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Al
verlos, Frasquito se agarraba la barriga para no soltar la carcajada. Luego
recogía a los pasajeros ya recuperados, quienes no cesaban de elogiarlo: –
Este sí es un ascensor decente –comentaba una viejita. –
Yo he dicho que los aparatos de antes eran mejores que los de ahora –sentenciaba
un señor. –
¡En mi vida vuelvo a subirme en estos mugrosos bichos! –gritaba furiosa una
señora calva que no había podido reacomodar su peluca.
Frasquito escuchaba los comentarios. Su ojo de vidrio sudaba. Su nariz, un
grueso mango de acero dorado, brillaba de tanto ajetreo. Esa mañana de
aguinaldos, sin embargo, todo transcurría normalmente. Cada elevador trabajaba
sin sobresaltos. De pronto, a eso del mediodía, cuando Frasquito pasaba delante
del piso 13, sintió una terrible picada en el estómago. Uno de sus piñones
chilló como frenada de locomotora.
Don Juan lo apagó al instante. Preocupado por Frasquito corrió a la
administración. Como no soportaba la velocidad ni el encierro de los otros
ascensores, bajó las escaleras de emergencia a todo lo que daban sus piernas y
pulmones. Ya en la oficina, fatigado, contó lo que había escuchado en las
entrañas de Frasquito. Al rato, don Juan regresó acompañando al elevador. Un
ingeniero, el administrador y un técnico con un estuche metálico penetraron en
su cabina.
Frasquito sintió cosquillas. Una pistola eléctrica hizo brincar sus tornillos.
Hizo esfuerzos para no reír. Experimentó escalofrío. Lo desnudaron quitando las
láminas de su espalda. Por la abertura pasaron el ingeniero y su asistente. Al
momento, mientras Frasquito y don Juan se miraban de reojo, volvieron los
expertos: –
Sacó la mano, doctor –afirmó el técnico–, el eje sinfín está roto. –
¿Verdad? –indagó incrédulo el administrador mirando al ingeniero. –
¿Sí? Y lo peor es que esa pieza ya no la fabrican –puntualizó el profesional. –
¿Y qué podemos hacer? –le insistió pensativo. –
Lo que siempre te dije. Modernizar este aparato. –
Ya parece un ejemplar de museo –se rió ante la estructura de Frasquito.
Apesadumbrado, don Juan salió del elevador lleno de presentimientos.
Así pasó. En vísperas de navidad, Frasquito amaneció estrenando de todo.
Inclusive ascensorista. Don Juan fue jubilado. Y Frasquito convertido en un
velocísimo aparato.
Sus puertas, de doble hoja, cerraban herméticamente. Su acogedora cabina era
ahora un cuarto frío y sin espejos. Frasquito no vio más hacia el exterior.
Perdió su amplio ojo de vidrio. Y sus rejas doradas desaparecieron. Ya ni pereza
pudo hacer. A las seis de la mañana un control computarizado lo lanzó al abismo
de 15 pisos a una celeridad endemoniada. A las 10:00 p.m., agotado, lo apagaron.
Todo el día transportó cajas. Ninguna persona. Esa noche la pasó en vela. Y
amaneció profundamente triste: añoraba los bombillos de colores que le colgaban
en Navidad. El oloroso baño de espuma que recibía por esa época. Las cosquillas
que lo hacían brincar cuando le secaban las rejas. La alfombra nueva con su
nombre grabado, con la que despertaba cada 24 de diciembre. Recordó el juego de
aguinaldo entre secretarias y ejecutivos. La alegría de la gente. Los
paquetetotes de regalos que le gustaba cargar. Los destellos de pólvora que
siempre deseó compartir con los niños en las calles y que contemplaba con don
Juan desde la azotea. Al
evocar a su viejo amigo desfalleció. La fuerza lo abandonó. –
¿Qué diablos pasa? ¡Aparato mañoso! –gritó el joven ascensorista con un tono que
ofendió a Frasquito. De inmediato lo dejó en el piso 6º. Allí permaneció todo el
día. A oscuras. Pensativo. Al
caer la tarde, el edificio se alumbró. Frasquito estaba muy animado. Había
planeado algo que le devolvió los bríos. Pasadas las 11 subió el operario con un
señor. –
¿Entonces qué, compadre, le hacemos el intento? Todavía queda un rato para la
medianoche –precisó mirando el reloj. –¡
Préndalo de una, hermano! Quiero sentir la potencia –pidió el nuevo técnico.
Frasquito arrancó a toda máquina rumbo a la terraza. Descendió con igual ímpetu.
Funcionó a la perfección para impedir que lo apagaran. –
No le veo nada raro –comentó el experto. –
Sííí... No sé qué pasó. Le juro que no funcionó esta mañana –confesó el muchacho
mirando con sorpresa a su amigo. –
¿No serían las cervecitas de anoche? –repuso burlón su compañero ofreciéndole un
cigarrillo. Finalmente rieron. Salieron del elevador. Se dirigieron al portón.
Frasquito quedó abierto de par en par, iluminado y a pocos metros de la calle
real. ¡Pum pum pum! retumbaban afuera los cohetes. Miles de luces dibujaban un
ballet de figuras en el aire. Rombos de colores ascendían por el cielo como
pajaritos de fuego. ¡Pi pi pi! las bocinas de los carros pitaban. ¡Slll! las
sirenas de las fábricas silbaban. Todo era algarabía en la ciudad.
Frasquito no soportó más la soledad del edificio. Ni la nostalgia por don Juan.
Quería participar de la fiesta. Recorrer las calles iluminadas. Ver las sonrisas
de los niños. Escuchar la música. Observar la noche coloreada. Ser libre. Las
roncas y monumentales campanas de la catedral iniciaron el concierto. Luego,
todos los templos lanzaron al vuelo sus voces de bronce. De repente, la
construcción comenzó a vibrar. Temblaba como gelatina. Parecía presa de un
terremoto. Las luces del barrio se apagaron de golpe y Frasquito absorbió una
inmensa energía en su cuerpo. Resplandecía.
Cuando los relojes iniciaron el conteo regresivo, Frasquito soltó un ruido
ensordecedor. Cerró sus puertas con fuerza. Se meció impetuoso y despegó en
medio del humo a velocidad supersónica. Su cuerpo, ahora incandescente, atravesó
en un instante los 15 pisos. La claraboya de la azotea saltó en mil pedazos.
Libre y pleno de felicidad, Frasquito remontó el firmamento al filo de las 12.
Había llegado la Navidad. Y nacido un nuevo Frasquito. La fricción del ascenso y
el frío de la atmósfera lo transformaron. Perdió sus esquinas y sus paredes se
hicieron transparentes. Su interior despedía una rojiza luminosidad. Semejaba un
barrilito de mermelada de frambuesa.
Desde aquella noche, Frasquito olvidó para siempre la tristeza. Hoy es un
mensajero de paz y alegría.
Todos los niños del mundo son sus amigos. Cuando lo divisan en los cielos azules
y despejados, Frasquito los saluda soltando destellos a los cuatro vientos.
Querido lector, ¡deja ya estas páginas! Nuestro amigo no demora. ¡Rápido, corre
a la ventana! ¡Saluda a Frasquito! Verás como te sonríe.
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