
La Adoración de los reyes Magos - 1822
Relato perteneciente a "Misteriosa Buenos Aires"
de Manuel Mujica
Láinez
Este relato de ficción, basa muchas de sus descripciones en el cuadro
de Pedro Pablo Rubens, "La Adoración de los Magos" (1609), Óleo
sobre lienzo, que se halla en el Museo del Prado, de Madrid.

Hace buen rato que el pequeño
sordomudo anda con sus trapos y su plumero entre las maderas del órgano: A sus
pies, la nave de la iglesia de San Juan Bautista yace en penumbra. La luz del
alba -el alba del día de los Reyes- titubea en 1as ventanas y luego,
lentamente, amorosamente, comienza a bruñir el oro de los altares.
Cristóbal lustra las vetas del
gran facistol y alinea con trabajo 1os libros de coro casi tan voluminosos como
él. Detrás está el tapiz, pero Cristóbal prefiere no mirarlo hoy.
De tantas cosas bellas y
curiosas como exhibe el templo, ninguna le
atrae y seduce como el tapiz de La Adoración de los Reyes; ni siquiera el Nazareno
misterioso, ni el San Francisco de Asís de alas de plata, ni el Cristo que el
Virrey Ceballos trajo de Colonia del Sacramento y que el Viernes Santo dobla la
cabeza, cuando el sacristán tira de un cordel.
El enorme lienzo cubre la
ventana que abre sobre la calle de Potosí, y se extiende detrás del órgano al
que protege del sol y de la lluvia. Cuando sopla viento y el aire se cuela por
los intersticios, muévense las altas figuras que rodean al Niño Dios.
Cristóbal las ha visto moverse
en el claroscuro verdoso. Y hoy no osa mirarlas.
Pronto hará tres años que el
tapiz ocupa ese lugar. Lo colgaron allí, entre el arrobado aspaviento de las
capuchinas, cuando lo obsequió don Pedro Pablo Vidal, el canónigo, quien lo
adquirió en pública almoneda por dieciséis onzas peluconas. Tiene el paño
una historia romántica. Se sabe que uno de los corsarios argentinos que
hostigaban a las embarcaciones españolas en aguas de Cádiz, lo tomó como
presa bélica con el cargamento de una goleta adversaria. El señor Fernando VII
enviaba el tapiz, tejido según un cartón de Rubens, a su gobernador de Filipinas,
testimoniándole el real aprecio. Quiso el destino singular que en vez de
adornar el palacio de Manila viniera a Buenos Aires, al templo de las monjas de
Santa Clara.
El sordomudo, que es apenas un
adolescente, se inclina en el barandal. Allá abajo, en el altar mayor,
afánanse los monaguillos encendiendo las velas. Hay mucho viento en la calle.
Es el viento quemante del verano, el de la abrasada llanura. Se revuelve en el
ángulo de Potosí y Las Piedras y enloquece las manti1las de les devotas. Mañana
no descansarán los aguateros, y las lavanderas descubrirán espejismos de incendio
en el río cruel. Cristóbal no puede oír el rezongo de las ráfagas a lo largo
de la nave, pero siente su tibieza en la cara y en las manos, como el aliento de
un animal. No quiere darse vuelta porque el tapiz se estará moviendo y alrededor
del Niño se agitarán los turbantes y las plumas de los séquitos orientales.
Ya empezó la primera misa El capellán
abre los brazos. y relampaguea la casulla hecha con el traje de una Virreina. Asciende
hacia las bóvedas la fragancia del incienso.
Cristóbal entrecierra los ojos.
Ora sin despegar los labios. Pero a poco se yergue, porque él, que nada oye,
acaba de oír un rumor a sus espaldas. Sí, un rumor, un rumor levísimo,
algo que podría compararse con una ondulación ligera producida en el agua de
un pozo profundo, inmóvil hace años. El sordomudo está de pie y tiembla.
Aguza sus sentidos torpes, desesperadamente, para captar ese balbucir.
Y abajo el sacerdote se doblega
sobre el Evangelio, en el esplendor de la seda y de los hilos dorados, y lee el
relato de la Epifanía.
Son unas voces, unos cuchicheos,.desatados
a sus espaldas. Cristóbal ni oye ni habla desde que la enfermedad le dejó así,
aislado, cinco años ha. Le parece que una brisa trémula se le ha entrado
por la boca y por el caracol del oído y va despertando viejas imágenes dormidas
en su interior.
Se ha aferrado a los
balaústres, el plumero en la diestra. A infinita distancia, el oficiante
refiere la sorpresa de Herodes ante la llegada de los magos que guiaba 1a
estrella divina.
- Et apertis thesaurus suis
-canturrea el capellán- obtulerunt ei munera, aurum, thus et myrrham.
Una presión física más fuerte
que su resistencia obliga al muchacho a girar sobre los talones y a enfrentarse
con el gran tapiz.
Entonces en el paño se alza el
Rey mago que besaba los pies del Salvador y se hace a un lado, arrastrando el
oleaje del manto de armiño. Le suceden en la adoración los otros Príncipes,
el del bello manto rojo que sostiene un paje caudatario, el Rey negro ataviado
de azul. Oscilan las picas y las partesanas. Hiere la luz a los yelmos
mitológicos entre el armonioso caracolear de los caballos marciales. Poco a
poco el séquito se distribuye detrás de la Virgen María, allí donde la mula,
el buey y el perro se acurrucan en medio de los arneses y las cestas de mimbre.
Y Cristóbal está de hinojos escuchando esas voces delgadas que son como
subterránea música.
Delante del Niño a quien los
brazos maternos presentan, hay ahora un ancho espacio desnudo. Pero otras
figuras avanzan por la izquierda, desde el horizonte donde se arremolina el
polvo de 1as caravanas y cuando se aproximan se ve que son hombres del pueblo,
sencillos, y que visten a usanza remota. Alguno trae una aguja en la mano; otro,
un pequeño telar; éste lanas y sedas multicolores; aquél desenrosca un dibujo
en el cual está el mismo paño de Bruselas diseñado prolijamente bajo una red
de cuadriculadas divisiones. Caen de rodillas y brindan su trabajo de artesanos
al Niño Jesús. Y luego se ubican entre la comitiva de los magos, mezcladas las
ropas dispares, confundidas las armas con los instrumentos de las manufacturas flamencas.
Una vez más queda desierto el
espacio frente a la Santa Familia.
En el altar, el sacerdote reza
el segundo Evangelio.
Y cuando Cristóbal supone que
ya nada puede acontecer, que está colmado su estupor, un personaje aparece
delante del establo. Es un hombre muy hermoso, muy viril, de barba rubia. Lleva
un magnífico traje negro, sobre el cual fulguran el blancor del cuello de encajes
y el metal de la espada. Se quita el sombrero de alas majestuosas, hace una
reverencia y de hinojos adora a Dios. Cabrillea el terciopelo, evocador de
festines, de vasos de cristal, de orfebrerías, de terrazas de mármol rosado.
Junto a la mirra y los cofres, Rubens deja un pincel.
Las voces apagadas, indecisas,
crecen en coro. Cristóbal se esfuerza por comprenderlas, mientras todo ese
mundo milagroso vibra y espejea en tomo del Niño.
Entonces la Madre se vuelve
hacia el azorado mozuelo y hace un imperceptible ademán, como invitándolo a
sumarse a quienes rinden culto al que nació en Belén.
Cristóbal escala con mil
penurias el labrado facistol, pues el Niño está muy alto. Palpa, entre sus
dedos, los dedos aristocráticos del gran señor que fue el último en llegar y
que le ayuda a izarse para que pose los labios en 1os pies de Jesús. Como
no tiene otra ofrenda, vacila y coloca su plumerillo al lado del pincel y de los
tesoros.
Y cuando, de un salto peligroso,
el sordomudo desciende a su apostadero de barandal, los murmullos cesan, como si
el mundo hubiera muerto súbitamente. El tapiz del corsario ha recobrado su
primitiva traza. Apenas ondulan sus pliegues acuáticos cuando el aire lo sacude
con tenue estremecimiento.
Cristóbal recoge el
plumero y los trapos. Se acaricia las yemas y la boca. Quisiera contar lo que ha
visto y oído, pero no le obedece la lengua. Ha regresado a su amurallada
soledad donde el asombro se levanta como una lámpara deslumbrante que
transforma todo, para siempre.
Manuel Mujica Láinez (1910-1984), reconocido escritor
argentino, porteño por excelencia, es autor además de "Misteriosa Buenos
Aires", obra en que se presentan cuentos ambientados entre 1536 - desde la
primera fundación de Buenos Aires y 1904, convirtiéndose en una historia
de la ciudad-, de obras como "Aquí vivieron", cuentos de 1949,
"Los ídolos", novela de 1953, "Los viajeros" de 1955,
novela sobre la aristocracia criolla, "Bomarzo" de 1962, "El
unicornio" de 1965 y "El gran teatro" de 1979.