerta.
La vistieron con riquísimo traje de batista, la falda blanca y ligera como una
nube, toda llena de encajes y rizos que la asemejaban a espuma. Pusiéronle los
zapatos, blancos también, y apenas ligeramente gastada la suela, señal de haber
dado pocos pasos, y después tejieron, con sus admirables cabellos de color
castaño oscuro, graciosas trenzas enlazadas con cintas azules. Buscaron flores
naturales, mas no hallándolas, por ser tan impropia de ellas la estación,
tejieron una linda corona con flores de tela, escogiendo las más bonitas y las
que más se parecían a verdaderas rosas frescas traídas del jardín.
Un hombre antipático trajo una caja algo mayor que la de un violín, forrada de
seda azul con galones de plata, y por dentro guarnecida de raso blanco.
Colocaron dentro a Celinina, sosteniendo su cabeza en preciosa y blanda
almohada, para que no estuviese en postura violenta, y después que la acomodaron
bien en su fúnebre lecho, cruzaron sus manecitas, atándolas con una cinta, y
entre ellas pusiéronle un ramo de rosas blancas, tan hábilmente hechas por el
artista, que parecían hijas del mismo abril.
Luego las mujeres aquellas cubrieron de vistosos paños una mesa, arreglándola
como un altar, y sobre ella fue colocada la caja. En breve tiempo armaron unos
al modo de doseles de iglesia, con ricas cortinas blancas que se recogían
gallardamente a un lado y otro; trajeron de otras piezas cantidad de santos e
imágenes que ordenadamente distribuyeron sobre el altar, como formando la corte
funeraria del ángel difunto, y sin pérdida de tiempo encendieron algunas docenas
de luces en los grandes candelabros de la sala, los cuales en torno a Celinina
derramaban tristísimas claridades.
Después de besar repetidas veces las heladas mejillas de la pobre niña, dieron
por terminada su piadosa obra.
II
Allá en lo más hondo de la casa sonaban gemidos de hombres y mujeres. Era el
triste lamentar de los padres, que no podían convencerse de la verdad del
aforismo angelitos al cielo que los amigos administran como calmante moral en
tales trances. Los padres creían entonces que la verdadera y más propia morada
de los angelitos es la tierra; y tampoco podían admitir la teoría de que es
mucho más lamentable y desastrosa la muerte de los grandes que la de los
pequeños.
Sentían, mezclada a su dolor, la profundísima lástima que inspira la agonía de
un niño, y no comprendían que ninguna pena superase a aquella que destrozaba sus
entrañas.
Mil recuerdos e imágenes dolorosas les herían, tomando forma de agudísimos
puñales que les traspasaban el corazón. La madre oía sin cesar la encantadora
media lengua de Celinina, diciendo las cosas al revés, y haciendo de las
palabras de nuestro idioma graciosas caricaturas filológicas que afluían de su
linda boca como la música más tierna que puede conmover el corazón de una madre.
Nada caracteriza a un niño como su estilo, aquel genuino modo de expresarse y
decirlo todo con cuatro letras, y aquella gramática prehistórica, como los
primeros vagidos de la palabra en los albores de la humanidad, y su sencillo
arte de declinar y conjugar, que parece la rectificación inocente de los idiomas
regularizados por el uso. El vocabulario de un niño de tres años, como Celinina,
constituye el verdadero tesoro literario de las familias. ¿Cómo había de olvidar
la madre aquella lengüecita de trapo que llamaba al sombrero tumeyo y al
garbanzo babancho?
Para colmo de aflicción, vio la buena señora por todas partes los objetos con
que Celinina había alborozado sus últimos días, y como éstos eran los que
preceden a navidad rodaban por el suelo pavos de barro con patas de alambre, un
san José sin manos, un pesebre con el Niño Dios, semejante a una bolita de color
de rosa, un rey mago montado en arrogante camello sin cabeza. Lo que habían
padecido aquellas pobres figuras en los últimos días, arrastrados de aquí para
allí, puestas en esta o en la otra forma, sólo Dios, la mamá y el purísimo
espíritu que había volado al cielo lo sabían.
Estaban las rotas esculturas impregnadas, digámoslo así, del alma de Celinina, o
vestidas, si se quiere, de una singular claridad muy triste, que era la claridad
de ella. La pobre madre, al mirarlas, temblaba toda, sintiéndose herida en lo
más delicado y sensible de su íntimo ser. ¡Extraña alianza de las cosas! ¡Cómo
lloraban aquellos pedazos de barro! ¡Llenos parecían de una aflicción intensa y
tan doloridos que su vista sola producía tanta amargura como el espectáculo de
la misma criatura moribunda, cuando miraba con suplicantes ojos a sus padres y
les pedía que le quitasen aquel horrible dolor de su frente abrasada! La más
triste cosa del mundo era para la madre aquel pavo con patas de alambre clavadas
en tablilla de barro, y que en sus frecuentes cambios de postura había perdido
el pico y el moco.
III
Pero si era aflictiva la situación de espíritu de la madre, éralo mucho más la
del padre. Aquélla estaba traspasada de dolor; en éste el dolor se agravaba con
un remordimiento agudísimo. Contaremos brevemente el peregrino caso, advirtiendo
que esto quizá parecerá en extremo pueril a algunos; pero a los que tal crean
les recordaremos que nada es tan ocasionado a puerilidades como un íntimo y puro
dolor, de ésos en que no existe mezcla alguna de intereses de la tierra, ni el
desconsuelo secundario del egoísmo no satisfecho.
Desde que Celinina cayó enferma, sintió el afán de las poéticas fiestas que más
alegran a los niños, las fiestas de navidad. Ya se sabe con cuánta ansia desean
la llegada de estos risueños días y cómo les trastorna el febril anhelo de los
regalitos, de los nacimientos y las esperanzas del mucho comer y del atracarse
de pavo, mazapán, peladillas y turrón. Algunos se creen capaces, con la mayor
ingenuidad, de embuchar en sus estómagos cuanto ostentan la Plaza Mayor y calles
adyacentes.
Celinina, en sus ratos de mejoría, no dejaba de la boca el tema de la pascua y
como sus primitos, que iban a acompañarla, eran de más edad y sabían cuanto hay
que saber en punto a regalos y nacimientos, se alborotaba más la fantasía de la
pobre niña oyéndoles, y más se encendían sus afanes de poseer golosinas y
juguetes. Delirando, cuando la metía en su horno de martirios la fiebre, no
cesaba de nombrar lo que de tal modo ocupaba su espíritu, y todo era golpear
tambores, tañer zambombas, cantar villancicos. En la esfera tenebrosa que
rodeaba su mente no había sino pavos haciendo clau clau; pollos que gritaban pío
pío; montones de turrón que llegaban al cielo formando un Guadarrama de
almendras; nacimientos llenos de luces y que tenían lo menos cincuenta mil
millones de figuras; ramos de dulce; árboles cargados de cuantos juguetes puede
idear la más fecunda imaginación tirolesa; el estanque del Retiro lleno de sopa
de almendras; besugos que miraban a las cocineras con sus ojos cuajados;
naranjas que llovían del cielo, cayendo en más abundancia que las gotas de agua
en día de temporal, y otros mil prodigios que no tienen número ni medida.
IV
El padre, por no tener más chicos que Celinina, no cabía en sí de inquieto y
desasosegado. Sus negocios le llamaban fuera de la casa; pero muy a menudo
entraba en ella para ver cómo iba la enfermita. El mal seguía su marcha con
alternativas traidoras; unas veces dando esperanzas de remedio, otras
quitándolas.
El buen hombre tenía presentimientos tristes. El lecho de Celinina, con la
tierna persona agobiada en él por la fiebre y los dolores, no se apartaba de su
imaginación. Atento a lo que pudiera contribuir a regocijar el espíritu de la
niña, todas las noches, cuando regresaba a la casa, le traía algún regalito de
pascua, variando siempre de objeto y especie; pero prescindiendo siempre de toda
golosina. Trájole un día una manada de pavos, tan al vivo hechos, que no les
faltaba más que graznar; otro día sacó de sus bolsillos la mitad de la sacra
familia, y al siguiente a san José con el pesebre y portal de Belén. Después
vino con unas preciosas ovejas a quienes conducían gallardos pastores, y luego
se hizo acompañar de unas lavanderas que lavaban, y de un choricero que vendía
chorizos, y de un rey mago negro, al cual sucedió otro de barba blanca y corona
de oro. Por traer, hasta trajo una vieja que daba azotes en cierta parte a un
chico por no saber la lección.
Conocedora Celinina, por lo que charlaban sus primos, de todo lo necesario a la
buena composición de un nacimiento, conoció que aquella obra estaba incompleta
por la falta de dos figuras muy principales, la mula y el buey. Ella no sabía lo
que significaban la tal mula ni el tal buey; pero atenta a que todas las cosas
fuesen perfectas, reclamó una y otra vez del solícito padre el par de animales
que se había quedado en Santa Cruz.
Él prometió traerlos y en su corazón hizo propósito firmísimo de no volver sin
ambas bestias; pero aquel día, que era el 23, los asuntos y quehaceres se le
aumentaron de tal modo que no tuvo un punto de reposo. Además de esto, quiso el
cielo que se sacase la lotería, que tuviera noticia de haber ganado un pleito,
que dos amigos cariñosos le embarazaran toda la mañana..., en fin, el padre
entró en la casa sin la mula, pero también sin el buey.
Gran desconsuelo mostró Celinina al ver que no venían a completar su tesoro las
dos únicas joyas que en él faltaban. El padre quiso al punto remediar su falta;
mas la nena se había agravado considerablemente durante el día; vino el médico,
y como sus palabras no eran tranquilizadoras, nadie pensó en bueyes, más tampoco
en mulas.
El 24 resolvió el pobre señor no moverse de la casa. Celinina tuvo por breve
rato un alivio tan patente que todos concibieron esperanzas, y lleno de alegría
dijo el padre: "Voy al punto a buscar eso".
Pero como cae rápidamente un ave, herida al remontar el vuelo a lo más alto, así
cayó Celinina en las honduras de una fiebre muy intensa. Se agitaba trémula y
sofocada en los brazos ardientes de la enfermedad, que la constreñía
sacudiéndola para expulsar la vida. En la confusión de su delirio, y sobre el
revuelto oleaje de su pensamiento, flotaba, como el único objeto salvado de un
cataclismo, la idea fija del deseo que no había sido satisfecho, de aquella
codiciada mula y de aquel suspirado buey, que aún proseguían en estado de
esperanza.
El papá salió medio loco, corrió por las calles; pero en mitad de una de ellas
se detuvo y dijo: "¿Quién piensa ahora en figuras de nacimiento?".
Y corriendo de aquí para allí, subió escaleras, y tocó campanillas, y abrió
puertas sin reposar un instante hasta que hubo juntado a siete u ocho médicos, y
les llevó a su casa. Era preciso salvar a Celinina.
V
Pero Dios no quiso que los siete u ocho (pues la cifra no se sabe a punto fijo)
alumnos de Esculapio contraviniesen la sentencia que él había dado, y Celinina
fue cayendo, cayendo más a cada hora, y llegó a estar abatida, abrasada,
luchando con indescriptibles congojas, como la mariposa que ha sido golpeada y
tiembla sobre el suelo con las alas rotas. Los padres se inclinaban junto a ella
con afán insensato, cual si quisieran con la sola fuerza del mirar detener
aquella existencia que se iba, suspender la rápida desorganización humana, y con
su aliento renovar el aliento de la pobre mártir que se desvanecía en un
suspiro.
Sonaron en la calle tambores y zambombas y alegres chasquidos de panderos.
Celinina abrió los ojos, que ya parecían cerrados para siempre, miró a sus
padres, y con la mirada tan sólo y un grave murmullo que no parecía venir ya de
lenguas de este mundo, pidió a su padre lo que éste no había querido traerle.
Traspasados de dolor padre y madre quisieron engañarla, para que tuviese una
alegría en aquel instante de suprema aflicción y, presentándole los pavos, le
dijeron: "Mira, hija de mi alma, aquí tienes la mulita y el bueyecito".
Pero Celinina, aun acabándose, tuvo suficiente claridad en su entendimiento para
ver que los pavos no eran otra cosa que pavos, y los rechazó con agraciado
gesto. Después siguió con la vista fija en sus padres y ambas manos en la cabeza
señalando sus agudos dolores. Poco a poco fue extinguiéndose en ella aquel
acompasado son, que es el último vibrar de la vida, y al fin todo calló, como
calla la máquina del reloj que se para; y la linda Celinina fue un gracioso
bulto, inerte y frío como mármol, blanco y transparente como la purificada cera
que arde en los altares.
¿Se comprende ahora el remordimiento del padre? Porque Celinina tornara a la
vida, hubiera él recorrido la tierra entera para recoger todos los bueyes y
todas, absolutamente todas las mulas que en ella hay. La idea de no haber
satisfecho aquel inocente deseo era la espada más aguda y fría que traspasaba su
corazón. En vano con el raciocinio quería arrancársela, pero ¿de qué servía la
razón, si era tan niño entonces como la que dormía en el ataúd, y daba más
importancia a un juguete que a todas las cosas de la tierra y del cielo?
VI
En la casa se apagaron al fin los rumores de la desesperación como si el dolor,
internándose en el alma, que es su morada propia, cerrara las puertas de los
sentidos para estar más solo y recrearse en sí mismo.
Era nochebuena, y si todo callaba en la triste vivienda recién visitada de la
muerte, fuera, en las calles de la ciudad, y en todas las demás casas, resonaban
placenteras bullangas de groseros instrumentos músicos, y vocería de chiquillos
y adultos cantando la venida del mesías. Desde la sala donde estaba la niña
difunta, las piadosas mujeres que le hacían compañía oyeron espantosa algazara,
que a través del pavimento del piso superior llegaba hasta ellas, conturbándolas
en su pena y devoto recogimiento. Allá arriba, muchos niños chicos, congregados
con mayor número de niños grandes y felices papás y alborozados tíos y tías,
celebraban la pascua, locos de alegría ante el más admirable nacimiento que era
dado imaginar, y atentos al fruto de juguetes y dulces que en sus ramas llevaba
un frondoso árbol con mil vistosas candilejas alumbrado.
Hubo momentos en que con el grande estrépito de arriba parecía que retemblaba el
techo de la sala, y que la pobre muerta se estremecía en su caja azul, y que las
luces todas oscilaban, cual si, a su manera, quisieran dar a entender también
que estaban algo peneques. De las tres mujeres que velaban se retiraron dos;
quedó una sola, y ésta, sintiendo en su cabeza grandísimo peso, a causa sin duda
del cansancio producido por tantas vigilias, tocó el pecho con la barba y se
durmió.
Las luces siguieron oscilando y moviéndose mucho, a pesar de que no entraba aire
en la habitación. Creeríase que invisibles alas se agitaban en el espacio
ocupado por el altar. Los encajes del vestido de Celinina se movieron también, y
las hojas de sus flores de trapo anunciaban el paso de una brisa juguetona o de
manos muy suaves. Entonces Celinina abrió los ojos.
Sus ojos negros llenaron la sala con una mirada viva y afanosa que echaron en
derredor y de arriba abajo. Inmediatamente después, separó las manos sin que
opusiera resistencia la cinta que las ataba, y cerrando ambos puños se frotó con
ellos los ojos, como es costumbre en los niños al despertarse. Luego se
incorporó con rápido movimiento, sin esfuerzo alguno, y mirando al techo, se
echó a reír; pero su risa, sensible a la vista, no podía oírse. El único rumor
que fácilmente se percibió era una bullanga de alas vivamente agitadas, cual si
todas las palomas del mundo estuvieran entrando y saliendo en la sala mortuoria
y rozaran con sus plumas el techo y las paredes.
Celinina se puso en pie, extendió los brazos hacia arriba, y al punto le
nacieron unas alitas cortas y blancas. Batiendo con ellas el aire, levantó el
vuelo y desapareció.
Todo continuaba lo mismo; las luces ardiendo, derramando en copiosos chorros la
blanca cera sobre las arandelas; las imágenes en el propio sitio, sin mover
brazo ni pierna ni desplegar sus austeros labios; la mujer sumida plácidamente
en su sueño que debía saberle a gloria; todo seguía lo mismo, menos la caja
azul, que se había quedado vacía.
VII
Hermosa fiesta la de esta noche en casa de los señores de *. Los tambores
atruenan la sala. No hay quien haga comprender a esos endiablados chicos que se
divertirán más renunciando a la infernal bulla de aquel instrumento de guerra.
Para que ningún humano oído quede en estado de funcionar al día siguiente,
añaden al tambor esa invención del Averno llamada zambomba, cuyo ruido semeja a
gruñidos de Satanás. Completa la sinfonía el pandero, cuyo atroz chirrido de
calderetería vieja alborota los nervios más tranquilos. Y sin embargo, esta
discorde algazara sin melodía y sin ritmo, más primitiva que la música de los
salvajes, es alegre en aquesta singular noche, y tiene cierto sonsonete lejano
de coro celestial.
El nacimiento no es una obra de arte a los ojos de los adultos; pero los chicos
encuentran tanta belleza en las figuras, expresión tan mística en el semblante
de todas ellas, y propiedad tanta en sus trajes, que no creen haya salido de
manos de los hombres obra más perfecta, y la atribuyen a la industria peculiar
de ciertos ángeles dedicados a ganarse la vida trabajando en barro. El portal de
corcho, imitando un arco romano en ruinas, es monísimo y el riachuelo
representado por un espejillo con manchas verdes que remedan acuáticas hierbas y
el musgo de las márgenes, parece que corre por la mesa adelante con plácido
murmullo. El puente por donde pasan los pastores es tal, que nunca se ha visto
el cartón tan semejante a la piedra, al contrario de lo que pasa en muchas obras
de nuestros ingenieros modernos, los cuales hacen puentes de piedra que parecen
de cartón. El monte que ocupa el centro se confundiría con un pedazo de los
Pirineos, y sus lindas casitas, más pequeñas que las figuras, y sus árboles
figurados con ramitas de evónimus, dejan atrás a la misma naturaleza.
En el llano es donde está lo más bello y las figuras más características: las
lavanderas que lavan en el arroyo; los paveros y polleros conduciendo sus
manadas; un guardia civil que lleva dos granujas presos; caballeros que pasean
en lujosas carretelas junto al camello de un rey mago, y Perico el ciego tocando
la guitarra en un corrillo donde curiosean los pastores que han vuelto del
portal. Por medio a medio, pasa un tranvía lo mismito que el del barrio
Salamanca, y como tiene dos rails y sus ruedas, a cada instante le hacen correr
de oriente a occidente con gran asombro del rey negro, que no sabe qué
endiablada máquina es aquélla.
Delante del portal hay una lindísima plazoleta, cuyo centro lo ocupa una redoma
de peces, y no lejos de allí vende un chico La correspondencia, y bailan
gentilmente dos majos. La vieja que vende buñuelos y la castañera de la esquina
son las piezas más graciosas de este maravilloso pueblo de barro, y ellas solas
atraen con preferencia las miradas de la infantil muchedumbre. Sobre todo, aquel
chicuelo andrajoso que en una mano tiene un billete de lotería y con la otra le
roba bonitamente las castañas del cesto a la tía Lambrijas, hace desternillar de
risa a todos.
En suma, el nacimiento número uno de Madrid es el de aquella casa, una de las
más principales, y ha reunido en sus salones a los niños más lindos y más
juiciosos de veinte calles a la redonda.
VIII
Pues, ¿y el árbol? Está formado de ramas de encina y cedro. El solícito amigo de
la casa que lo ha compuesto con gran trabajo, declara que jamás salió de sus
manos obra tan acabada y perfecta. No se pueden contar los regalos pendientes de
sus hojas. Son, según la suposición de un chiquitín allí presente, en mayor
número que las arenas del mar. Dulces envueltos en cáscaras de papel rizado;
mandarinas, que son los niños de pecho de las naranjas; castañas arropadas en
mantillas de papel de plata; cajitas que contienen glóbulos de confitería
homeopática; figurillas diversas a pie y a caballo, cuanto Dios crió para que lo
perfeccionase luego la Mahonesa o lo vendiese Scropp, ha sido puesto allí por
una mano tan generosa como hábil. Alumbran aquel árbol de la vida candilejas en
tal abundancia que, según la relación de un convidado de cuatro años, hay allí
más lucecitas que estrellas en el cielo.
El gozo de la caterva infantil no puede compararse a ningún sentimiento humano:
es el gozo inefable de los coros celestiales en presencia del sumo bien y de la
belleza suma. La superabundancia de satisfacción casi les hace juiciosos, y
están como perplejos, en seráfico arrobamiento, con toda el alma en los ojos,
saboreando de antemano lo que han de comer, y nadando, como los ángeles
bienaventurados, en éter puro de cosas dulces y deliciosas, en olor de flores y
de canela, en la esencia increada del juego y de la golosina.
IX
Mas de repente sintieron un rumor que no provenía de ellos. Todos miraron al
techo y, como no veían nada, se contemplaban los unos a los otros, riendo. Oíase
gran murmullo de alas rozando contra la pared y chocando en el techo. Si
estuvieran ciegos, habrían creído que todas las palomas de todos los palomares
del universo se habían metido en la sala. Pero no veían nada, absolutamente
nada.
Notaron, sí, de súbito, una cosa inexplicable y fenomenal. Todas las figurillas
del nacimiento se movieron, todas variaron de sitio sin ruido. El coche del
tranvía subió a lo alto de los montes y los reyes se metieron de patas en el
arroyo. Los pavos se colaron sin permiso dentro del portal, y san José salió
todo turbado, cual si quisiera saber el origen de tan rara confusión. Después,
muchas figuras quedaron tendidas en el suelo. Si al principio las traslaciones
se hicieron sin desorden, después se armó una barahúnda tal que parecían andar
por allí cien mil manos afanosas de revolverlo todo. Era un cataclismo universal
en miniatura. El monte se venía abajo, faltándole sus cimientos seculares; el
riachuelo variaba de curso y, echando fuera del cauce sus espejillos, inundaba
espantosamente la llanura; las casas hundían el tejado en la arena; el portal se
estremecía cual si fuera combatido de horribles vientos, y como se apagaron
muchas luces, resultó nublado el sol y oscurecidas las luminarias del día y de
la noche.
Entre el estupor que tal fenómeno producía, algunos pequeñuelos reían locamente
y otros lloraban. Una vieja supersticiosa les dijo:
-¿No sabéis quién hace este trastorno? Hácenlo los niños muertos que están en el
cielo, y a los cuales permite Padre Dios, esta noche, que vengan a jugar con los
nacimientos.
Todo aquello tuvo fin y se sintió otra vez el batir de alas alejándose.
Acudieron muchos de los presentes a examinar los estragos y un señor dijo:
-Es que se ha hundido la mesa y todas las figuras se han revuelto.
Empezaron a recoger las figuras y ponerlas en orden. Después del minucioso
recuento y de reconocer una por una todas las piezas, se echó de menos algo.
Buscaron y rebuscaron; pero sin resultado. Faltaban la mula y el buey.
X
Ya cercano el día, iban los alborotadores camino del cielo, más contentos que
unas pascuas, dando brincos por esas nubes, y eran millones de millones, todos
preciosos, puros, divinos, con alas blancas y cortas que batían más rápidamente
que los más veloces pájaros de la tierra. La bandada que formaban era más grande
que cuanto pueden abarcar los ojos en el espacio visible, y cubría la luna y las
estrellas, como cuando el firmamento se llena de nubes.
-A prisa, a prisa, caballeritos, que va a ser de día -dijo uno-, y el abuelo nos
va a reñir si llegamos tarde. No valen nada los nacimientos de este año...
¡Cuando uno recuerda aquellos tiempos!...
Celinina iba con ellos y, como por primera vez andaba en aquellas altitudes, se
atolondraba un poco.
-Ven acá -le dijo uno-, dame la mano y volarás más derecha... Pero ¿qué llevas
ahí?
-Esto -repuso Celinina oprimiendo contra su pecho dos groseros animales de
barro-. Son pa mí, pa mí.
-Mira, chiquilla, tira esos muñecos. Bien se conoce que sales ahora de la
tierra. Has de saber que, aunque en el cielo tenemos juegos eternos y siempre
deliciosos, el abuelo nos manda al mundo esta noche para que enredemos un poco
en los nacimientos. Allá arriba se divierten también esta noche y yo creo que
nos mandan abajo porque los mareamos con el gran ruido que metemos... Pero si
Padre Dios nos deja bajar y andar por las casas es a condición de que no hemos
de coger nada; y tú has tomado eso.
Celinina no se hacía cargo de estas poderosas razones y, apretando más contra su
pecho los dos animales, repitió:
-Pa mí, pa mí.
-Mira, tonta -añadió el otro-, que si no haces caso nos vas a dar un disgusto.
Baja en un vuelo y deja eso, que es de la tierra y en la tierra debe quedar. En
un momento vas y vuelves, tonta. Yo te espero en esta nube.
Al fin Celinina cedió y, bajando, entregó a la tierra su hurto.
XI
Por eso observaron que el precioso cadáver de Celinina, aquello que fue su
persona visible, tenía en las manos, en vez del ramo de flores, dos animalillos
de barro. Ni las mujeres que la velaron, ni el padre, ni la madre, supieron
explicarse esto; pero la linda niña, tan llorada de todos, entró en la tierra
apretando en sus frías manecillas la mula y el buey.
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