
Nos
escribe Ana Zarina Palafox Méndez (anazarina@tutopia.com),
de México, para colaborar con un cuento e invitarnos a visitar su página:
Aquí les mando un cuento mío que tiene qué ver con la navidad, con el
niño del tambor, con el estrés traumático y con la tradición mexicana del
zapateado. Léanlo, el cuento es más simple que la descripción que les estoy
dando, jeje.
Si les gustara y decidieran incluirlo en su página de navidad (nada me
haría más feliz), sólo les pido un par de cosas:
- 1. En la página del cuento, una liga a mi página
www.anazarina.org
Véanla antes de "ligarla", para que sepan que su contenido no es ofensivo.
- 2. Que me hagan saber que lo subieron a su página, para que pueda
sonreír de
gusto.
Y quiero felicitarlos por lo completo de su página. La encontré
"navegando sin rumbo", y llevo 3 horas revisándola. ¡¡Gracias por su
trabajo!!
"Es el corazón, y no el cerebro, el que nos lleva el lápiz"
Un abrazo enorme,
Ana Zarina
www.anazarina.org
Juan el Sarnoso
No se acordaba desde cuándo era "el sarnoso". Siempre lo despreciaron,
desde muy pequeño. Tampoco recordaba si tenía papás. Siempre mendigando para
alimentarse. No se podía quejar, los aldeanos se aprestaban a darle alimentos
con tal de verlo lejos. Muy lejos.
Hacía unos años, se había acercado a escuchar un violinista quien,
asustado, por alejarse de Juan, dejó su instrumento. Juan lo persiguió para
entregárselo, pero aquél prefirió perder su violín antes de correr el peligro
de infectarse.
Juan comenzó, entonces, a tocar el violín. Torpemente, al principio; pero,
como disponía de tiempo, cada vez fue más hábil hasta convertirse en un
verdadero virtuoso. No faltaron las personas que quisieron acercarse
encantadas, pero ganaban las gentes prejuiciosas e ignorantes decretando que
hasta su música podía contagiar la sarna.
Mientras, Juan tenía cada vez más sarna. La comezón se fue extendiendo a
todo su cuerpo. Sólo por milagro se salvaban las manos, con las que iba
tocando melodías cada vez más dulces.
Y así, dulce y solitariamente transcurría su existencia cuando, por lo que
los aldeanos pregonaban a gritos, se enteró que alguien había nacido en un
portal. Suceso común en la época, sólo que parecía que este era un personaje
importante. Algo comentaban de una reina que no había alcanzado a dar a luz en
otro lado. Pero también escuchó que el padre era un carpintero (¿?). El caso
es que era tan importante el pequeñito que, no conforme con lo que ya se
anunciaba a gritos, el Cielo decidió ponerle una estrella de anuncio (como los
faros que ponen ahora para inaugurar las discotecas), lo que hizo que Juan
localizara fácilmente el lugar.
Olvidándose de la comezón y del miedo que le tenían los otros, a paso veloz
y acompañado de una hermosa marcha militar (en violín), Juan se decidió a
alcanzar el portal tan publicitado. En el camino escuchó que, además, este
niño repartía milagros.
Por supuesto, en cuanto llegó, le intentaron bloquear el acceso. Acababan
de irse unos reyes, que, al parecer, traían importantes regalos. Y es que Juan
no traía presente alguno, como no fuera el riesgo de contagio.
Una pastora, caritativa, le susurró al oído:
-Hace unos días vino un muchachito con un tambor; le franquearon la entrada
porque dijo no tener más presente que su música-.
Juan, más impulsado por su curiosidad que por fervor alguno, tocando el
violín cada vez más fuerte, se abrió paso como columna de granaderos,
apartando a cualquiera con su decisión, aplomo y contagio.
De lleno en el portal, alcanzó a ver cómo aquella Reina y el enigmático
Carpintero huyeron, pidiéndole no tocara ni al niño, ni a una vaca que andaba
por ahí. Sólo quedaron con él un bebé -que no parecía tener nada de
particular- y un pastor con grandes alas doradas.
Nunca supo por qué comenzó a tocar ante el bebé las más hermosas melodías
cuando, para su asombro, el niño habló:
-Juan, tú no tienes sarna-. Juan permaneció mudo y con la boca abierta,
moviendo la cabeza de un lado a otro. Al niño no le importó, y prosiguió:
-Lo que tú tienes son polillas-.
-¡Bonito consuelo que me ofreces!-, dice Juan, entre riendo y enfurecido,
-¿Qué me importa si es sarna, polillas o lepra? El resultado es el mismo. ¿No
dicen por ahí que tú repartes milagros? Vengo a ver si me lo quitas, lo que
sea que tengo-.
El niño perdió su actitud ceremoniosa para soltar enorme carcajada y le
increpó: -¿No te das cuenta que son sólo polillas? Pero además-, agregó, -de
una especie extraña. Son polillas "sicosomá-ticas".
-¡Peor!-, alegó Juan. -Yo quería el milagro de librarme de esto. Pero he
venido por una decepción más.
-¡Eso es lo que tienes! ¡Date cuenta! Quiero decirte que tus polillas no
son como polillas, o sea, como animalitos, tus polillas son los escozores, las
comezones, la picazón, pues, que te va quedando de las decepciones que sufres.
No te liberas de ellas, sino que te las vas quedando puestas, por eso te
siguen picando toda la vida.
-¿Y qué?- responde Juan enfurecido, -¿de qué me sirve saber todo eso de las
"escomezones", si me voy a quedar así?
-Lo que quiero decirte es que no te vas a quedar así, si no quieres, Y no
voy a ser yo quien realice el milagro.
-¡Claro, también tienes miedo de contagiarte!
-¡No me entiendes! Es algo que puedes hacer tú solo. Baila, Juan. Baila.
-No te burles de mí.
-Nadie se está burlando. ¿Qué no te acuerdas que a bailar le dicen "regar
la polilla"? En serio, baila. Pero no bailes así nomás. Baila con mucha
alegría. Baila como cuando eras niño. Que no te importe nada: sonríe, brinca.
Empieza tocando tu violin, ta..ta..ta..tara tará, ta, ta, turu turú... ¡eso!
Sigue, Juan, ahora empiézate a mover, ¡así! ¿Ves, qué fácil? ¡Síguele!-.
Juan continuó moviéndose, y "regando la polilla" que, efectivamente, fue a
dar al suelo.
Fue dejando montones de gusanitos de todos colores, que amenazaban con
volverse a subir. Pero ahí, el niño -que, por cierto, se llamaba Jesus-, le
indicó que, rítmicamente, fuera pisando las polillas para terminar con ellas.
Juan, feliz, fue sintiendo cómo toda la piel se le iba limpiando, ya no había
comezón, sólo mucha alegría y, dándole gracias a Jesús, quien quedó también
feliz, se alejó golpeando, ora con el tacón, ora con la planta, ora cepillaba
el suelo con la punta, aplastando las polillas.
Cuando lo vieron algunos de los pastores, le gritaron:
-¡Juan, qué bien te ves, ya te curaste! Pero, -agregaban intrigados, -¿qué
extraña forma de correr es esa?
-¡No estoy corriendo, Es una forma de matar decepciones. Se llama
Zapateado!-.
Y así, zapateando y riendo, Juan recibió el regalo del Niño.
Ana Zarina Palafox Méndez
Diciembre de 1996
anazarina@tutopia.com
www.anazarina.org