He salido a flanear un rato por las calles, y en todas partes, el fresco olor a
lama, el bullicio y ruido de las plazas y la eterna alharaca de los pitos han
atado mis pensamientos a la Noche Buena. Es imposible que hablemos de otra cosa.
Las barracas esparcidas miserablemente en la Plaza Principal han estado esta
tarde más animadas que nunca. Los vendedores ambulantes no han podido fijarse un
solo instante. A cada paso tropiezo con acémilas humanas, cargadas de pesados
canastones, por cuyas orillas asoman los tendidos brazos de una rama de cedro, o
las hebras canas del heno. A trechos, rompiendo la monotonía de aquella masa
humana vestida de guiñapos, asoma una coraza aristocrática y un sombrero de
Devonshire. Cogido de la mano de su hermana, va un niño de tres años, mirando
con ojos desmesuradamente abiertos cada cosa, y lanzando gritos de alegría, como
notas perladas, cuyo revoltoso compás lleva con las carnosas manos impacientes.
La luz de las hogueras y de los hachones, llameando velozmente, comunica a las
fisonomías ese reflejo purpúreo que ilumina las pinturas venecianas. Ahí
distingo el cuerpo esbelto y elegante de la señorita C..., la reina de la
delgadez aristocrática, cubierto por un vestido seda perla con grandes rayas
negras. Lleva un niño de la mano, y, encorvando su cuerpo
graciosamente, espera que el vendedor de tostada cara y gruesas manos llene el
cesto que sostiene en sus brazos un lacayo. Es la Diana de Juan Goujon en el
mercado.
Una muchedumbre desarrapada circula trabajosamente por la plaza. Los gritos de
los mercachifles, que pregonan sus objetos, aturden el oído, junto con el
destemplado quejar de algunos pitos, semejante a crujido agrio y rasposo de una
falda de seda al desgarrarse. Las velas cloróticas que alumbran las barracas
esparcen una luz amarillenta, que contrasta con el rojo radical de los hachones.
De cuando en cuando se aproxima un coche, llega, se detiene, salta el lacayo del
pescante, se abre la portezuela, cae el estribo y un pie perfectamente
aprisionado en un botín irreprochable toca el suelo. Tras de la polla que ha
saltado primero del carruaje, y cuyo rostro estamos habituados a mirar en el
palco ambulante del paseo y en el trois quarts inmóvil del teatro, descienden
los pequeñuelos hermanitos y la mamá que se adelanta paso a paso. A una
distancia respetuosa, y colgada del brazo una canasta enorme, viene el
lacayo con su librea color de hoja marchita.
Igual animación reina en las calles. Los cajones permanecen abiertos y con los
aparadores iluminados hasta muy entrada la noche. Apenas es posible transitar
por las aceras.
Algunas amas, a quienes la noche ha sorprendido, trotan, temiendo llegar muy
tarde, por el embanquetado, tirando de la mano al niño perezoso que se resiste a
empeñar una carrera.
Junto al cristal de cada aparador se agrupan los curiosos transeúntes, y
observan con fijeza, ya las velas microscópicas de esperma, que han agotado
todos los colores del iris, ya los juguetes caprichosos y droláticos, ya las
cajas y obsequios de año nuevo.
El aire frío que azota nuestros rostros parece como que va diciendo a mis oídos:
"¡Anda, necio! La noche va a ser helada; el aire congelado empaña los cristales;
tienta las hojas del rosal, están ya húmedas como los labios del niño cuando
suelta el ubérrimo seno de la madre, cada cual se refugia en su casita, donde
hay ojos azules y cabelleras rubias junto al fuego: ésta es la fiesta del hogar,
la fiesta del abuelo, la fiesta de la esposa, la fiesta de los hijos; la cena
patriarcal que reúne a todos bajo la tosca mesa de encino es el gran símbolo de
la familia creada por el Evangelio; ¿no oyes los gritos de alegría que se
escapan por las junturas de esa persiana mal cerrada? ¿No ves las llamas
inquietas de las velas, perdidas, como fuegos fatuos, en el ramaje obscuro del
árbol de Noél? ¡Tristes de aquéllos que corren las calles con su gabán
abotonado, mirando por los resquicios de las puertas el fuego de un hogar que
está de fiesta! ¡Tristes de aquéllos que no tienen un árbol de Noél!
La noche de Navidad es la noche de las resurrecciones y de los recuerdos. Los
niños, al dormirse en sus cunas, quedan confiados en el espíritu misterioso que
bajará durante el sueño para llenar de dulces y juguetes los botines nuevos que
han dejado a propósito en la chimenea. El hada que visita estas botitas se llama
en Italia el hada Befana. En Alemania, lejos de las grandes ciudades, en los
pueblos de campesinos y burgueses, las muchachas se asoman al sonar las doce de
la noche al pozo, cuyas aguas turbias brillan como una pupila enferma, para
buscar, trazada en su superficie, la imagen de sus novios. Las aldeanas que
vuelven a sus casas, después de oír la misa de media noche, descubren casi
siempre entre la oscura fronda de los árboles, el cuerpo blanco y ágil de las
willis, que se entregan a un vals interminable. ¡La misa de la media noche! Yo
sé de una leyenda que Alphonse Daudet ha recogido en una de sus obras, y que
hace abrir desmesuradamente los ojos a los buenos campesinos que la escuchan con
el cabello hirsuto.
Figuraos que estáis en una sacristía telarañuda, y que oís este diálogo:
-¿Dos cabritos trufados, Garrigú?
-Sí, reverendo padre, dos cabritos; dos cabritos llenísimos de trufas. Yo mismo
he ayudado a rellenarlos. Su piel, fuerte mente estirada, daba traquidos de
angustia al entrar al horno.
-¡Garrigú ..., el sobrepelliz! ¡Dios mío! ¡Yo que deliro por las trufas! ¿Dos
cabritos, eh? ¿Y qué más?
-Lo más apetitoso y exquisito. Desde en la mañana nos hemos ocupado solamente en
desplumar faisanes, pavos y pichones. Una nube de plumas, danzando por el aire,
nos rodeaba constantemente. En seguida vinieron las anguilas, las doradas carpas
y las truchas.
-¿Truchas, eh? ¿Y de qué tamaño?
-¡Inmensas, reverendo padre, enormes!
-¡Dios mío! ¡Si ya parece que las veo!... ¿Llenaste ya las vinajeras?
-Sí, reverendo padre, pero ese triste vino no puede compararse con el que
apuraréis al acabar la misa, en el castillo. Si vierais en el comedor los tarros
y garrafas que resplandecen, llenos hasta el borde de exquisito vino. ¡Y la
vajilla de plata!, ¡las fuentes cinceladas..., y las flores, los candelabros!...
¡Nunca, nunca puede haberse saboreado mejor cena! El señor marqués ha invitado a
todos los nobles que habitan en las cercanías; cuarenta, sin contar al tabelión,
llegarán a la mesa. ¡Qué afortunado sois, mi reverendo padre! Sólo de haber
sentido el humo de las trufas, su pícaro olor me sigue por doquiera...
-¡Vamos, vamos, hijo mío! ¡Dios nos preserve de la gula, y sobre todo en la
noche de Navidad! Enciende los cirios y da el primer toque de misa. Ya falta
poco para la media noche, y es preciso no atrasarse un solo instante.
Sostenían esta plática en una noche de Noél del año de gracia de mil seiscientos
y tantos, el reverendo don Balaguer, antiguo prior de los Barnabitas, a la sazón
capellán pensionado de los altos y poderosos señores de Trinquelag, y su
ayudante Garrigú, o, para decirlo mejor, el que don Balaguer tomaba por su
ayudante Garrigú; pues como más tarde se verá, el diablo había tomado aquella
noche la cara redonda y las facciones indecisas del joven sacristán para inducir
al reverendo padre en tentación y hacerle cometer el feo pecado de la gula. Así,
pues, ínterin el que se llamaba Garrigú. (¡Hum!, ¡hum!), repicaba sin tregua las
campanas, despertando los modorros ecos del feudal castillo, el reverendo
terminaba de revestir su casulla en la pequeña sacristía, ya, algo inquieto por
esas tentaciones gastronómicas, y repitiendo para sus adentros, mentalmente:
-¡Dos cabritos trufados! ¡Pavos! ¡ Carpas! ¡Truchas! Entretanto, el cierzo de la
noche se quejaba afuera, desmoronando en el espacio la alegre música de las
campanas. Poco a poco iban surgiendo de la sombra, en la árida pendiente de la
montaña, vagas luces que se iban aproximando a la pesada fábrica feudal. Eran
las familias de los campesinos que venían a la misa de gallo en el castillo.
Reunidos en grupos de seis o siete, se encaramaban cantando, por la ladera
pedregosa, guiados por el padre que, linterna en mano, iba alumbrando su camino.
Los niños, acurrucándose junto a las madres, se cobijaban con sus holgadas
mantas pardas. A pesar de la hora y a pesar del frío, todo aquel pueblo iba
regocijado y alegrísimo, seguro de que, una vez terminados los oficios,
hallarían en la cocina del castillo la mesa que se servía todos los años. De
cuando en cuando, interrumpiendo la penosa marcha, separábanse los grupos para
dejar el paso libre a alguna carroza, que, precedida de cuatro batidores, con
antorcha en mano, hacía espejear sus diáfanos cristales heridos por la luna.
Instantes después, un obediente mulo, que hacía repiquetear sus cascabeles,
atravesó trotando junto a los aldeanos. A la luz de las linternas, circuidas de
bruma, los campesinos reconocieron al señor alcalde.
-¡Buenas noches, señor alcalde!
-¡Buenas noches, buenas noches, hijos míos!
La noche estaba clara; el frío avivaba el resplandor movedizo de los astros; el
cierzo raspaba duramente el cutis, y una tenue escarcha, resbalando por los
vestidos sin mojarlos, sembraba como pequeñas cabezas de alfiler en las pesadas
mantas de lana, y conservaba fielmente la tradición de Navidad, blanca de nieve.
Arriba de la montaña aparecía el castillo como el término de aquella caminata,
con su masa enorme de torres y piñones, con el campanario de su capilla gótica,
incrustándose en el azul del cielo, y con la muchedumbre de impacientes luces,
que pestañeaban, iban y venían agitándose en todas las ventanas, semejantes,
sobre el fondo sombrío de aquella fábrica, a las chispas que corren y se
alcanzan en las cenizas del papel quemado. Pasado el puente levadizo y la
poterna, era preciso, para entrar a la capilla, atravesar el primer patio todo
lleno de carrozas, lacayos y literas, y alumbrado por el fuego de las antorchas
y el rojizo resplandor de la cocina. En aquel patio se oía constantemente el
retintín del asador, el estrépito de las cacerolas, el choque de los cristales y
la argentería. Todos estos preparativos de la cena y el vapor tibio que llegaba
a sus olfatos, trascendiendo a carnes bien asadas y salsas de legumbres
olorosas, hacían decir a los campesinos, como al señor capellán, como al
alcalde:
-¡Qué bien vamos a cenar después de misa! ¡Drelindín... Drelindín!
Ya comienza la primera misa de la medianoche. En la capilla del castillo, toda
una catedral en miniatura, de arcos entrecruzados y raros enmaderamientos de
nogal que suben por todo lo alto de los muros, se han desenrollado todos los
tapices y encendido todos los cirios. ¡Cuántos devotos! ¡Qué multitud de trajes!
He aquí primero, arrellanados en la esculpida sillería del coro, al alto y
poderoso señor de Trinquelag, con su vestido de tafetán salmón, acompañado de
los nobles señores invitados. Un poco más adelante, arrodilladas en
grandes reclinatorios revestidos de espeso terciopelo, oran devotamente la
marquesa viuda, con su traje de brocado color de fuego, y la señora joven de
Trinquelag, peinada con una torre altísima de encajes a la última moda de la
corte. Más abajo se levantan enlutados, con sus mejillas desprovistas de barba y
sus pelucas inconmensurables, el alcalde Thomas Arnoton y el tabelión maese
Ambroy; dos notas graves extraviadas entre las sedas deslumbrantes y el damasco
espolinado. En seguida se destacan los mayordomos, los pajes, los picadores, los
intendentes, doña Barba con su manojo de llaves, colgadas en la cintura por
medio de un anillo de bruñida plata. Y hasta el fondo, en las bancas para el
pueblo, los sirvientes, los campesinos, los pecheros, escoltados todavía por una
multitud de marmitones, que en el extremo de la capilla, junto a la puerta de
alto cancel, que a cada rato abren y cierran, vienen a oír algún versículo de
los oficios y a traer no sé por qué vago olor de cena a aquella iglesia
revestida de fiesta, y cuya atmósfera caldean las llamas rojas de los cirios.
¿Será la presencia de esos mandiles blancos causa de las involuntarias
distracciones del oficiante? Lo cierto es que la pícara campanilla, movida por
el sacristán con una precipitación diabólica, parece que va diciendo con voz
aguda: "¡Vamos! ¡Vamos! Mientras más pronto reces, más pronto nos sentaremos a
la mesa."
Y el hecho es que cada vez que suena -¡pícara campana!- el capellán se olvida de
la misa para ya no pensar más que en la cena. Y se imagina el incesante
movimiento que debe haber en la cocina, los hornos en donde flamea y choca el
fuego de una fragua, el humo que dejan escapar las tapaderas entreabiertas, y a
través de ese humo mira dos cabritos magníficos, con trufas.
O bien mira pasar hileras de vistosos pajecillos, llevando con prudencia
platones circuidos de un humo tentador, entra con ellos al salón ya apercibido
para la fiesta y -¡oh delicia!- he aquí la inmensa mesa toda resplandeciente, ya
cargada con los pavos vestidos de sus plumas, los faisanes abriendo sus moradas
alas, las botellas color de rubíes, las pirámides de frutos destacándose entre
las ramas verdes, y, por último, esos pescados prodigiosos de que tanto había
hablado Garrigú (¡Garrigú! ¡Garrigú...!, ¡hum...!) extendidos sobre un lecho de
hinojo, con sus escamas, nacaradas todavía, como si hubieran salido
recientemente de las ondas, y con un ramillete de hierbas olorosas en su nariz
de monstruo. Y era tan viva la visión de todas estas maravillas, que don
Balaguer pensó por un instante que aquellos platos suculentos estaban ya
servidos sobre el mantel bordado del altar, y dos o tres veces, en vez del
Dominus vobiscum, dijo el Benedicite. Pero dejando a un lado estas ligeras
equivocaciones, el pobre padre oficiaba conforme a sus deberes, sin saltar una
línea ni omitir una genuflexión. Todo fue así hasta la conclusión de la primera
misa.
-¡Y va una! -dijo por fin el capellán con un suspiro de alivio. Incontinenti,
sin perder un minuto, hizo una seña al sacristán, o mejor dicho, al que creía
que era su sacristán, para que llamase a la segunda misa. ¡Drelindín! ¡Drelindín!
Y he aquí que empieza la segunda misa y con ella el pecado de don Balaguer.
"¡Más aprisa, más aprisa, más aprisa!", dice con voz tipluda y agria la campana
diabólica de Garrigú, y en esta vez el oficiante se abandona al dominio de la
gula, devora las páginas del misal, con la avidez de su apetito sobreexcitado.
Frenéticamente se hinca, se levanta, esboza la figura de la cruz, apresura todos
sus gestos, todos sus movimientos para acabar más pronto.
Apenas golpea su pecho con el Confiteor, cuando extiende los brazos en el
Evangelio. Entre él y el sacristán se empeña una diabólica carrera. Versículos y
respuestas se precipitan, se atropellan. Las palabras pronunciadas a medias, sin
abrir la boca, porque esto hubiera exigido un despilfarro inútil de tiempo,
terminan en sílabas incomprensibles.
Como vendimiadores apremiados, que magullan la uva en los barriles, ambos
estropean el latín de la misa, despidiendo astillas desquebrajadas del idioma. Y
durante este vértigo espantoso, la infernal campanilla, repicando siempre,
espolea al desgraciado capellán, como esos cascabeles que se cuelgan a los
caballos de posta para hacerlos trotar cosquilleándolos.
¡Imaginaos en qué breves momentos terminaría la misa!
-¡Y ya van dos! -murmuró el reverendo, jadeante. Pero sin dejarse tiempo de
respirar, con el rostro encendido, escurriendo sudor de la espantada frente,
baja temblando las gradas del altar y... ¡Drelindín! ¡Drelindín!
He aquí que empieza la tercera misa Unos minutos más, y el comedor se descubre,
por fin, ante sus ojos. Pero, ¡ay!, a medida que la cena se aproxima, el infeliz
don Balaguer se siente más y más movido por la impaciencia loca de la gula. Las
carpas doradas, los cabritos asados están ahí; ya los toca, ya los palpa... Los
platones humean, los vinos embalsaman, y, sacudiendo su cascabel aguijoneante,
la campanilla dice sin descanso: -¡aprisa!, ¡aprisa!, ¡más aprisa! ¿Pero cómo
podría ir más aprisa? Sus labios apenas se mueven; ya no pronuncia las palabras.
De tentación en tentación, comenzó por saltar un versículo y ahora salta dos. La
Epístola es demasiado larga y no la acaba. Tartamudea las primeras palabras del
Evangelio.
Suprime el Padre Nuestro y saluda de lejos el Prefacio. Y así, con brincos y con
saltos, se precipita en la falta espoleado por Garrigú ";Nade retro, Satanás.!",
que le secunda con prodigiosa perspicacia, levantándole la casulla, volteando
las hojas del misal dos a dos y cuatro a cuatro, derramando las vinajeras y
repicando endemoniadamente más y más aprisa.
¡Era de verse la cara espantadísima de los asistentes! Obligados a seguir,
guiados por la mímica del padre, aquella misa, de la que no entendían una
palabra, poníanse éstos de pie cuando los demás se arrodillaban, y en todas las
fases de aquel oficio nunca visto la muchedumbre se revolvía en las bancas con
diversas actitudes. La estrella de Navidad, que iba avanzando por el cielo,
camino del pequeño establo, palideció de espanto y de terror.
-¡El padre reza demasiado aprisa! -dice sin detenerse la marquesa sacudiendo su
cofia limpia y blanca. El alcalde, con los anteojos de acero cabalgando en su
nariz, busca inútilmente en su devocionario el pasaje que reza el sacerdote.
Pero, en rigor de la verdad, aquellas buenas gentes, a quien la esperanza de la
cena aguijonea, no se enfadan por la precipitación de la misa, y cuando don
Balaguer, con la cara resplandeciente, se vuelve al auditorio y exclama con
todas sus fuerzas: Ite, missa est, el coro a una voz dice: Deogratias, con
acento tan limpio, tan alegre, que parece mezclado y confundido con los primeros
brindis de la cena.
Cinco minutos después, aquella muchedumbre de señores entraba a la gran sala y
tomaba asiento en torno de la mesa, presidida por el capellán. El castillo,
iluminado de arriba abajo, se poblaba de cantos y carcajadas y rumores, y el
venerable clon Balaguer hundió su tenedor en una ala de capón, ahogando sus
remordimientos con el vino del Papa y el sano jugo de las carnes. Tanto comió y
tanto bebió el asendereado padre, que por la noche murió de una tremenda
apoplejía, sin tiempo para arrepentirse, y en la mañana llegó al cielo,
repercutiendo aún los cantos de la fiesta.
-¡Retírate, mal cristiano! -le dijeron-. Tu falta es sobrado grande para borrar
toda una vida de virtud. Pecaste diciendo indignamente la misa de la Navidad.
¡Pues bien, en pago, no podrás penetrar al Paraíso sino después de rezar
trescientas misas de Navidad, en presencia de todos aquéllos que contigo pecaron
por tu alta!
He aquí la verdadera leyenda de don Balaguer, tal como la relatan en el país de
los olivos. Ahora, el castillo de Trinquelag no existe ya, pero la capilla se
conserva aún, erguida y recta, entre el ramillete de encinas verdes que coronan
el monte. El viento golpea y bate la puerta desunida; la hierba estorba en el
suelo; hay nidos en los rincones del altar y en las aberturas de las ventanas
cuyos vidrios han desaparecido desde hace mucho tiempo. Sin embargo, cuentan que
todos los años, en la Noche Buena, una luz sobrenatural vaga por las ruinas; y
que, yendo camino de la iglesia, los campesinos contemplan aquel espectro de
capilla, iluminado por cirios invisibles, que arden a la intemperie, entre los
ventarrones y la nieve. Sonreíd, si os place; pero un vendimiador de la comarca
afirma que una noche de Navidad, hallándose en el monte, perdido en la vecindad
de las ruinas, vio... eriza los cabellos lo que vio. Hasta las once, nada. Todo
estaba silencioso, inmóvil y apagado. Pero, al sonar la media noche, una
campana, olvidada tal vez en el campanario derruido, una campana vieja, ya
caduca, que parecía sonar a quince leguas de distancia, tocó a misa. Después,
por la pendiente del camino, el infeliz trasnochador vio sombras indecisas
agitándose y linternas opacas que subían. Ya cerca de las ruinas, voces salidas
de gargantas invisibles murmuraban:
-Buenas noches, señor alcalde.
-Buenas noches, buenas noches, hijos míos. Cuando la copa de fantasmas penetró
al interior de la capilla, el pobre vendimiador, que es bravo mozo, se aproximó
de puntillas a la puerta, y viendo a través de los maderos rotos, presenció un
raro espectáculo. Todos los fantasmas que había visto pasar estaban alineados en
derredor del coro y en la ruinosa nave, como si hubiese bancas y sillones
todavía. Y había entre ellos grandes damas vestidas de brocado, con sus cofias
de encaje; caballeros repletos de bordados, y labradores de chaquetas floreadas,
tales como debieron usarse en la época remota de nuestros abuelos; todos con
aspecto decrépito, amarillo, polvoriento y fatigado. A cada rato, las lechuzas,
huéspedes de la capilla, despertadas por la luz, hacían su ronda en torno a los
cirios, cuya flama subía vaga y erguida como si ardiese dentro de una gasa. Y
era cosa de ver un personaje, en cuya nariz acaballetada cabalgaban unos
anteojos de acero, moviendo a cada instante su peluca negra, sobre la que se
había parado una lechuza, batiendo en silencio sus enormes alas.
Allá en el fondo, un viejo de cortísima estatura, puesto de hinojos en la mitad
del coro, meneaba una campana sin badajo que ya no producía sonido alguno, en
tanto que de pie, junto al altar, revestido de una casulla cuyos dorados estaban
ya verdosos, parecía decir misa un sacerdote cuya voz no producía rumor ninguno.
¡Era don Balaguer diciendo su tercera misa!