
por Ventura García Calderón (1886-1959)
"Aquí nació, niñito", murmuraba la anciana masticando un
cigarro apagado. Ella me hizo jurar discreción eterna; mas ¿cómo ocultar al mundo la
alta y sublime verdad que todos los historiadores falsifican? "Se aconchabaron para
que no lo supiera náides, porque es tierra pobre", me explicaba la vieja.
Extendió la mano resquebrajada como el nogal, para indicarme de qué manera se llevaron
al niño lejos, y nadie supo si nació en tierra peruana. Pero día ha de venir en que
todo se cuente. Su tatarabuela, que Dios haya en su santa gloria, vio y palpó los
piececitos helados por el frío de la puna; y fue una llama de lindo porte la primera que
se arrodilló, como ellas saben hacerlo, con elegancia lenta, frotando la cabeza
inteligente en los pies manchados de la primera sangre. Después vinieron las autoridades.
La explicación comenzaba a ser confusa; pedí nuevos informes, y
minuciosamente lo supe todo: la huida, la llegada nocturna, el brusco nacimiento, la
escandalosa denegación de justicia, en fin, que es el más torpe crimen de la Historia.
"Le contaré -decía la vieja, chupando el pucho como un biberón-. Perdóneme,
niñito; pero fue cosa de los blancos."
No podía sorprenderme esta nueva culpa de mi raza. Los blancos somos
en el Perú, para la gente de color, responsables de tres siglos injustos. Vinimos de la
tierra española hace mucho tiempo, y el indio cayó aterrado bajo el relámpago de
nuestras espingardas. Después trajimos en naos de tres puentes, del Senegal o de allende,
con cadena en los pies y mordaza en la boca, las "piezas de ébano", como se
dijo entonces, que bajo el látigo del mayoral, gimieron y murieron por los caminos.
También debía de ser aquella atrocidad cosa de los blancos, pues la
pobre india doncella -aseguraba la vieja- tuvo que fugarse a lomo de mula muy lejos, del
lado de Bolivia, con su esposo que era carpintero. "¡Si supiera, niñito, las lindas
maderas que trujo de por allí mi compadre Feliciano!".
El relato de la negra Simona comienza a ser tan confuso que es menester
resumirlo con sus propias palabras: "Gobernaba entonces el departamento un canalla
judío, como los hay aquí tantos hoy día, niñito; uno de aquellos que hacen trabajar a
los hijos del país pagando coca y aguardiente no más. Si se niegan, se les recluta para
el Ejército. Es la leva, que llaman. Fue así como obtuvieron a aquellos indios que le
horadaron el pecho al Santo Cristo; pero esto fue más tarde y todavía no había nacido
aquí. Agarró y mandó el prefeto que los indios no salieran de cada departamento,
mientras que en la tierra vecina otro que tal, hereje y perdido como él, no quería que
tuvieran hijos, porque se estaba acabando el maíz en la comarca. Entonces se huyeron, a
lomo de mula, la Virgen que era indiecita, y San José, que era mulato. Fue en este tambo,
mi amito, en que pasaron la divina noche. Las gentes que no saben no tienen más que ver
cómo esta vestida la virgen, con el mismo manto de las serranas clavado en el pecho con
el topo de oro, y las sandalias ojotas que llaman, en los pies polvorientos, sangrados en
las piedras de los Andes. San José vino hasta el tambo al pie de la mula, y en quechua
pidió al tambero que les permitiera dormir en el pesebre. Todita la noche las quenas de
los ángeles estuvieron tocando para calmar los dolores de Nuestra Señora, que no quería
llamar a náidenes. Cuando salió el sol sobre la puna, ya estaba llorando de gozo porque
en la paja sonreía su preciosura, su corazoncito, su palomita. Era una guagua linda
¡caray!, que la Virgen, como todas las indias, quería colgar ya del poncho en la
espalda. Entonces lo que pasó nadie podría creerlo, niñito. Le juro por estas santas
cruces que las llamas del camino se pusieron de rodillas, y bajó la nieve de las cimas
como si se hubieran derretido con el calor los hielos del mundo. Hasta el prefecto
comprendió lo que pasaba y vino volando. Cuando ¡quién te dice que a la hora de la hora
se viene derechito, seguido por un indio cacique y el rey de los mandingas, que era
esclavo del mismo amo que mi tatarabuela! Esos son los Reyes Magos que llaman. El blanco,
el indio y el negro venían por el camino, entre las llamas arrodilladas, que bajaban de
las minas con su barrote de oro en el lomo. Hasta los cóndores de las altas peñas no
atacaban ya a los corderos. Entonces, como iba diciendo, llegaron los tres hombres al
tambo, y nunca más se ha visto que un prefeto blanco se ponga de rodillas junto a la cuna
de un hijo del país. Nunca en jamás, los indios han vuelto a estar tan alegres como lo
estuvieron en la puerta del tambo, bailando el cacharpari y mascando jora para la chicha
que había de beber el santo niño. Ya los mozos de los alrededores llegaban trayendo los
pañales de lana roja y los ponchitos de colores y esos cascabeles con que adornan a las
llamas en las ferias. Y cuando llegó el prefeto con el cacique y el rey de los mandingas,
todos callaron, temerosos. Y cuando el blanco dejó en brazos del niño santo la barra de
oro puro, nuestro amito sonrió con desprecio. Y cuando los otros avanzaron gimoteando que
no tenían para su amito y señor sino collares de guayruros y esos mates de colores en
que sirven la chicha de jora y las mazorcas de maíz más doradas que el oro, Su Majestad,
como le estaba diciendo, abrió los bracitos y jabló...La mala gente dirán que no podía
hablar entuavía; pero el Niño-Dios lo puede todo, y el rey de los mandingas le oyó
clarito estas razones: "El color no te ofende, hermano." Entonces un grito de
contento resonó hasta en los Andes, y todos comprendieron que ya no habría amos ni
esclavos, ni tuyo ni mío, sino que todos iban a ser hijos parejos del Amo divino, como
habían prometido los curas en los sermones. La vara de San José estaba abierta lo
mismito que los floripondios, y los arrieros que llegaban dijeron que los blancos gritaban
en la casa del cura, con el látigo en la mano. Sin que nadie supiera cómo ni de qué
manera, en menos tiempo que dura una salve, se llevaron al Niño en unos serones, poniendo
al otro lado chirimoyas para que hicieran contrapeso. La Virgen y su santo Esposo iban
detrás, cojeando, con el cepo en los pies.
"Y desde aquel tiempo, niñito, nadie puede hablar del estropicio
en la provincia sin que lo anden mudar a la chirona. Pero todos sabemos que su Majestad
murió y resucitó después y se vendrá un día por acá para que la mala gente vean que
es de color capulí, como los hijos del país. Y entonces mandarán afusilar a los
blancos, y los negros serán los amos, y no habrá tuyo ni mío, ni levas, ni prefetos, ni
tendrá que trabajar el pobre para que engorde el rico..."
La negra Simona tiró el pucho, se limpió una lágrima con el dorso de
la mano, cruzó los dedos índice y pulgar para decirme:
"Un Padrenuestro por las almas del Purgatorio, y júreme, niño,
por estas cruces, que no le dirá a náides cómo nació en este tambo el Divino Hijo de
Su Majestad que está en el Cielo, Amén."
Tomado de La
Venganza del Cóndor (1924)
Enviado por Jorge Rivera (joralri@hotmail.com),
desde Perú.
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