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Ilusoria Navidad

JORGE MARÍN

 Germán se despertó temprano. Después de afeitarse, se fue al dormitorio, y del placard, eligió el traje azul, la camisa blanca y la corbata haciendo juego. Se vestía con cierta ligereza para ponerse la camisa, el pantalón y los zapatos. Se acomodaba la ropa mientras iba a la cocina, aprovechando la ocasión para colgar el saco en el respaldar de una silla. Preparó un desayuno liviano. Bebió rápidamente el café batido, al tiempo que mordisqueaba una tostada. Dejó todo desordenado. Se apresuró para irse, tomando las llaves. En el pasillo, levantaba los brazos en alto para acomodarse el saco, ganando la puerta de calle a toda prisa. Esta rutina siempre la cumplía para cambiar los malos hábitos, ya que tenía el sueño pesado por acostarse muy tarde, y vestir con ropa sport: una actitud juvenil, que en muchas ocasiones seguía manteniendo. Ya no era un adolescente, sino que su imagen cambió por la de una persona responsable, acorde con sus obligaciones laborales.

Durante dos horas, viajaba en tren a la capital, en subte al centro y caminaba unas cuadras hasta llegar a la oficina. Aunque tomaba todas las precauciones, debía asegurarse de no tener ningún contratiempo, pese a que en algunas oportunidades lo había sorprendido el paro de algún medio de transporte o una protesta callejera. No debía faltar ni demorarse, ya que este mes la empresa otorgaba un incentivo para premiar a los empleados por su buen desempeño, cobrando un ingreso extra. Además le prometieron un ascenso: ser jefe de publicidad, un puesto jerárquico, por el cual había trabajado con gran dedicación y estaba a punto de lograrlo. Su única ilusión era ahorrar dinero para comprarse un auto y así disponer de una mayor comodidad para viajar a la oficina.

Una tarde, a Germán le asignaron la tarea de organizar una compaña publicitaria para la Navidad, preparando varias carpetas abultadas con informes, las cuales entregó a los miembros del directorio, en una reunión extraordinaria convocada para debatir los detalles. Se notaba un nerviosismo en su persona, al cometer algunos furcios ocasiones que suplía con una disculpa, al tiempo que sacaba el pañuelo del bolsillo para quitarse el sudor de la frente. Tomó la iniciativa de pararse y, con una actitud un poco torpe, se dirigió al auditorio, hablando de manera descontrolada, con algunos ademanes que realizaba para completar las frases o confirmar las ideas. Sus dichos, o bien, esta férrea actitud de jugar al oficio mudo a través de los gestos hicieron que algunos de los asistentes no alcanzaran a entender, de una manera tan clara y precisa, un discurso tan enmarañado. De pronto, se paralizó y todos comprendieron que había terminado de hablar. Germán bebió agua, desanudó su corbata para desabrochar el primer botón de la camisa, se sentó bruscamente en el sillón, repercutiendo el mullido del tapizado, e inhalaba profundas bocanadas de aire como si hubiese corrido una maratón.

–¿A usted le parece? –Se animó a decirle el director de la compañía, después de un rato, sin dejar de mirarlo con atención, contemplando su cansancio físico.

Germán trató de tranquilizarse y luego de inhalar aire, dijo casi desganado:

–Si lanzamos un concurso para que la gente elija el eslogan, obtendremos un récord de ventas como en años anteriores.

–Me parece una idea ridícula, pasada de moda –se atrevió a decir con un tono irónico el vicepresidente, a lo que agregó–: Lo que debemos hacer es que el público consuma gaseosa. Los jingles deben ser creados por los publicistas, ya que contamos con un buen equipo de profesionales.

Germán, incómodo por la situación, quería encontrar la frase coherente para convencer al directorio de que su idea no era tan descabellada. Mientras que los miembros lo miraban con cierto recelo, el silencio se acentuó, al escucharse un ruido de papeles. Pese a que más de uno estaba molesto por este inconveniente, nadie se atrevió a interrumpir la tarea de Germán, que seguía entretenido con las cifras. De tantos números no sabía qué decir, hasta que el logotipo de la empresa acaparó toda su atención: en algunos estaba impreso en colores, en otros, en blanco y negro. La respuesta estaba allí, casi imperceptible, dándole la seguridad de haber encontrado lo que tanto buscaba. Cerró la carpeta con violencia y casi todos se asustaron al ver su cambio de actitud, trasformándose. Dijo con un tono decidido:

–Si no queremos que el público opine, propongo cambiar las bases. En vez de la consulta, que los niños pinten a Papá Noel, tal cual ellos lo ven desde su tierna infancia.

 Los miembros de la comitiva se quedaron estupefactos al escuchar un discurso tan claro y convincente, hasta que después de un breve intervalo, se animaron a hablar entre ellos, creando un murmullo, mientras que el director opinaba del tema, poniendo de manifiesto su interés y preocupación para saber de qué manera llegarían a cumplir con las expectativas de la campaña. Germán, si bien había encontrado la frase ideal para llamar la atención, ahora se vio envuelto en un nuevo conflicto que debía solucionar, para lo cual propuso varias alternativas, y los miembros optaron por la más práctica y así difundir las bases del concurso en las distintas sucursales de la empresa multinacional. Luego de un debate, llegaron a un acuerdo y los miembros, entusiasmados, votaron a favor, respaldando la decisión del director.

Germán preparó las bases del concurso: Un dibujo preimpreso, en la que podía apreciarse la figura de Papá Noel, de cuerpo entero, con un pijama, gorro, cinturón y botas; una bolsa de regalos sobre su espalda; y a un costado, el trineo con ocho renos: Pompón, Vondín, Danzarín, Lindo, Veloz, Listo, Cometa y Rodolfo. Se anunció la propuesta por todos los medios y su repercusión había conquistado los gustos del público, ya que, en tiempo récord, el correo se abarrotó de cartas, y después, debieron contratar sendos camiones con acoplado para traer la correspondencia. Un éxito sin precedente que se extendió hasta los más ignotos rincones del mundo, debido a que todos los medios, incluido Internet, se contentaron en difundir esta idea tan original, remarcando el hecho de que una empresa de gaseosas había renovado el espíritu navideño.

El concurso postergó su cierre por los innumerables dibujos preseleccionados que llegaban a la empresa desde las distintas sucursales. Germán debía elegir al ganador. Luego de observarlos atentamente, algunos le parecían verdaderos mamarrachos, pero conservaban esa nostalgia infantil; y otros, coloridos con esfuerzo y dedicación, utilizando materiales de todo tipo: ceras, lápices de colores y témperas. Se decidió por uno de ellos, el más atractivo: Papá Noel lucía un atuendo rojo, una bolsa amarilla, el trineo color plata, los renos marrones con campanitas doradas, y como detalle especial: Rodolfo con su nariz rubicunda. Este, sin duda, colmaba todas sus expectativas, aunque le disgustó sobremanera al comprobar que el niño había tenido ayuda para pintarlo.

–La campaña fue todo un éxito. ¡Lo felicito! –Le dijo sonriente el director, al tiempo que le estrechaba su mano, complacido por tener en la firma a una persona tan creativa, con muy buenas ideas.

–Después del 14, mi amigo –le expresó con un tono cordial su jefe–, usted podrá disfrutar del nuevo ascenso.

Germán organizó con el personal los preparativos para que el cierre de la campaña fuera un suceso sin precedente, encargándose de todos los detalles: la música, el desfile y los fuegos de artificio. Se sentía complacido con esta tarea, y también ansioso, porque el director lo había elegido especialmente para que pronunciara el discurso principal. Hasta el último día trabajó sin descanso, en la empresa y en su casa, ensayando el tan famoso discurso, poniéndose frente al espejo. Si bien no le resultó complicada la redacción de tres hojas, escritas con entusiasmo, contando los pormenores del éxito de la campaña, debía estar seguro y no ponerse nervioso ante la multitudinaria concurrencia que se esperaba para esta fecha.

El 14 de diciembre llegó temprano a la estación, como era su costumbre. Al no ver a casi nadie en el andén, le produjo cierta extrañeza y creyó que era domingo; pero no, viernes, tal como lo marcaba el reloj pulsera que ávidamente consultó. Al subir al tren, desde un asiento del lado de la ventanilla, contempló la cálida mañana de verano, disfrutando de los tenues rayos de sol que se filtraban. En cuanto el silbato anunció su partida, miró con atención en rededor y, para su sorpresa, se encontró con el vagón vacío. A medida que el convoy comenzó a marchar con un ritmo regular, le preocupaba esta situación anormal, al no ver a las personas, en este horario, el más concurrido, que estaban apretujados, peleándose por los asientos, en una constante marea de insultos, gritos y codazos. Volvió a controlar su reloj, observando que habían pasado más de diez minutos a toda prisa, y el tren ni siquiera se había detenido en alguna estación, tampoco el guarda, en su recorrida habitual, pedía los boletos. Una situación extrema, que lo obligó a recapacitar en sus actos, dándose por enterado de que subió al tren sin el boleto. Pero igual no se preocupó por este descuido involuntario, se lo abonaría al guarda cuando llegara.

Al mirar por la ventanilla, descubrió con asombro que el convoy no circulaba por el carril de siempre, quedando atrás las casas, el ruido de la ciudad tan característico: vendedores abundantes, bocinazos, sirenas y frenadas. Esta monotonía se fue transformando en un frondoso bosque, con una apacible atmósfera, en la que sólo podía escucharse el canto de los pájaros y el rumor de la naturaleza: un paisaje bellísimo y soñado. Muy pronto estas imágenes se desdibujaban a través del vidrio, al igual que los colores, cambiando el paisaje por un extenso páramo, hermoso y casi desértico. A los lejos, pudo ver a algunos hombres y aunque les hizo señas en forma reiterada, no le respondieron, todo fue inútil. El imponente sol, que acentuaba su calor a través de la ventanilla, se iba apagando en el horizonte poco a poco: de un color radiante a un tono rojizo hasta desaparecer por completo. La noche se iba instalando con un manto de estrellas, y la luna, muy pronto, no tardó en aparecer, majestuosa y brillante, engalanando el firmamento.

Germán, atónito por aquel espectáculo insólito e incomprensible, miró su reloj con aprehensión: las diez de la noche, que le confirmaba algo ilógico: el tiempo se había vuelto loco y las manecillas giraban a gran velocidad, cambiando la fecha en forma brusca y deliberada: diciembre 22. “No puede ser, se descompuso”, dijo con un tono preocupado, al tiempo que se levantaba de su asiento para recorrer los vagones uno tras otro. Comprobó que la soledad cobraba un cierto desatino, siendo él, el único pasajero. Cuando llegó al primer vagón, ante una súbita maniobra, alcanzó a ver a la locomotora, pero no al maquinista. Esto lo alarmó, pero igual siguió su marcha hacia una puerta entreabierta. Parado en el estribo, comprobó una extraña sensación: el ondular del tren era normal y también su velocidad, pero le pareció que estaba suspendido en el aire, venciendo la ley de gravedad. La duda lo asaltó con pensamientos alocados, y por más que trataba de encontrar una respuesta coherente no la hubo; más bien, sólo se atrevió a suponer, que al equivocarse de andén, tomó otro, quizá, el “tren de las nubes”. Con cierto temor, miró hacia abajo, pero retrocedió bruscamente al darle vértigo el inmenso vacío que podía percibir. Al levantar la vista al cielo, descubrió que unos copos de algodón caían sin cesar, coloreando de asombro sus mejillas. Muy pronto, una ventisca helada se hizo sentir y tuvo que cerrar la puerta, refugiándose en el vagón para levantarse las solapas de su saco de verano: una vestimenta inapropiada para protegerse del frío. Era como si alguien hubiera encendido un acondicionador de aire a máxima velocidad, obligándolo a abrazar su cuerpo y provocar el movimiento involuntario de su mandíbula, con un castañeteo constante.

Germán sintió el sonido de campanitas resonantes que componían una alegre melodía y espió por la ventanilla. Aunque ya no lo asombraba cualquier imprevisto, éste, sin duda, colmó todas sus expectativas. A lo lejos, veía un gran cartel, que se hacía más visible a medida que avanzaba el convoy, con letras rojas, anunciando el sitio en donde se encontraba: “BIENVENIDOS AL POLO NORTE”. Era imposible, una locura. Había tomado el tren como siempre, y se vio aturdido por el anuncio de que estaba en otro país. En su desazón, se consolaba con la idea de que esta aventura terminara en algún sitio para encontrar a alguien y comentarle lo ocurrido. No tardó mucho tiempo en que su deseo se hiciera realidad, al comprobar que el tren se iba deteniendo con una brusca maniobra, que lo obligó a tomarse del pasamano para no caerse, y a morderse los labios, a fin de aplacar la sensación molesta de ese sonido chirriante, acentuado con las arrugas de su frente. Tardó unos minutos para reponerse del susto, respirando profundas bocanadas de aire. Esperó a que el tren se detuviera, pero no lo hizo en una estación, sino al costado de una pequeña cabaña que podía verse a cierta distancia.

Después de recorrer el vagón y entornar la puerta, se quedó inmóvil. Le daba miedo bajar por no saber qué era lo que iba a encontrar, pero salió despedido hacia fuera, más bien, empujado por una fuerza extraña en dirección a la cabaña. A medida que avanzaba, pudo apreciar una antigua construcción de madera lustrada, con tejas rojas y el frente adornado con motivos navideños. Daba la impresión de ser algo irreal, como si fuera una imagen extraída de algún cuento, por el colorido festivo de aquellas guirnaldas que se encendían intermitentemente. Debido al frío, abrazaba su cuerpo para entrar en calor. Al mirar sigiloso la escena que se le presentaba, idéntica a una postal navideña, trababa de convencerse de que aquello era parte del paisaje y no una mera ilusión: un trineo estacionado a unos metros de la cabaña y ocho renos pastando. Uno de ellos, ni bien lo vio, se le iba acercando y Germán se quedó paralizado por el miedo. El reno lamió su rostro y Germán, al comprobar la docilidad del animal, lo reconoció enseguida al ver su roja y flamante nariz. “¡RODOLFO!”, gritó, y la bestia se plegó a un interminable juego de caricias y ternura, pasándole la mano por el lomo y también, en su osamenta. Fue tal el alboroto que se armó entre los demás renos, que desde el interior de la cabaña alguien se asomó. Mientras que abrían la puerta, Germán escuchó una voz cálida que lo invitaba a pasar, pero no supo quien lo llamaba. Su perplejidad fue en aumento a medida que un anciano se acercaba por entre las sombras hasta hacerse más visible, dejándolo a Germán con la boca abierta al descubrir que era Papá Noel.

–No te extrañes –le dijo–. ¡Pasa que hace frío!

Germán, preso de una paralización momentánea, tuvo que ser ayudado por Rodolfo, quien, a empellones, lo arrastró hacia la cabaña, accediendo a tan grata invitación. Al entrar, descubrió que era un lugar amplio, con un leño encendido en la chimenea, muebles de caña, y todo adornado festivamente para esta fecha tan especial: el muérdago colgado en la puerta, velas, un arbolito muy simpático con luces, y juguetes esparcidos por todos los sitios, observando maravillado, pero su perturbación le hacía perder la noción de la realidad, sin poder disfrutar de este espléndido momento.

La imagen de una tierna anciana, de cutis arrugado y lentes, irrumpió en la sala. Germán, ni bien la vio, la estrechó en un fuerte abrazo, besándola con cariño, al tiempo que le decía: “¡Qué alegría verte, Mamá Noel!” La anciana, correspondiéndole el saludo, lo invitó a sentarse, y después de ir a la cocina, regresó con dos tazas de chocolate caliente, que Germán se apresuró a beber la suya para entrar en calor. Mientras se recostaba en el sillón de caña, hacía un gran esfuerzo para recordar cada detalle de esta aventura, la más alucinante que le había tocado vivir y que relataría a todos a su regreso. Después de un breve intervalo, se animó a preguntarle a Papá Noel:

–¿Me esperabas?

–Sí –dijo él, con un tono acongojado–. Cada año me cuesta mucho realizar el largo viaje por el mundo. Estoy enfermo… –Se quedó dubitativo, pensando en lo que iba a decir.

Germán se desvarió por un momento, pero tampoco supo como continuar con la charla. Terminó de sorber el chocolate y miró con aprehensión el rostro de aquel anciano, gentil y bonachón, que era idéntico a un recuerdo de su infancia. Papá Noel, al terminar el chocolate, respiró profundamente, restregándose los ojos cansados por debajo de los lentes. Mamá Noel, entre tanto, juntó la vajilla y se marchó presurosa a la cocina.

Mientras que la música de las guirnaldas entonaba alegres villancicos, Germán recorrió el lugar. Al encontrar en el suelo un camión con cremallera, se dejó embargar por la emoción y empezó a jugar, sin pensar siquiera en hacer el ridículo.

–Todavía tienes alma de niño y mucha inocencia en tu corazón –le dijo Papá Noel, que observaba sus movimientos.

–¿Qué quieres que haga? –Preguntó Germán, como queriendo entender sus palabras.

–Quiero que lleves ilusión a los niños; ellos la necesitan y tú puedes hacerlo –le respondió Papá Noel, acongojado.

–¿Cómo? –Asintió Germán, frunciendo el ceño.

–Desearía que me reemplaces para esta navidad. Sé que lograste difundir mi imagen por el mundo.

Germán entendió cada una de sus palabras, al relacionarlas con la campaña publicitaria de la empresa de gaseosas, pero nunca se imaginó que esta idea iba a cobrar la magnificencia alcanzada. Sus pensamientos seguían confusos, y no estaba dispuesto, por ahora, a tomar una decisión tan rápida, pero el juguete que tenía entre sus manos le daba la respuesta. Pensó en los niños que esperarían a Papá Noel en Navidad, y esto lo cautivó con una tierna sonrisa. Dijo en voz alta:

–¡Pero hoy es 14!

–¡No, hoy es 24! –Dijo Papá Noel, contradiciéndolo.

Con un movimiento brusco, Germán consultó el reloj pulsera, comprobando su realidad: eran casi las 11 del 24 de diciembre. Ya nada podía asombrarle: el tren, el páramo, la nieve, imágenes que permanecían en su mente, al igual que esta loca huída del tiempo. Al respirar con profundas bocanadas de aire, veía ingresar a Mamá Noel desde la cocina y a Papá Noel, que lo seguía mirando, presionándolo para que tomara una decisión, hasta que por último, dijo convencido:

–Está bien. ¡Haré lo que me pides!

Papá Noel comenzó a darle las instrucciones: En cada casa debía bajar por la chimenea y dejar los obsequios: algo tan simple como eso, ya que cada regalo tenía un nombre; le recomendó precaución para manejar el trineo; y lo más importante era que no debía preocuparse por el viaje: los renos lo guiarían por los intrincados caminos del mundo.

Mamá Noel le trajo las prendas, y Germán, nervioso, se las colocó encima de las que llevaba puesta: el pantalón, la chaqueta, el cinturón, las botas y el gorro. Se asombró frente al espejo al ver que su cuerpo enjuto, de mediana estatura y rostro joven, cobraba un aspecto diferente: la imagen de un anciano panzón, canoso y de barba blanca, tal como era la del “viejito pascuero” que los niños esperaban. Recordando los ensayos de su discurso, aprovechó la ocasión para imitar el clásico: “JO, JO, JO” y “¡FELIZ NAVIDAD!, pero en nada se parecía a esa voz de trueno, sino que era un graznido chillón y aflautado. Probó varias veces hasta que le salió casi a la perfección, comprobando, de este modo, la efectividad de los ejercicios que un amigo le había sugerido.

Se ultimaron los preparativos. Mientras que Papá Noel acomodaba los regalos en la bolsa mágica, uno tras otro, Germán ató los renos al pescante, ubicando a Rodolfo en primer lugar. Luego de besar a la anciana y a Papá Noel, dijo emocionado:

–Este viaje jamás lo olvidaré.

Subió al trineo y golpeando con las riendas el lomo de los renos, expresó con voz de mando:

–¡Vamos, el mundo nos espera!

–¡FELIZ NAVIDAD! –Dijo Papá Noel, al tiempo que su esposa levantaba la mano, como una señal de despedida.

Mientras que volvía a escuchar un interminable tintineo de campanitas, recreando alegres villancicos, el trineo se elevaba en un vuelo mágico hacia el cielo, cobijado por una noche apacible, serena y cubierta de estrellas, iluminando el camino. Germán, contento y extasiado, veía desde lo alto: montañas, ríos, lagos y bosques que componían un majestuoso panorama. Viajar en trineo era su primera experiencia, algo fascinante, porque jamás había tenido la oportunidad de estar en uno y, mucho menos, que volara, haciendo algunas piruetas en el aire para acostumbrarse a manejarlo. Se sentía muy complacido. Papá Noel, en persona, le había pedido que lo supliera y llevaría a cabo esta tarea, dejando atrás sus sueños para conseguir un puesto de jerarquía, por el cual había trabajo por más de diez años. Ya no importaba nada de eso. El espíritu navideño había renovado la esperanza de llevar alegría a todos los niños del mundo, principalmente, el ver reflejado en cada rostro infantil la cálida ilusión de que Papá Noel convertiría su deseo en un regalo.

Las expectativas de Germán crecían a medida que se acercaba a la ciudad, al ver las luces, las casas adornadas, los fuegos artificiales en majestuoso colorido, escuchando una música de alegres villancicos, que hacían de esta noche, la mejor noche buena que estaba viviendo.

Lentamente, el trineo dio un giro en descenso y se detuvo en una casa, quedando suspendido en el aire. Germán saltó al techo con la bolsa sobre su espalda, recorriendo una cierta distancia hasta llegar a la chimenea que tenía un pequeño orificio. Pensando en la delgadez de su cuerpo, se animó a pasar, con tan mala suerte que una alarma empezaba a sonar, y del susto, se quedó atascado por la cintura. No había tomado en cuenta este inconveniente. Si no pensaba algo rápido, los bomberos tendrían que sacarlo. ¡Qué papelón! Llamó a Rodolfo. El reno se desató del pescante y fue auxiliarlo, lamiendo su cara con insistencia. Germán, impaciente, no podía hacer que entendiera su pedido para ayudarlo a bajar. Después de olisquearlo y de algunos empellones, con su hocico le dio el golpe de gracia, consiguiendo pasar. Atontado por el golpe, despertó. Rodolfo, su perro, no dejaba de hostigarlo y jugar con él. Mientras trataba de quitarse el canino de encima, pudo sentarse en el sitio que ocupaba y observar las puertas del placard entreabiertas, los juguetes del perro, la ventana abierta de par en par, las luces encendidas, al igual que el arbolito y el aire acondicionado. Le provocó risa al comprobar que se había puesto el pijama encima del traje, y que estaba enredado entre las sábanas, tirado en el suelo. Se dio cuenta del corte de luz, porque la radio–reloj de cuarzo parpadeaba sin cesar. Igualmente, escuchaba un ruido que desentonaba con las alegres melodías de la guirnalda musical. Tardaría un tiempo para levantarse y apagar el viejo reloj despertador.

Escrito y enviado por:

Cnel. Ángel Morel 31
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Prov. de Buenos Aires
ARGENTINA


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