Una
mañana de últimos de noviembre. Un amanecer de invierno, hace más de veinte
años. La cocina de una vieja casa espaciosa en una aldea. Constituye su rasgo
principal una gran estufa negra; pero hay también una gran mesa redonda y una
chimenea con dos mecedoras colocadas ante ella. Aquel día comenzaba en la
chimenea el rugido invernal.
Una mujer de pelo corto y canoso está de pie ante la ventana de la cocina. Lleva
zapatos de tenis y un informe suéter gris sobre un vestido de algodón veraniego.
Es pequeña y vivaracha como una gallinita de bantam; pero, debido a una larga
enfermedad de la infancia, sus hombros son lastimosamente gibosos. Su rostro es
singular..., parecido al de Lincoln, así de áspero, curtido por el sol y el
viento; pero también es delicado, de fino trazo, y sus ojos son tímidos, color
de cereza.
-¡Oh, madre mía! -exclama, empañando el vidrio de las ventanas con su aliento-.
¡Llegó el tiempo de los pasteles de fruta!
La persona a quien habla soy yo. Tengo siete años; ella, sesenta y pico. Somos
primos, muy distantes, y hemos vivido juntos..., bueno, desde que yo puedo
recordar. Viven en la casa otras personas, parientes; y aunque tienen poder
sobre nosotros, y con frecuencia nos hacen llorar, en general no advertimos
mucho su existencia. Somos el mejor amigo uno de otro. Me llama Buddy, en
recuerdo de un muchacho que fue antes su mejor amigo. El otro Buddy murió en
1880 y tantos, cuando ella era todavía una niña. Ahora es todavía una niña.
-Lo supe antes de levantarme -dice, alejándose de la ventana con una excitada
decisión en los ojos-. ¡La campana de la Audiencia sonaba tan fría y clara! Y no
había pájaros que cantasen; se habían marchado a tierras más cálidas, sí. ¡Oh,
Buddy deja de tragar bizcochos y trae nuestro carrito! Ayúdame a buscar mi
sombrero. Tenemos que hacer treinta pasteles.
Siempre lo mismo: llega una mañana de noviembre y mi amiga, como inaugurando
oficialmente la época navideña que alboroza su imaginación y aviva las llamas de
su corazón, anuncia: «¡Llegó el tiempo de los pasteles de frutas! trae nuestro
carrito. Ayúdame a buscar mi sombrero».
Se encuentra el sombrero, una rueda de paja adornada con rosas de terciopelo que
la intemperie ha marchitado: en otro tiempo perteneció a una parienta muy
elegante. Los dos juntos empujamos nuestro carrito, un destrozado coche de niño,
hacia el jardín y hacia un bosquecillo de pacanas. El carrito es mío, es decir,
fue comprado para mí cuando nací. Está hecho de mimbre, bastante desbaratado, y
las ruedas se bambolean como las piernas de un borracho. Pero es un servidor
leal; en primavera, lo llevamos a los bosques y lo llenamos de flores, hierbas,
helechos para las macetas de nuestra galería; un verano, lo cargamos con
provisiones para el picnic y con cañas de azúcar para pescar, y lo
empujamos hasta la orilla del arrollo; también tiene sus usos invernales:
transportar leña del patio a la cocina, servir de cama tibia para Queenie,
nuestra pequeña terrier anaranjada y blanca, vigorosa, que ha sobrevivido a
enfermedades y a dos mordeduras de serpientes de cascabel. Ahora Queenie va
trotando junto al carrito.
Tres horas más tarde estamos de regreso en la cocina con una carretada de
pacanas caídas de los árboles. Nos dolía la espalda por el esfuerzo de
recogerlas: era difícil encontrarlas (puesto que la cosecha principal había sido
recogida sacudiendo los árboles y vendida por los propietarios de la huerta, que
no éramos nosotros) entre las hojas que las ocultaban y la hierba escarchada y
engañadora. ¡Craaac! Un alegre crujido y estallidos de un trueno en miniatura se
oyen cuando se rompen las cáscaras y el dorado montón de dulces almendras
aceitosas y marfileñas aumenta en la vasija de criolita. Queenie pide que lo
dejemos probar, y de cuando en cuando mi amiga le da furtivamente un trocito,
aunque insistiendo en que con ello nos privamos.
--No debemos, Buddy. Si empezamos, no pararemos. Y apenas si alcanza con esto.
Para treinta pasteles.
La cocina está oscureciéndose. El crepúsculo convierte la ventana en un espejo:
nuestro reflejo se mezcla con la luna naciente mientras trabajamos junto a la
chimenea al resplandor del fuego. Por último, cuando la luna ya está alta,
arrojamos la última cáscara al fuego y, suspirando al unísono, la vemos
encenderse. El carrito está vacío, la vasija llena hasta el borde.
Cenamos (bizcochos fríos, tocino, dulce de zarzamora) y discutimos sobre lo que
haremos mañana. Mañana empieza la clase de trabajo que me gusta más: comprar.
Cerezas y sidra, jengibre y vainilla, pasas y nueces y whisky, y, ¡oh, tanta
harina, mantequilla, tantos huevos, especias, esencias! ¡Caramba, necesitaremos
un pony para tirar del carrito hasta la casa!
Pero antes de que se puedan efectuar esas compras, está la cuestión del dinero.
Ninguno de los dos lo tiene. Excepto las miserables sumas que alguna vez
obtenemos de las personas de la casa (diez centavos se considera una gran
cantidad), o lo que ganamos con ciertas actividades: ventas diversas, de cubos
llenas de moras cosechadas por nosotros, tarros de mermelada y jalea de manzana
y conservas de melocotón hechas en casa, flores para los entierros y las bodas.
Una vez ganamos un concurso sobre el fútbol nacional. No es que entendiéramos
nada de fútbol. Es, simplemente, que participamos en cualquier concurso de que
tuviéramos noticias: en aquel momento nuestras esperanzas se cifraban en el gran
premio de cincuenta mil dólares ofrecidos para dar nombre a una nueva marca de
café (propusimos «A.M.»; y después de alguna vacilación, pues mi amiga pensaba
que acaso sería sacrílego el slogan «A.M. Amén»). Para decir la verdad,
nuestra única empresa «realmente» provechosa fue el Museo de Rarezas y
Diversiones que organizamos en el cobertizo de un patio, dos veranos antes. Las
Diversiones consistían en una linterna mágica con vistas de Washington y de
Nueva York que nos prestó una parienta que había estado en aquellos lugares (y
se puso furiosa cuando descubrió para qué se la habíamos pedido); las Rarezas,
un polluelo de tres patas empollado por una de nuestras gallinas. Todo el mundo
quería ver aquel polluelo; hacíamos pagar un níquel a los mayores y dos centavos
a los niños. Y habíamos colectado lo menos veinte dólares cuando se cerró el
museo por la muerte de la principal atracción.
Pero de una manera o de otra, cada año reuníamos unos ahorros para Navidad, el
Fondo de los Pasteles de Frutas. Guardábamos ese dinero en una vieja bolsa de
cuentas, bajo una tabla suelta del piso, bajo el orinal, bajo la cama de mi
amiga. Rara vez sacamos la bolsa de su seguro escondrijo, excepto para depositar
dinero o, como sucede cada sábado, para retirarlo; pues los sábados se me
conceden diez centavos para ir al cine. Mi amiga no ha ido nunca al cine ni
piensa ir. Dice:
-Prefiero que me lo cuentes, Buddy. De esta manera puedo imaginar más. Por
otra parte, una persona de mi edad no debe gastarse la vista. Cuando el Señor
venga, que pueda verlo claramente.
Además de no haber visto nunca una película, nunca tampoco había: comido en un
restaurante, viajado hasta más de cinco millas de la casa, recibido o enviado un
telegrama, leído nada excepto tebeos y la Biblia, usado maquillaje, maldecido,
deseado mal a nadie, mentido a sabiendas, dejado que un perro hambriento
siguiera hambriento. He aquí algunas cosas que ha hecho y que hace: mató con un
azadón la mayor serpiente de cascabel que se ha visto en este condado (de
dieciséis anillos), toma rapé (secretamente), domestica colibríes (hagan la
prueba) hasta que se posen sobre su dedo, cuenta historias de fantasmas (ambos
creemos en fantasmas) tan escalofriantes que le hielan a uno en Julio, habla
sola, pasea bajo la lluvia, cultiva las más hermosas camelias japonesas de la
población y sabe la receta de toda clase de viejas curaciones indias, incluyendo
un remedio mágico para extirpar verrugas.
Ahora, terminada la cena, nos retiramos a nuestra habitación, situada en una
parte remota de la casa, donde mi amiga duerme en una cama de hierro cubierta
con una vieja colcha y pintada de rosa, su color favorito. Silenciosamente,
entregados a los placeres de la conspiración, sacamos la bolsa de su escondrijo
y derramamos su contenido sobre la colcha. Billetes de a dólar apretadamente
enrollados y verdes como brotes de mayo. Sombrías monedas de a cincuenta
centavos, lo bastante pesadas para mantener cerrados los ojos de un muerto.
Hermosas piezas de a diez, la moneda más viva, la que realmente tintinea.
Níqueles y cuartos de dólar, pulidos por el uso como guijarros de arroyo. Pero,
más que nada, un odioso montón de centavitos de color acre. El verano pasado los
otros de la casa convinieron en pagarnos un centavo por cada veinticinco moscas
que matáramos. ¡Oh, la carnicería de agosto, las moscas que volaron al cielo!
Sin embargo, ése no era un trabajo que nos enorgulleciera. Y mientras estábamos
sentados contando centavos, era como si volviéramos a hacer el recuento de
moscas muertas. Ninguno de los dos tenía cabeza para los números; contábamos
lentamente, nos equivocábamos, volvíamos a empezar. De acuerdo con los cálculos
de mi amiga, tenía $ 12.73. Según los míos, exactamente $13.
-Espero que te hayas equivocado, Buddy. No podemos hacer nada con trece. Los
pasteles saldrían mal. O alguien iría al cementerio. ¡Ni pensar en levantarme de
la cama el día trece!
Eso es verdad: mi amiga siempre pasa los días trece en la cama. Por lo tanto,
para asegurarnos, separamos un centavo y lo arrojamos por la ventana.
De todos los ingredientes que componen nuestros pasteles de frutas, el whisky es
el más caro, así como el más difícil de obtener: las leyes del estado prohíben su
venta. Pero todo el mundo sabe que se puede comprar una botella al señor Jajá Jones. Al día siguiente, terminada nuestras compras más prosaicas, nos dirigimos
al establecimiento del señor Jajá, un «pecaminoso» (según la opinión pública)
café, donde hay baile y frituras de pescado, a la orilla del río. Habíamos
estado allí antes y con el mismo objeto; pero los años anteriores tratamos con
la esposa de Jajá, una india oscura como el yodo, pelo oxigenado color latón y
un aire de extrema fatiga. Nunca, en verdad, habíamos visto a su marido, aunque
habíamos oído decir que también es indio. Un gigante con cicatrices de navaja en
las mejillas. Lo llaman Jajá porque es muy ceñudo, un hombre que nunca ríe.
A medida que nos acercábamos al café (larga cabaña de troncos, festoneada dentro
y fuera con filas alegres y deslumbradoras bombillas eléctricas, que se
levantaban junto a la orilla fangosa del río, bajo la sombra de árboles
ribereños donde el musgo sube entre las ramas como niebla gris), nuestros pasos
se hacían más lentos. Hasta Queenie deja de corretear y anda muy pegada a
nosotros. Ha habido asesinatos en el café de Jajá. Personas despedazadas.
Descalabradas. Hay un caso que irá al tribunal el mes próximo. Naturalmente,
tales sucesos ocurren por la noche, cuando las luces de colores proyectan
dibujos fantásticos y el fonógrafo aúlla. De día, el establecimiento de Jajá se
ve mísero y desierto. Llamo a la puerta, Queenie ladra, mi amiga grita:
-¿Señora Jajá? ¿Señora? ¿Hay alguien en la casa?
Pasos. La puerta se abre. Nuestros corazones dan un vuelco. ¡Es el propio señor
Jajá Jones! Y «es» un gigante; y «sí» tiene cicatrices; y «no» sonríe. Ceñudo,
nos mira con ojos oblicuos de Satán y pregunta:
-¿Qué quieren de Jajá?
Por un momento estamos demasiado paralizados para contestar. Al fin mi amiga
encuentra a medias su voz, un susurro de voz a lo sumo:
-Si nos hace el favor, señor Jajá, quisiéramos un litro de su mejor whisky.
Sus ojos se inclinan más. ¿Quién lo creería? ¡Jajá está sonriendo! Es más, ríe.
-¿Quién de ustedes es el bebedor?
-Es para hacer pasteles de fruta, señor Jajá. Para cocinar.
Eso lo calma. Frunce el ceño.
-¡Qué manera de malgastar el buen whisky!
No obstante, se retira dentro del sombrío café y unos segundos más tarde aparece
con una botella sin etiqueta llena de licor de un amarillo de margarita. Muestra
su reflejo a la luz del sol y dice:
-Dos dólares.
Le pagamos con monedas de a diez, cinco y un centavo. De pronto, mientras agita
las monedas en su mano como si fuesen dados, su cara se suaviza.
-¿Saben qué les digo? -propone, volviendo a meter el dinero en nuestra bolsa de
cuentas-. En vez de pagar, mándenme uno de esos pasteles de frutas.
-Bueno -observa mi amiga por el camino de regreso a casa-, es un hombre
encantador. Pondremos una taza más de pasas en «su» pastel.
La estufa negra, cargada de carbón y leña, resplandece como una calabaza
iluminada por dentro. Las batidoras de huevo giran, las cucharas revuelven las
vasijas de mantequilla y azúcar, la vainilla endulza el aire, el jengibre lo
hace picante; una mezcla de olores que producen hormigueo a las narices, satura
la cocina, se difunde por la casa, se esparce por el mundo en bocanadas de humo
de la chimenea. En cuatro días nuestra obra ha terminado. Treinta y un pasteles,
empapados de whisky, en los antepechos de las ventanas y los anaqueles.
¿Para quién son?
Amigos. No necesariamente amigos de la vecindad: realmente, la mayor parte están
destinados a personas a quienes hemos visto quizá una vez, quizá nunca. Personas
que han impresionado nuestra imaginación. Como el presidente Roosevelt. Como el
reverendo J. C. Lucey y su esposa, misioneros baptistas en Borneo que dieron
conferencias aquí el invierno anterior. O el pequeño afilador que viene a
recorrer la aldea dos veces al año. O Abne Packer, el conductor del autocar de
Mobile de las seis, con quien cambiamos ademanes de saludo cada día cuando pasa
en una nube veloz de polvo. O los jóvenes Wiston, una pareja de California, cuyo
coche una tarde se averió frente a la casa y pasaron una hora agradable
charlando con nosotros en la galería (el joven señor Wiston nos sacó una
instantánea, la única fotografía que nos han hecho en nuestra vida). ¿Es debido
a que mi amiga es tímida con todo el mundo «excepto» con los extraños, que esos
extraños, y las relaciones más fugaces, nos parecen ser nuestros verdaderos
amigos? Creo que sí. También los álbumes donde guardábamos las palabras de
agradecimiento en papel de carta de la Casa Blanca, alguna que otra comunicación
de California y Borneo, las postales de a centavo del afilador, nos hacían
sentirnos unidos a unos mundos extraordinarios más allá de la cocina con sus
vistas a un cielo limitado.
Ahora la rama desnuda de una higuera, en diciembre, roza la ventana. La cocina
está vacía, los pasteles han desaparecido ayer llevamos el último de ellos a la
oficina de correos, donde el importe de los sellos dejó vacía nuestra bolsa.
Estábamos sin un centavo. Esto me deprime, pero mi amiga insiste en
celebrarlo..., con dos dedos de whisky que queda en la botella de Jajá. Damos a
Queenie una cucharada en una taza de café (le gusta el café con sabor de
achicoria y fuerte). El resto lo dividimos entre dos copas. Ambos amedrentados
ante la perspectiva de tomar whisky puro; su sabor provoca gestos contraídos y
estremecimientos. Pero poco a poco nos ponemos a cantar, cada uno diferentes
canciones, simultáneamente. No sé la letra de la mía, sólo: «Ven, ven a la
ciudad oscura, al baile de los faroleros». Pero sé bailar: quiero ser un
bailarín de cine. Mi sombra danzante retoza sobre las paredes; nuestras voces
sacuden la vajilla; reímos como si manos invisibles nos hicieran cosquillas.
Queenie rueda sobre su espalda, sus patas se agitan en el aire, algo como una
sonrisa estira sus labios negros. Por dentro me siento arder y chispear como
esos leños que se desmoronan, despreocupado como el viento en la chimenea. Mi
amiga da vueltas de vals en torno a la estufa, sosteniendo entre sus dedos el
borde de su pobre falda de algodón como si fuera un vestido de baile. «Enséñame
el camino para ir a casa», canta, mientras sus zapatos de tenis chirrían sobre
el piso. «Enséñame el camino para ir a casa...»
Entran dos parientas. Muy enojadas. Potentes, con ojos que escarban, lenguas que
escaldan. Escuchad lo que tienen que decir, palabras que caen con tono iracundo:
-¡Un niño de siete años! ¡Whisky en su aliento! ¿Has perdido el juicio? ¡Licor
a un niño de siete años! ¡Si serás necia! ¡Camino a la perdición! ¿Recuerdas a
la prima Kate? ¿Al tío Charlie? ¿Al cuñado del tío Charlie? ¡Vergüenza!
¡Escándalo! ¡Humillación! ¡Arrodíllate, reza, ruega al señor!
Queenie se esconde bajo la estufa. Mi amiga mira sus zapatos, su barbilla
tiembla, levanta su falda y se limpia la nariz y corre a su habitación. Cuando
ya hace mucho que la ciudad duerme y la casa está silenciosa, excepto por los
relojes al dar las horas y el chisporroteo de los fuegos que van apagándose,
está llorando sobre una almohada ya tan mojada como el pañuelo de una viuda.
-No llores -le digo, sentado a los pies de su cama y temblando a pesar de mi
camisa de noche de franela que huele a jarabe para la tos del invierno pasado-.
No llores -le ruego tironeándole los dedos de los pies y haciéndole cosquillas-,
eres demasiado vieja para eso.
-Es porque -dice en un hipo- soy demasiado vieja. Vieja y ridícula.
-No ridícula. Divertida. Más divertida que nadie. Oye: si no dejas de llorar,
mañana estarás tan cansada que no podremos ir a cortar un árbol.
Se incorpora. Queenie salta sobre la cama (cosa que le está prohibida) y le lame
las mejillas.
-Sé donde encontraremos árboles verdaderamente hermosos, Buddy. Y acebo
también. Con bayas grandes como tus ojos. Es muy adentro de los bosques. No
hemos ido nunca tan lejos. Papá nos traía árboles de Navidad de allí; los
cargaba sobre su hombro. De eso hace cincuenta años. Bueno, ¡no puedo esperar la
mañana!
Mañana. La hierba resplandece con la escarcha; el sol, redondo como una naranja
y anaranjado como las lunas del tiempo cálido, se alza en equilibrio sobre el
horizonte, pule los bosques plateados de invierno. Un pavo silvestre canta. Un
cerdo vagabundo gruñe entre la maleza. Pronto, a la orilla del agua de rápida
corriente, profunda hasta llegar a la rodilla, tenemos que abandonar el carrito.
Queenie es la primera en vadear el arroyo, chapotea ladrando plañideramente a la
rapidez de la corriente y a su frialdad capaz de producir neumonía. Nosotros la
seguimos, sosteniendo nuestros zapatos y equipo (un hacha y un saco de
arpillera) sobre nuestras cabezas. Kilómetro y medio más: de espinas, zarzas y
cardos atormentadores que se agarran a nuestros vestidos; de rojizas agujas de
pino, brillantes, mezcladas con hongos de alegres colores y plumas de pájaros.
Aquí y allá, un vuelo fugaz, un alboroto, una explosión de chillidos nos
recuerdan que no todas las aves han volado hacia el sur. Siempre el sendero
serpentea entre charcos de sol almidonado y oscuras bóvedas de ramas. Hay que
cruzar otro arroyo: una alborotada flota de abigarradas truchas agita el agua a
nuestro alrededor, y ranas del tamaño de platos practican las zambullidas de
panza: obreros castores están construyendo un dique. En la otra orilla, Queenie
se sacude y tiembla. Mi amiga también se estremece, no de frío sino de
entusiasmo. Una de las maltrechas rosas de su sombrero suelta un pétalo cuando
ella levanta la cabeza y aspira el aire cargado de aroma de pinos.
-Ya casi llegamos. ¿Los hueles, Buddy? -dice, como si nos acercáramos al
océano.
Y, en efecto, es una especie de océano. Grandes extensiones perfumadas de
árboles navideños, acebos de punzantes hojas. Bayas rojas como brillantes
campanillas chinas: los negros cuervos se precipitan chillando sobre ellas. Ya
llenos nuestros sacos de suficiente verde y escarlata para rodear de guirnaldas
una docena de ventanas, vamos a elegir un árbol, por fin.
-Debe ser -murmura mi amiga- dos veces más alto que un muchacho. De esta
manera ningún muchacho podrá robar la estrella.
El que elegimos es dos veces más alto que yo. Hermoso y valiente bruto que
sobrevive a treinta hachazos antes de ceder con un crujiente grito de rendición.
Tomándolo como un animal muerto, empezamos el largo arrastre. A los pocos metros
abandonamos la lucha, nos sentamos y jadeamos. Pero tenemos la fuerza de los
cazadores victoriosos; esto y el perfume frío y viril del árbol nos reanima, nos
aguijonea. Muchos elogios acompañan nuestro regreso, a puesta de sol, por la
carretera de arcilla roja que lleva a la aldea; pero mi amiga es taimada y
evasiva cuando los viandantes alaban el tesoro cargado en nuestro carrito.
-¡Qué hermoso árbol! ¿De dónde lo traen?
-De por allá - murmura ella, vagamente.
Una vez se detiene un coche y la holgazana esposa del rico propietario del
molino se asoma y relincha:
-Les doy veinte centavos por ese viejo árbol.
Ordinariamente mi amiga tiene miedo de decir que no; pero en esta ocasión sacude
prontamente la cabeza:
-No lo daríamos ni por un dólar.
-¡Un dólar! ¡Madre! Cincuenta centavos. Es lo más que doy. ¡Por Dios, mujer!,
pueden ir a buscar otro.
En respuesta, mi amiga observa suavemente:
-Lo dudo. Nunca hay dos de nada.
En casa, Queenie se deja caer junto al fuego y duerme hasta la mañana, roncando
fuerte como un ser humano.
Un baúl en el desván contiene: una caja de zapatos llena de colas de armiño
(procedentes de una capa de teatro de una curiosa dama que una vez alquiló una
habitación en la casa), rollos de colgajos de relumbrón dorados por los años,
una estrella de plata, una corta serie de bombillas acarameladas, viejas,
indudablemente peligrosas. Excelente decoración hasta donde alcanza, que no es
lo suficiente: mi amiga quiere que nuestro árbol resplandezca «como una ventana
de los baptistas», que se doble bajo el peso de las nieves de adorno. Pero no
podemos costear los esplendores de fabricación japonesa que venden en el «cinco
y diez». Por lo tanto, hacemos lo que hemos hecho siempre: pasar días sentados
ante la mesa de la cocina con tijeras y lápices y montones de papel de colores.
Yo hago los dibujos y mi amiga los recorta: gran cantidad de gatos, peces
también (porque son fáciles de dibujar), algunas manzanas, algunas sandías, unos
pocos de ángeles alados hechos de envoltorios de papel de estaño que tenemos
guardado. Empleamos imperdibles para sujetar al árbol esas creaciones: como
toque final, salpicamos las ramas con algodón desmenuzado (recogido en agosto
con ese propósito). Mi amiga, contemplando el efecto, junta sus manos.
-Ahora, francamente, Buddy, ¿no te parece bueno para comer?
Queenie trata de comerse un ángel.
Después de tejer y adornar con cintas las coronas de acebo para todas las
ventanas de la fachada, nuestro proyecto inmediato es la preparación de los
regalos para la familia. Pañoletas para las damas, para los hombres un jarabe,
preparado en casa, de limón, regaliz y aspirina, para tomarlo «a los primeros
síntomas de un resfriado y después de cazar». Pero cuando llega la hora de
preparar nuestros mutuos regalos, mi amiga y yo nos separamos para trabajar
secretamente. Me gustaría comprarle un cuchillo con mango de nácar, una radio,
una libra de cerezas cubiertas de chocolate (una vez probamos algunas y ella
siempre jura: «viviría siempre de cerezas, Buddy. ¡Señor, si, podría...!, y esto
no es tomar Su nombre en vano»). En vez de todo eso, le estoy haciendo una
cometa. A ella le gustaría regalarme una bicicleta (lo ha dicho un millón de
veces: «si yo pudiera, al menos, Buddy. Ya es bastante malo pasar la vida sin lo
que "uno" desea; pero, que Dios lo confunda, lo que me fastidia es no poder dar
a "alguien" lo que deseo que tenga. Pero cualquier día lo haré, Buddy. Te
encontraré una bicicleta. No preguntes cómo. La robaré quizá»). En vez de eso,
estoy casi seguro de que me está haciendo una cometa..., igual que el año
pasado, y que el anterior: el anterior a ese nos regalamos hondas, todo lo cual
me parece muy bien, pues somos campeones de vuelo de cometa, sabemos estudiar el
viento como los marineros; mi amiga, más experta que yo, puede elevar una cometa
cuando ni siquiera sopla brisa suficiente para arrastrar a las nubes.
La víspera de Navidad, por la tarde, reunimos un níquel y vamos a la carnicería
a comprar el regalo tradicional para Queenie, un buen hueso de ternera para
roer. El hueso, envuelto en papel fantasía, se cuelga alto en el árbol, cerca de
la estrella de plata. Queenie sabe que está allá. Se agazapa al pie del árbol
mirando hacia arriba en un arrobo codicioso. Cuando llega la hora de ir a dormir
se niega a moverse. Su excitación es igualada por la mía. Levanto a patadas las
mantas y doy vueltas a la almohada como si fuese una abrasadora noche de verano.
En algún lugar canta un gallo, falsamente, pues el sol está todavía al otro lado
del mundo.
-¿Buddy, estás despierto?
Es mi amiga que me llama desde su habitación, contigua a la mía; y un momento
más tarde está sentada en mi cama, sosteniendo una vela.
-Bueno, no puedo dormir ni tanto así -declara-. Mi pensamiento salta como una
liebre. Buddy, ¿crees que la señora Roosevelt servirá nuestro pastel en la cena?
Nos arrebujamos en la cama y ella me oprime la mano con ternura.
-Diría que tu mano era mucho más pequeña. Creo que me disgusta verte crecer.
Cuando seas mayor, ¿seremos amigos todavía?
Yo digo que lo seremos siempre.
-¡Me siento muy triste, Buddy! ¡Deseaba tanto regalarte una bicicleta! Traté de
vender el camafeo que me regaló papá. Buddy... -vacila, como turbada-, te he
hecho otra cometa.
Entonces, yo confieso que hice una para ella también; y reímos. La vela está
demasiado agotada para seguir ardiendo. Se apaga, y deja ver la luz de las
estrellas, esas estrellas que giran en la ventana como un visible villancico al
que, lentamente, lentamente, el alba acalla. Posiblemente estamos adormilados;
pero los primeros resplandores de la aurora nos rocían como agua fría; ya
estamos levantados, con los ojos muy abiertos y dando vueltas mientras esperamos
que los demás despierten. Adrede, mi amiga deja caer un caldero sobre el suelo
de la cocina. Yo bailo, repiqueteando con los pies, frente a las puertas
cerradas. Uno a uno salen los de casa, con caras de querer matarnos a los dos;
pero es Navidad y, por lo tanto, no pueden hacerlo. Primero, un espléndido
desayuno: absolutamente todo lo que uno puede imaginar..., desde las tortas de
sartén y la ardilla frita, hasta el pinole y la miel en panal, lo cual pone a
todos de buen humor, menos a mi amiga y a mí. Francamente, tenemos tanta
impaciencia por ver los regalos, que no podemos tragar un bocado.
Bueno, quedo decepcionado. ¿Quién no lo estaría? Calcetines, una camisa para ir
a la escuela dominical, algunos pañuelos, un suéter usado y un año de
suscripción a una revista religiosa para niños, El Pequeño Pastor. Me
indigna. Realmente me indigna.
Mi amiga saca mejor tajada. Un saco de ciruelas, que es su mejor regalo. Sin
embargo, está más orgullosa de un chal de lana blanca tejido por su hermana
casada. Pero «dice» que su regalo favorito es la cometa que yo le hice. Y «es»
muy hermosa; aunque no tan hermosa como la que ella hizo para mí, que es azul y
tachonada de estrellas de Buena Conducta doradas y verdes; además, en ella está
pintado mi nombre, «Buddy».
-Buddy, está soplando el viento.
Sopla el viento, y nada haremos sino correr hasta unos prados que hay más abajo
de la casa, adonde Queenie había volado para enterrar su hueso (y donde el otro
invierno, Queenie será enterrada también). Una vez allí, sumergidos en la lozana
hierba que nos llega hasta la cintura, soltamos nuestras cometas, las sentimos
que tiran del cordel como peces del cielo que nadan en el viento. Satisfechos,
calientes del sol, nos tendemos en la hierba y pelamos ciruelas y contemplamos
el cabriolar de nuestras cometas. Pronto olvido los calcetines y el suéter
usado. Soy tan feliz como si ya hubiéramos ganado el Gran premio de cincuenta
mil dólares en aquel concurso de dar nombre a un café.
-¡Madre, que tonta soy! -exclama mi amiga, súbitamente alerta, como una mujer
que recuerda demasiado tarde que tiene bizcochos en el horno-. ¿Sabes lo que he
creído siempre? -pregunta en un tono de descubrimiento y no sonriéndome a mí,
sino a un punto situado más allá-. Siempre he creído que un cuerpo tiene que
estar enfermo y morir antes de ver al señor. Y me imaginaba que cuando Él
viniese sería como mirar a través de la ventana de los baptistas: hermoso como
un cristal de color atravesado por el sol, un brillo tal que no te enteras de
que oscurece. Y ha sido un consuelo pensar en aquel resplandor que hace
desaparecer todo el miedo al coco. Pero estoy segura de que eso no sucede nunca.
Estoy segura de que en el último momento el cuerpo comprende que el Señor ya se
ha mostrado. Que ver las cosas tal como son -su mano hace un ademán circular que
abarca nubes y cometas y hierba y a Queenie echando tierra con las patas sobre
su hueso-, simplemente como siempre las ha visto, era verlo a Él. En cuanto a
mí, podría dejar el mundo con el día de hoy en los ojos.
Esta es nuestra última navidad juntos.
La vida nos separa. Aquellos que Saben Más deciden que debo ir a una escuela
militar. Y de este modo sigue una miserable sucesión de prisiones donde suena la
corneta, severos campamentos de verano con toque de diana. Tengo también un
nuevo hogar. Pero no cuenta. El hogar es donde está mi amiga, y allí nunca voy.
Y allí permanece ella, entreteniéndose en la cocina. Sola con Queenie. Sola,
pues. («Buddy querido -escribe con su letra salvaje, difícil de leer-, ayer el
caballo de Jim Macy dio a Queenie una coz mortal. Gracias a Dios, no sufrió
mucho. La envolví en una fina sábana de lino y la llevé en el carrito hasta el
paso de Simpson, donde puede descansar con todos sus huesos...»). Durante
algunos noviembres continúa haciendo sola sus pasteles de frutas; no tantos,
pero algunos; y, naturalmente, siempre me manda «el mejor de la hornada».
Además, en cada carta incluye diez centavos envueltos en papel higiénico: «ve al
cine y cuéntame la película». Pero, gradualmente, en sus cartas tiende a
confundirme con su otro amigo, el Buddy que murió en 1880 y tantos; cada vez más
son no sólo los días trece en que se queda en la cama: llega un mañana de
noviembre, un amanecer de invierno sin hojas y sin pájaros, en que no puede
levantarse y exclama: «¡Oh, madre mía! ¡Llegó el tiempo de los pasteles de
fruta!»
Y cuando eso sucede, lo sé. El mensaje que me lo anuncia no hace más que
confirmar una noticia que ha recibido ya cierta secreta fibra, amputando una
parte insustituible de mi mismo, dejándola suelta como una cometa con el cordel
roto. Es por eso que, al atravesar un patio de la escuela en esa particular
mañana de diciembre, voy escudriñando el firmamento. Como si esperase ver,
semejantes a corazones, un par de cometas sueltas que corren al cielo.