Este
cuento pasa en el siglo XVI en una de esas ciudades de Italia que gobernaba un
tirano. Llamémosla a la ciudad, si queréis, Montenero, y a su tirano, Orso
Amadei.
Orso era un hombre de su época, feroz, desalmado, disimulado en el rencor,
implacable en la venganza. Valiente en el combate, magnífico en sus larguezas
y exquisito en sus aficiones artísticas, como los Médicis, festejaba en su
palacio a pintores y poetas y recibía en su cámara privada a los sospechosos
alquimistas de entonces, que si no consiguieron fabricar oro, no ignoraban la
fórmula de destilar activos venenos.
Cuando a Orso le estorbaba un señor, le atraía, jurábale amistad, comulgaba
con él -¡horrible sacrilegio!- de la misma hostia, le sentaba a su mesa..., y
en mitad del banquete el convidado se levantaba con los ojos extraviados y
espumeante la boca, volvía a caer retorciéndose..., mientras el anfitrión, con
hipócrita solicitud, le palpaba para asegurarse de que el hielo de la muerte
corría ya por sus venas.
Con los villanos no gastaba Orso tantas ceremonias: los derrengaba a palos,
o los dejaba consumirse de hambre en un calabozo.
Orso era viudo dos veces: a su primera mujer la había despachado de una
puñalada, por celos; a la segunda, la única que amó, se la mató en venganza
Landolfo dei Fiori, hermano de la primera. Ésta no había dejado hijos: la
segunda, sí: una hembra y dos varones. Perecieron los varones en un oscuro
lance militar, una emboscada que tal vez preparó el mismo Landolfo, y quedó la
niña Lucía para continuar la maldita familia de Amadei.
Discurría ya su padre el príncipe con quién desposarla, cuando Lucía
declaró que deseaba tomar el velo. Orso se desesperó, porque a su manera,
adoraba a aquel último retoño de su raza; mas no hubo remedio; la voluntad de
Lucía se impuso, y la niña entró en un monasterio de la Orden de Santo
Domingo, en que había florecido Catalina, llamada Eufrosina, a quien el mundo
venera hoy con el nombre de Santa Catalina de Siena.
La tierna juventud, la cándida belleza y la ilustre cuna de la hija del
tirano aumentaron el asombro de su penitencia. En un siglo ya pagano renovó
las duras penitencias de edades más fervorosas.
Su alimento era un puñado de hierbas cocidas; su cama, dos quilmas sin
paja; su ropa interior, un burdo tejido de Cilicia que llagaba la delicada
piel; y cuando se levantaba para orar, en las noches de enero, después de
tomar una hora de descanso sobre las losas húmedas, que quebrantaban sus
huesos todos, apenas podía sostenerse de debilidad y las palabras del rezo se
confundían en su boca.
Porque Lucía, hija al fin de los Amadei, no había nacido para la
mortificación y el dolor, sino para agotar las alegrías de la vida, para
recrearse en el grato sonido del bandolín, en el armonioso ritmo de las
estancias de los poetas, en la magia del color, en la dulce y misteriosa calma
de los jardines, donde sonreía la eterna hermosura de las estatuas griegas y
sólo el peso de ajenas culpas y el anhelo de la expiación la habían arrojado
palpitante de angustia y de terror al pie de los altares, donde a cada minuto
recordaba involuntariamente el mundo y sus goces.
Como Catalina de Siena, más de una vez se vio asaltada por tentaciones
impuras y por imágenes engañadoras y burlonas; pero abrazada a la cruz,
resistió heroicamente; lloró, se hirió las carnes y, al fin, conoció la
victoria en la paz que descendía a su espíritu. Arrobos y dulzuras
inexplicables sucedieron a los desfallecimientos, y Lucía se sintió consolada.
Llegó Navidad, aniversario de su profesión. Vino la Nochebuena acompañada
de mucha nieve; pero cuanto más espeso era el sudario que cubría el huerto del
convento, más calor notaba Lucía en su celda solitaria; una ilusión singular
le mostraba, al través de los emplomados vidrios, que en lugar de copos de
nieve llovían sobre las ramas de los árboles y sobre la dura tierra millares
de azucenas nítidas, finas como plumas arrancadas del ala de los ángeles.
Sembrado de azucenas estaba todo, y la blancura del jardín despedía una
claridad que alumbraba la celda con rayos de luna, más vivos y lucientes que
la misma plata. De pronto, envuelto en olas de luz apacible, Lucía vio a un
precioso Niño: una criatura que sonreía, que tendía los bracitos, y a quien la
monja recibió enajenada en ellos.
-Esta noche -dijo el Niño amorosamente- he querido favorecerte, Lucía, y en
vez de nacer en el pesebre, naceré en la celda donde tantas veces me has
invocado.
Lucía permaneció algunos instantes fuera de sí: el favor era extraordinario
y, en su humildad, no se creía digna de él. Apenas pudo recobrarse, juntó las
manos y se postró implorando al Niño.
-Si quieres que sea dichosa tu sierva, Niño, mi Niño del alma..., concédeme
lo que voy a pedirte. ¡Ah!, es cosa grande y difícil; pero si Tú no puedes
realizar imposibles, ¿quién los realizará? Acuérdate de lo que he luchado,
acuérdate de mis sufrimientos..., y en vez de nacer aquí, dígnate nacer en
otro lugar oscuro, horrible, desolado...: el corazón de mi padre, Orso Amadei.
Halagando el Niño con sus manecitas el rostro de la penitente, la miró
lleno de tristeza.
-¿Sabes lo que pides, Lucía? ¿Sabes que ese corazón donde pretendes que yo
nazca es más duro que la piedra, más sangriento que el cadalso, más fétido que
el sepulcro? ¿Sabes que para entrar allí tendré que apartar con mi cuerpo
desnudo los espinos y los abrojos y las ponzoñosas hierbas, y sentir cómo se
enroscan en mi cuello las víboras y cómo trepan por mis piernas los fríos
reptiles? ¡Yo he sabido morir del modo más afrentoso; pero al tratarse de
nacer, busqué dulzura y amor; nací entre sencillos pastores, no entre lobos
carniceros! En fin, Lucía, ya que has combatido por mí, no he de negarte lo
que deseas... ¡Esta noche, mi establo de Belén será el corazón de fiera de tu
padre!
Al oír la promesa del Niño, Lucía experimentó tan súbito gozo, que no lo
pudo resistir. Cayó inerte sobre las losas. La luz, la visión, el perfume de
las azucenas, todo desapareció, y al través de los emplomados vidrios sólo se
vio el huerto amortajado de nieve.
A aquella misma hora, Orso Amadei celebraba un festín en su palacio; mejor
que festín hay que decir orgía. No era una cena donde los dichos agudos y las
alegres historietas hiciesen volar las horas, y en que la presencia de las
damas, incitando a la galantería, contuviese a la brutalidad. De estas cenas
había dado muchas Orso; pero también gustaba de otras más desenfrenadas, a que
sólo asistían sus capitanes semibandidos, sus bufones y sus familiares, gente
cínica y perversa.
Si se mezclaba con ellos alguna mujer, era la infeliz juglaresa sorprendida
en la plaza pública, y que, después de servir de ludibrio a los convidados,
aparecía al día siguiente con el cuerpo acardenalado, medio muerta, arrojada
en cualquier callejuela de la ciudad. Aquella noche, Ridolfi, uno de los
capitanes de Orso, había anunciado mejor presa: justamente acababa de cazar a
una joven muy linda, ¡peor para ella si andaba a tales horas por la calle!
Alborotáronse los bebedores; Orso, riendo a carcajadas, ordenó que trajesen a
la jovencita, que entró, empujada por los soldados, temblorosa, desgreñado el
rubio pelo, y los hombres se engrieron al verla, porque era en verdad
soberanamente hermosa.
Orso clavó en ella sus ojos impúdicos; tendió la mano, apartó los rizos de
oro..., y asombrado se echó atrás; en la niña desvalida, dispuesta allí para
ultrajarla, veía el rostro de su hija Lucía, las mismas facciones, las
mejillas, la frente, sonrojada de vergüenza.
-Soltad a esa mujer -gritó Orso-. Que la acompañen a su casa con el mayor
respeto. Que nadie le haga daño... ¡Ay del que toque un cabello de su cabeza!
Que se la trate como a mi persona...
Los beodos, atónitos, obedecieron sin comprender. Continuó el festín; pero
Orso, preocupado y sombrío, no apuraba la copa. Deseoso Ridolfi de animarle,
hizo una seña, entendida al vuelo, y pocos minutos después, un preso moribundo
de hambre fue traído a la sala del banquete. Solían divertirse en sacar de su
mazmorra a uno de éstos, a quienes desde días antes privaban de alimento;
sentarle a la mesa, ofrecerle algún exquisito manjar, y cuando iba a
engullirlo, sollozando y aullando de contento, se lo quitaban de la boca y le
vertían en ella la ardiente cera de los hachones que alumbraban la orgía.
El preso era joven, y Orso, bromeando, le tendió un plato de asado,
humeante, y una copa de «Lácrima»; mas al verle de cerca, profirió una
imprecación. Los ojos que le fijaban con doloroso reproche desde aquella
extenuada faz de mártir, la boca que le daba las gracias, eran la boca y los
ojos de Lucía, su propia mirada, que el padre no podía desconocer, mirada de
reflejo cariñoso, luz del alma que busca otra luz igual.
-Que suelten a éste -mandó Orso-. Antes, dadle bien de comer cuanto desee.
Y regaladle dos jarros de oro, y vino a discreción... Que se le trate como a
mi persona... ¿Lo oís? ¡Cómo a mi persona!
Ridolfi, gruñendo, cumplió la orden. Casi al punto mismo en que salía el
preso, se presentó en la sala del festín una mujer vieja, con un chiquitín en
brazos.
-Piedad, gran señor -exclamaba-, piedad de la criatura que aquí ves. Este
pequeño es el hijo de tu cuñado Landolfo dei Fiori, a quien aborreces, y unos
soldados, por orden tuya, según dicen, le quieren estrellar contra el muro. Tú
no puedes haber dado tan cruel orden, y yo le pongo bajo tu amparo.
Al nombre odiado de Landolfo, Orso se estremeció de furor, y desnudando el
puñal, iba a atravesar la garganta del pequeño...; pero éste, apacible, le
sonreía, y su sonrisa era la sonrisa encantadora, inolvidable, de Lucía cuando
su padre la acariciaba, en los días de la niñez.
Orso, vencido, cayó de rodillas, y golpeándose el pecho empezó a acusarse
en voz alta de sus pecados; porque Jesús, fiel a su promesa, acababa de nacer
en aquel corazón más oscuro que el abismo infernal.
A la mañana siguiente, Orso recibió la noticia de que su hija había
expirado a las doce en punto de la noche.
El tirano se ató una soga al cuello, recorrió descalzo las calles de la
ciudad, pidiendo perdón a los habitantes, y, apoyado en un bastón, se alejó
lentamente. Nunca se volvió a saber de él. ¡Dichosos aquellos en cuyo corazón
nace el Niño!
«La Época», 1896.
Jesús en la Tierra
Voy a contaros un cuento de la gran Noche, que me refirió un viejo
peregrino, cansado ya de recorrer todos los caminos y senderos de este mundo y
deseoso únicamente de recostar la cabeza en una piedra y morir olvidado. Si el
cuento es algo sombrío, atribuidlo a la fatiga y a las muchas desventuras del
que me narró esta especie de sueño.
La Noche de Navidad en uno de estos últimos años, habéis de saber que
nuestro Señor Jesucristo en persona quiso bajar a la Tierra y recorrerla,
porque como nadie ignora, si ha leído el texto santo, las delicias de Jesús
son morar entre los hijos de los hombres.
Dejó, pues, su trono y su asiento a la diestra del Padre, y ocultando la
majestad y belleza de su aspecto bajo forma que no deslumbrase a los ojos
mortales y que a veces ni aun fuese visible para ellos, descendió al mundo,
deseoso de encontrar piedad, amor y fraternal regocijo. La Naturaleza parece
asociarse a la solemnidad del día: en el firmamento, claro como una bóveda de
cristal, brillan los astros de oro y de esmeralda pálida, titilando cual una
mirada cariñosa: ni corre un soplo de aire, ni una partícula de humedad
condensada en figura de nubecilla empaña la magnificencia de la hora nocturna.
En el polo, cuando se apoya sobre la helada extensión el pie sagrado de
Jesús, enciéndese súbitamente, como para festejarle, una espléndida aurora
boreal: reflejos abrasadores, purpúreos y anaranjados, colorean la nieve y
arrancan de los enormes témpanos centelleo diamantino. Mas ¿qué le importa a
Jesús la magia del espectáculo? Lo que Él busca es luz de aurora en los
corazones; le atraen los fenómenos del alma, no los juegos de un meteoro en
las rocas insensibles y en las heladas estepas.
Y pasa adelante.
El primer lugar donde encuentra hombres, es una llanura árida, el fondo de
un valle que altas montañas limitan y coronan. Hombres, sí, cubren el suelo,
apretados como la mies cuando la tumba la guadaña del regador; pero hombres
inmóviles, yertos, crispados, en posiciones violentas; y en sus rostros
lívidos vueltos hacia el cielo resplandeciente de dulce claridad estelar, en
sus ojos abiertos y sin mirada, una expresión de rabia o de espanto persiste,
a despecho de la muerte... Porque son cadáveres los que cubren la llanura, y
la llanura es un campo de batalla.
Jesús, pensativo, los contempla breves instantes. En los pechos abiertos,
las heridas bermejas parecen bocas; en las frentes destrozadas, los negros
coágulos de sangre mariposas fúnebres de esa horrible especie llamada Atropos,
que lleva sobre el corselete la figura de una calavera. Algunos de los hombres
que yacen en la llanura respiran todavía: prestando oído se percibe su ronco
estertor agónico. Una mujer anciana, deshecha en llanto, amparando con la mano
trémula lucecilla, cruza inclinándose para ver los rostros: busca tal vez a su
hijo entre los muertos. Un caballo sin jinete pasa, olfateando la carnicería y
huyendo enloquecido...
Y Jesús sigue, se aleja.
Entra en una ciudad populosa. Por las calles circula gente alborozada,
gozando la deliciosa templanza en una noche tan apacible como las
primaverales. Voces vinosas entonan cantos desafinados; las guitarras
acompañan con su rasgueo procaz coplas equívocas; las panderetas repican
incesantemente, y discordes sonidos de rabeles, zambombas, chicharras,
carracas de metal, se enzarzan en el aire cual brujas volando al sábado. La
multitud, desparramándose por las calles, se arremolina ante los cafés
atestados, sofocantes de calor; a veces, un grupo se cuela por la puerta de
alguna hedionda tabernucha, de donde salen pateos, algazara, blasfemias y vaho
de aguardiente.
Ante una de estas innobles guaridas se para el Nazareno. Ve allá en el
fondo un grupo alrededor de una mesa: dos hombres y una mujer. Ella da cuerda
a entrambos; los provoca, los enreda; ellos beben copa tras copa, y disputan.
El uno arroja un vaso a la cara del otro; el vaso se hace pedazos, el hombre
se incorpora chorreando heces de vino mezclado con sangre. Los demás bebedores
intervienen, amontonan al sano, aplacan al herido, le enjugan la faz, bromean,
obligan a los adversarios a reconciliarse, les incitan a que se abracen
riendo; el sano tiende los brazos con cordialidad y sin recelo alguno; el
herido desliza en el bolsillo la mano abierta; corta el aire el relámpago de
una navaja y cae un hombre con el pulmón partido.
Jesús se desvía, sigue andando, y ve un portal grandioso, iluminado,
sostenido en columnas de rojo mármol con capiteles de bronce. Sube la
escalera, que revisten densas alfombras y decoran nobles tapices de batallas y
cacerías, y penetra en una antecámara de vastas proporciones, donde hacen la
guardia criados de calzón corto y armaduras ecuestres auténticas. La
antecámara da acceso a un saloncito sin muebles, alumbrado por centenares de
globos eléctricos, y en el fondo del saloncito, bajo celajes de tul fino
batidos como espuma, aparece un encantador Belén, un Nacimiento para niños
millonarios, obra de arte más que de ingenua devoción. Al través de los campos
y de los oteros imitados con musgo y piedra pómez, salpicados de palmeritas
enanas, y de sicomoros gentiles y diminutos, se deslizan murmurando riachuelos
naturales, que sin duda algún ingenioso mecanismo hidráulico hace correr. De
los montes de piedra pómez, en cuyas cimas reluciente polvo blanco remeda la
nieve, desciende el torrente Cedrón, y del césped verdadero de los jardines se
lanzan y se pulverizan en el aire enhiestos surtidores. Un lago en miniatura
refleja en su cristalino seno las torres de Jerusalén, el circuito de sus
murallas, las cúpulas del templo y los apretados olivos del huerto de
Getsemaní, que trepan por la ladera. Los mil pintorescos detalles de los
nacimientos no faltan en éste, sólo que las figuras, perfectamente modeladas,
son muñecos primorosos, y desde el grupo de pastores que se arrodilla como en
éxtasis, hasta los Reyes Magos que, caballeros en sus dromedarios, asoman por
una garganta salvaje, todo revela la mano del hábil escultor. El prodigio es
la gruta; hecha de cristales de roca menudísimos y cristalizaciones de
amatista, se irisa con múltiples cambiantes al herirlas la luz del foco
eléctrico en forma de estrella, que, suspendido de un hilo de perlas, oscila a
gran altura. Y en la gruta deslumbradora, entre un asno y un buey de plata
cincelada, la Virgen, de oro, vela al Niño, de oro y esmalte también, con la
cabecita de madreperla. Para ostentar dignamente aquel grupo, joya de la
orfebrería florentina del Renacimiento, tal vez de Benvenuto Cellini aquellas
efigies en que la riqueza de la materia compite con lo inestimable de la
ejecución, se ha armado, sin género de duda, el Belén suntuoso, y han corrido
los torrentes y las cascaditas bajo las palmeras y los olivos.
Lo extraño era que no hubiese nadie, nadie absolutamente, en el salón;
nadie para admirar tal maravilla, nadie para acompañar al Niño Jesús de oro y
piedras, a fin de que no helase en su gruta de cristalizaciones, entre los
reflejos violáceos de amatista y los destellos multicolores de la diáfana
roca... Y sin embargo, el palacio no debía de estar desierto, sino al
contrario, lleno de gente: se notaba en la atmósfera esa vibración, esos
efluvios tibios que solo produce el aliento de muchos hombres y mujeres
reunidos para una fiesta. Del fondo de una galería llegaba a veces prolongado
murmullo, las rotas cadencias de una música alada y sensual, el gorjeo de las
risas. Jesús adelantó y se encontró en la galería, bello jardín de invierno,
decorado por gigantescas plantas y árboles de remotos climas, gomeros y
lantanas de enormes hojas, ciccas y pandanos de complicada estructura
semejantes a pagodas y obeliscos de porcelana verde. Esparcidas por el jardín
se veían las mesas donde cenaban alegres grupos, mujeres engalanadas,
acribilladas de pedrería, hombres que ostentaban sobre la solapa de raso de su
frac grana gardenias ya mustias por el calor. La orquesta de cuerda, oculta en
un quiosco árabe que revestían floridas enredaderas, acompañaba suavemente el
rumor de las conversaciones y de las carcajadas melodiosas, el ticliteo de las
transparentes copas que el champaña orlaba de espuma, y el levísimo choque de
los platos, que la destreza de los criados amortiguaba lo posible. Era una
lujosa cena de Navidad. Jesús retrocedió, volvió al salón del Nacimiento,
donde se vio otra vez en el establo, niño y solo. El roce de unos pasos sobre
el pavimento de incrustaciones de madera se dejó oír, y una mujer, una
jovencilla, de ojos azules, de blanco traje apenas escotado, penetró en el
saloncito, fue derecha al Belén, y envió una tierna sonrisa al Niño, que
contempló despacio con amor. Después, como el que tiene que ocultar una
escapatoria, volvió precipitadamente a la galería, donde tal vez la echasen de
menos. Era la hija del dueño de la casa. El Niño de oro ya no sentía tanto
frío, y Jesús, extendió la mano, bendijo a la doncellita, la única que se
acordaba del Misterio...
Salió del palacio sin volver atrás la vista, y alejóse del pueblo, de la
gran ciudad corrompida y fangosa, como se había alejado del siniestro y
sangriento campo de batalla. Un cambio repentino en la atmósfera presagiaba
temporal; nubarrones densos y oscuros como plomo corrían por el cielo; ráfagas
de cierzo glacial azotaban los árboles, y se oía el mugir pavoroso del mar
rompiéndose contra los escollos. Jesús se encontró en una aldea de pescadores,
mísero grupo de chozas, colgado a guisa de nido de gaviota en una escotadura
de la costa salvaje. A pesar de la hora, bastante avanzada para gente que
suele economizar luz, nadie duerme en la aldea.
Ábrense de golpe las puertas de las cabañas, y hombres y mujeres, provistos
de faroles encendidos y de largas pértigas, de bicheros, de cestos y de sacos,
se dirigen en tropel hacia la playa, despreciando el viento que les azota el
rostro y la lluvia que empieza a caer sacudida por las rachas furiosas del
huracán. Imponente aspecto el del Océano: olas gigantescas, con cresta de
espuma, se encrespan descubriendo abismos, y el sulfuroso zigzag de un
relámpago alumbra en el fondo de una sima a una embarcación que corre sin
rumbo. Los ribereños alzan las luces, las hacen brillar, y el barco, que en
ellas cree distinguir la salvación, el puerto amigo, maniobra hacia la costa,
y, precipitándose, va a chocar contra el bajío donde se clava despedazado.
Los náufragos, que a la luz de otro relámpago habían podido verse sobre el
puente, en actitud de terror y desesperación, se arrojan al agua, asidos a
tablas, cogidos a cuerdas, montados sobre barriles; y luchando con las
monstruosas olas, que los sacuden y zapatean contra el peñascal, nadan
desesperadamente para alcanzar la playa, en que brillan y corren las luces, en
que ven agitarse seres humanos. Y entonces se verifica algo espantoso: los que
en la playa esperan a los náufragos, al verlos llegar moribundos, con las
pértigas, con los bicheros, con remos, con palos, con cuchillos, los rechazan
hacia el agua otra vez; pero antes los despojan de la cintura de cuero en que
salvaban oro y papeles de la cartera que se ataron bajo el sobaco al
comprender el peligro, de la ropa, de cuanto poseen; y por si las olas
tardasen en hacer su oficio, aturden a los infelices de un golpe en la cabeza,
y así los arrojan al piélago, inertes ya. Y danzando de júbilo, gruñendo como
canes por el reparto del botín, esperan la madrugada al pie de los escollos,
para recoger los despojos del buque que el mar escupiría bien pronto,
aprovecharse de la feliz albana y celebrar después con grosero y copioso
banquete el día de la Natividad del Señor...
El Redentor ha huido de la playa, sus ojos están nublados, su alma triste
hasta la muerte, según estaba cuando sudó sangre en Getsemaní. Y su corazón,
abrasado de caridad como nunca, insaciable en amar a los hombres, siente las
espinas de la corona que se le clavan, agudas e invisibles. ¡Para esta raza
había nacido en el establo y había muerto en la cruz!
Entrando en una de las cabañas que los pescadores dejaron desiertas al
salir a su horrible pesca de náufragos, divisa, en un rincón cerca del fuego,
un niño arrodillado. Al verse tan solo, el rapaz ha tenido miedo, se ha
acercado al hogar buscando abrigo, y reza buscando amparo y protección. Jesús
le coge en brazos, le besa, le acuesta, le pone la mano en los ojos y le deja
tranquilamente dormido, soñando con los ángeles. Y al ascender otra vez al
cielo, se lleva Jesús en el hueco de la mano cuatro perlas: las lágrimas de
una madre que buscaba a su hijo en el campo de batalla; el orar de un hombre
que pide le sea perdonado un agravio; la sonrisa de una doncella, y la oración
de un inocente.
«La Ilustración Artística», núm. 782, 1896.
El Belén
De vuelta a su casa, ya anochecido, don Julio Revenga -sentado en el
tranvía del barrio de Salamanca, metidas las manos en los bolsillos del abrigo
gabán con cuello y maniquetas de pieles- rumiaba pensamientos ingratos. Su
situación era comprometida y grave, doblemente grave para un hombre leal y
franco por naturaleza, y obligado por las circunstancias a engañar y a mentir.
¡Qué cara pagaba una hora de extravío! La tranquilidad de su conciencia, la
paz de su casa, la seriedad de su conducta, todo al agua por algunos instantes
en que no supo precaverse de una tentación.
Mientras el cobrador iba cantando las estaciones del trayecto y el coche
despoblándose, Revenga daba vueltas a la historia de su yerro. ¿Cómo había
sido? ¿Cómo había podido suceder? Como suceden esas cosas: tontamente. Si no
es la quiebra de su amigo y paisano Costavilla, no tendría ocasión de ponerse
en frecuente contacto con la hermana, aquella Anita Dolores -mujer ya espigada
en los treinta años, y más desenvuelta que candorosa.
-Ante la desgracia de la quiebra, Costavilla perdió la energía y la
esperanza; pero Anita Dolores, en cambio, se reveló llena de aptitudes
comerciales, dispuesta, activa, resuelta a salvar la casa de cualquier modo.
Para sus gestiones se asesoraba con Revenga, le pedía auxilio, préstamos,
celebraban conferencias que duraban horas. Al manejar los papeles, al calcular
probabilidades de liquidación, establecíase entre los dos una intimidad
chancera, que se convertía de repente, por parte de Anita, en afición
inequívoca. Al sospechar Revenga lo que iba a sobrevenir, ya estaba interesado
su amor propio, encendida su imaginación. Sin embargo, la fiebre duró poco: el
esposo leal, el hombre honrado e íntegro, se dio cuenta de que era preciso
cortar de raíz lo que no tenía finalidad ni excusa. Sacrificó de buen grado
algunos miles de duros para sacar a flote a Costavilla, y se apartó de Anita
Dolores con propósito de no verla más.
No contaba con las fatalidades de la Naturaleza. Ocultamente, en apartado
rincón de provincia, Anita Dolores dio al mundo una criatura. Fue el castigo
providencial, no sólo para ella, sino para Revenga, que no había tenido prole
de su matrimonio, ni esperanzas. Y al rodar del tranvía, que apresuraba su
marcha, el vacilar de la luz de la linterna que se proyectaba sobre los
vidrios nublados por el cielo del aire exterior, Revenga quería dominar una
tristeza inconsolable, una amargura que le inundaba como ola de hiel. Nunca
vería a su niña; nunca la estrecharía, nunca la tendría sobre las rodillas ni
la besaría riendo... Anita Dolores, vengativa y tenaz, la había escondido, la
había hecho desaparecer. ¿Desaparecer?... ¡A cuántas conjeturas se presta este
verbo!
¿Qué era de la niña?... A aquella hora, cuando Revenga penetraba en su
morada lujosa, en su comedor que la electricidad alumbraba espléndidamente y
la leña de encina calentaba, intensa y crujidora; cuando la intimidad del
hogar le sonriese, y las golosinas de Nochebuena lisonjeasen su apetito,
¿dónde estaría la abandonada? ¿En qué casucha de aldeanos, en qué glacial
dormitorio del Hospicio? ¿Vivía siquiera? ¿Valía más que viviese?
Estremeciéndose de frío moral, Revenga subió el cuello del gabán y caló el
sombrero. Desolación inmensa caía sobre su alma. Precisamente acababa de saber
en casa de unos amigos de Costavilla, donde solía preguntar disimuladamente
por Anita Dolores, noticias alarmantes. ¡Anita Dolores se casaba! El nuevo
socio de Costavilla, mozo emprendedor y dispuesto, era el novio. No
mortificaban los celos a Revenga; no le quitaban el sueño memorias de lo
pasado... Pensaba en la suerte de su niña, y aquella boda oscurecía más aún el
misterio de su destino. ¡Ah! ¡Pues si creían que iba a quedarse así, con los
brazos cruzados y mucha flema británica! ¡Desde el día siguiente -desde
temprano-, que Anita Dolores se preparase! ¡Allí iría, a reclamar la
chiquilla, a escandalizar si era preciso! El escándalo repugnaba a su
carácter; el escándalo podía herir de muerte a Isabela, su mujer, enterándola
de lo que debía ignorar siempre... No importa, escandalizaría, ¡voto a sanes!
Cantaría claro; desbarataría la boda; pondría en movimiento a la Policía, si
era preciso...; pero le darían su pequeña, y la entregaría a personas que la
cuidasen bien, y la educaría y haría que de nada careciese..., y, sobre todo,
la vería, la besuquearía, le llevaría juguetes en la Navidad próxima... Con
firme determinación cerró los puños y apretó los dientes. ¡Amanece, día de
mañana!
Entre tanto, Isabel, la esposa de Revenga, acababa de adornarse en su
tocador. La doncella abrochaba la falda de seda rameada azul oscuro, y prendía
con alfileres la pañoleta de encaje, sujeta al pecho por una cruz de
brillantes y zafiros -el último obsequio de Revenga, traído de París-. Con
inocente coquetería se alisaba el pelo ondulado y se miraba en el espejo de
tres lunas, cerciorándose de que las señales de las lágrimas se habían borrado
del todo, después del lavatorio con colonia y el ligero barniz de velutina.
¡El llanto no tenía para qué notarse!
Ya vestida y engalanada, pasó a un cuartito contiguo a la alcoba, donde
solía guardar baúles, pero que ahora presentaba aspecto bien distinto del de
costumbre. Tapizaban las paredes ricas colchas y cortinas de raso y damasco;
corría por el techo un cordón de focos eléctricos, y cubría el piso blando
tapiz. En el testero, como a una vara de altura, se levantaba un tabladillo, y
sobre él un Nacimiento, el Belén clásico español, con su musgo en las
praderías, sus pedazos de vidrio y de hojalata imitando lagos y riachuelos,
sus selvas de rama de romero, sus torres puntiagudas de cartón, sus
pastorcicos de barro, sus dromedarios amarillos y sus Magos con manto de
bermellón, muy parecidos a reyes de baraja. Dos diminutos surtidores caían con
rumor argentino, bañando las plantas enanas en que se emboscaba el Portal.
Isabel se detuvo a contemplar los hilitos del agua, a escuchar el musical
ritmo, y recordó sus propias lágrimas, y sintió nuevamente preñados de ellas
los ojos y rebosante el corazón... La injusticia, la maldad, la mentira,
lastimaban a Isabel más aún que la ofensa. ¿Por qué la engañaban, a ella que
era incapaz de engañar, enemiga de la falsedad y el embuste? ¿Cabía salir de
casa despidiéndose con una sonrisa y una caricia para ir a pasar horas en
compañía de otra mujer?
Los surtidores goteaban, gimiendo bajito, e Isabel también gimió; el son
del agua que cae se adapta a la alegría lo mismo que a la pena; para unos es
concierto divino, para otros, queja desgarradora.
Quejábase el alma de Isabel, pidiendo cuentas, exponiendo agravios,
alegando derecho y razón. ¿No había ella cumplido sus promesas, lo jurado al
pie de aquel altar, pedestal y morada de su Dios? ¿No había sido siempre fiel,
dulce, enamorada, dócil, casta, buena, en fin? ¿Por qué su compañero, su socio
en la familia, rompía secretamente el pacto?
La mirada de la esposa de Revenga se fijó, nublada y húmeda, en el Belén, y
la luz de la estrellita, colgada sobre el humilde Portal, la atrajo hacia el
grupo que formaban el Niño y su Madre. Isabel lo contempló despacio, y un
cuchillo aguado de dolor se le hundió en el pecho.
«No pidas cuentas... -parecía decir la voz del grupo-. No te quejes... Tú
no has dado a tu esposo sino la mitad del hogar; tú no le has dado el Niño...»
La esposa permaneció un cuarto de hora sin ver el Nacimiento, viendo sólo,
en las tinieblas interiores de sus penas, lo que cada cual, durante ciertos
supremos instantes que deciden el porvenir, ve con cruel lucidez: lo fallido
de su existencia, el resquicio por donde la desgracia hubo de entrar
fatalmente... Suspiró muy hondo, como para echar fuera toda la pesadumbre, y
poco a poco se apaciguó; su condición era resignarse, aceptar lo dulce,
rechazando mansa y tenazmente lo amargo.
«El Niño Dios me está diciendo que hice bien, muy bien...»
La sonrisa volvió a sus labios, aunque sus ojos estaban anegados en un
llanto que no corría. En aquel mismo instante se oyeron pisadas fuertes en el
pasillo, y apareció Julio Revenga.
-¿Qué es esto? -preguntó con festiva extrañeza a su mujer-. ¿Has hecho un
Nacimiento para divertirte?
-Para divertirme yo, no -respondió expresivamente Isabel, ya serena del
todo-. Tengo los huesos durillos para divertirme con Belenes... Es... ¡para
divertir a una criatura...!
-¡A una criatura! -repitió maquinalmente el esposo-. ¡No será nuestra esa
criatura! -añadió de un modo irreflexivo, que tal vez respondía a sus íntimas
preocupaciones.
-¡Qué sabes tú! -murmuró Isabel con calma.
Debió de palidecer Revenga. Bajó la cabeza, desvió el rostro. Tales
palabras despertaban eco extraño en su espíritu. ¡Cómo había pronunciado
Isabel la sencilla frase!
-No entiendo... -tartamudeó el infiel, con raros presentimientos y
peregrinas sospechas.
-Ahora entenderás... ¿No tienes hijos, Julio? -interrogó ella derramando
dulzura y compasión, y, por extraña mezcla, despecho involuntario.
Él no contestó. Medio arrodillado, medio doblegado, cayó sobre la banqueta
de terciopelo frente al Belén. El mundo se le venía encima: ¡lo que adivinaba
era tan grande, tan increíble! Quería pedir perdón, disculparse, explicar...,
pero la garganta se resistía. Isabel, llegándose a su marido, le echó al
cuello los brazos, sofocada su indignación, pero magnífica de generosidad.
-No se hable más del caso... Tranquilízate... Así como así, estábamos muy
solos, muy aburridos a veces en esta casa tan grandona. Yo tenía muchas,
muchas ganas de un chiquillo, ¿sabes? No te lo decía por no afligirte. Hace
catorce años que nos hemos casado, de manera que ya las esperanzas... ¡Qué se
le ha de hacer! No es uno quien dispone estas cosas... Vamos, no te pongas
así, Julio, hijo mío... Alégrate. ¡Hoy nos ha nacido una pequeña!...
Revenga, en silencio, besó las manos, besó a bulto la cara y el traje de su
mujer. Temblaba, más de vergüenza y de remordimiento -es justo decirlo- que de
gozo. Sus labios se abrieron por fin, y fue para repetir desatentadamente:
-¿Cómo has sabido...? Mira, yo no veo a esa mujer..., te juro que no, que
no la veo... Te juro que no me importa, que la detesto, que...
-Estoy bien informada -contestó Isabel un tanto desdeñosa, apacible-. Me
consta que no la ves ni la oyes. Su venganza, su desquite por tu abandono, fue
enterarme de «todo»... y, por fin de fiesta, enviarme la niña... Y ya que me
la envía..., ¡caramba!, no la he soltado, ¿sabes? Está en mi poder... La
reconoceremos, arreglaremos lo legal. Que no le quede a «ésa» ningún
derecho...
Al aflojarse el nuevo abrazo de los esposos Revenga imploró:
-¡Tráemela!... No la conozco todavía...
«La Ilustración Artística», núm. 886, 1898.
La Nochebuena del Papa
Bajo el manto de estrellas de una noche espléndida y glacial, Roma se
extiende mostrando a trechos la mancha de sombra de sus misteriosos jardines
de cipreses y laureles seculares que tantas cosas han visto, y, en islotes más
amplios, la clara blancura de sus monumentos, envolviendo como un sudario, el
cadáver de la Historia.
Gente alegre y bulliciosa discurre por la calle. Pocos coches. A pie van
los ricos, mezclados con los «contadinos», labriegos de la campiña que han
acudido a la magna ciudad trayendo cestas de mercancía o de regalos. Sus
trapos pintorescos y de vivo color les distinguen de los burgueses; sus
exclamaciones sonoras resuenan en el ambiente claro y frío como cristal.
Hormiguean, se empujan, corren: aunque no regresen a sus casas hasta el
amanecer -que es cosa segura-, quieren presenciar, en la Basílica de Trinità
dei Monti, la plegaria del Papa ante la cuna de Gesù Bambino.
-Sí; el Papa en persona -no como hoy su estatua, sino él mismo, en carne y
hueso, porque todavía Roma le pertenece- es quien, en presencia de una
multitud que palpita de entusiasmo, va a arrodillarse allí, delante la cuna
donde, sobre mullida paja, descansa y sonríe el Niño. Es la noche del 24 de
diciembre: ya la grave campana de Santángelo se prepara a herir doce voces el
aire y la carroza pontifical, sin escolta, sin aparato, se detiene al pie de
la escalinata de Trinità.
El Papa desciende, ayudado por sus camareros, apoyando con calma el pie en
el estribo. Con tal arte se ha preparado la ceremonia, que al sentar la planta
Pío IX en el primer escalón, vibra, lenta y solemne, la primera campanada de
la medianoche, en cada campanario, en cada reloj de Roma. El clamoreo
dramático de la hora sube al cielo imponente como un hosanna y envuelve en sus
magníficas tembladoras ondas de sonido al Pontífice, que poco a poco asciende
por la escalinata, bendiciendo, entre la muchedumbre que se prosterna y
murmura jaculatorias de adoración. A la luz de las estrellas y a la mucho más
viva de los millares de cirios de la Basílica iluminada de alto abajo, hecha
un ascua de fuego, adornada como para una fiesta y con las puertas abiertas de
par en par, por donde se desliza, apretándose, el gentío ansioso por
contemplar al Pontífice, se ve, destacándose de la roja muceta orlada de
armiño que flota sobre la nívea túnica, la cabeza hermosísima del Papa, el
puro diseño de medalla de sus facciones, la forma artística de su blanco pelo,
dispuesto como el de los bustos de rancio mármol que pueblan el Museo degli
Anticchi.
Entra, por fin, en la Basílica; cruza las naves, desciende la escalera
dorada que conduce a la cripta, y mientras a sus espaldas la guardia brega
para reprimir el empuje del torrente humano que pugna por arrimarse a la
balaustrada, en el recinto descubierto, más bajo que la multitud, el Papa
queda solo. Artista por instinto, con el andar rítmico de las grandes
solemnidades, con un sentimiento de la actitud que sólo él posee en grado tal,
Pío IX se acerca a la cuna, junta las manos de marfil, eleva al cielo un
instante los ojos, como si se invocase la presencia de Dios; se arrodilla, se
abisma y los paños de su cándida vestidura se esparcen esculturales y clásicos
cual los plegados de alabastro de un ropaje de Canova.
El Niño, el Bambino, duerme desnudito, color de rosa, reclinado en su rubio
colchón de sedeña paja. En toda la Basílica no se escucha más ruido que el
chisporroteo suave de los cirios y el murmullo de la oración que el Papa
empieza a elevar. A las primeras palabras anímase el Niño con vida fantástica:
la carne se hace carne. Sus ojos se entreabren, sus puñitos se tienden hacia
el Papa como si se tendieran hacia un abuelo cariñoso, haciendo fiestas.
Incorporado y sentado en la paja, llama al Pontífice, que sigue orando, pero
que cree percibir en sus rodillas la sensación de que ya no reposan en los
cojines de terciopelo carmesí; en sus codos, algo que los sube y aparta del
esculpido reclinatorio. Ligero y como fluido, su cuerpo no le pesa; flota
apaciblemente en una atmósfera de oro y luz, hecha de las partículas de los
cirios, que se derraman ardientes y centelleantes. La cuna ha desaparecido, el
Niño está en pie, alto, crecido ya, convertido en adolescente; y en vez de la
gracia infantil, en su cara se lee la meditación, se descubre la sombra del
pensamiento. Alrededor del Jesús de quince años van juntándose las paredes de
la cripta, que parece trasudarlos, docenas de chiquillos, otros bambinos, pero
feos, encanijados, sucios, envueltos en andrajos o desnudos mostrando la
enteca anatomía. Docenas primero; cientos después; luego millares, millones,
un hervidero tan incontable, un ejército tan infinito, que estallan las
paredes de la cripta, las de la Basílica, las de Roma, las de todo cuanto
pretendiese contener la expansión de la horda de miserables. Extiéndese por
una llanura sin límites, y su bullir de gusanera rodea al Gesù, que ha ido
insensiblemente transformándose en hombre hecho y derecho: ya tiene barba
ahorquillada y rizoso cabello castaño; ya su rostro ha adquirido la gravedad
viril. Y siguen acudiendo desharrapados y con las carnes al aire, lisiados,
enfermos, famélicos, tristes, venidos de todos los confines de la Tierra.
Lloran de hambre, tiemblan de frío, gimen de abandono, enseñan sus lacras, se
cogen a la vestidura inconsútil de Cristo, se quieren abrigar bajo sus pies,
reclinarse en su seno, agarrarse a sus manos pálidas y luminosas. Huelen mal,
y su punzante vaho de miseria envuelve y sofoca al Papa, siempre en oración.
La figura de Cristo se oculta un instante; densas tinieblas suben de la
tierra y caen del firmamento, reuniendo sus crespones. El Pontífice siente
miedo: la oscuridad le ciega, y entre aquella oscuridad vibran maldiciones y
palpitan sollozos. Un relámpago brilla; erguida en una colina aparece la Cruz,
sobre la cual blanquea el desnudo cuerpo del Mártir, estriado de verdugones
por los azotes y veteado de negra sangre. Los labios cárdenos se agitan; el
Papa interrumpe la plegaria, se confunde, se deshace en adoración, quiere
salir de sí mismo para mejor escuchar y beber la palabra divina; y el
Crucificado -señalando con mirada ya turbia hacia el océano de criaturas que
bullen allá abajo, escuálidas, transidas, gimientes, dolorosas, maltratadas,
ofendidas, en el abandono- dice el Papa, en voz que resuena urbi et orbi:
-Por ellos.
La tentación de sor María
Siguiendo costumbre tradicional del convento, las monjitas de la Santísima
Sangre preparan, adornan y ofrecen a la adoración de los fieles, en el altar
mayor, a la hora en que se celebra la misa del Gallo, el Misterio del pesebre
y gruta de Belén, donde puede admirarse la efigie del Niño Dios, obra
maravillosa de un escultor anónimo.
Más que inerte imagen de madera, criatura viva parece el Niño de las
monjas. La encantadora desnudez de su torso presenta el modelado blanco y
sólido de la carne. Mollas regordetas en cuello, piernas y brazos; hoyuelos de
rosa en carrillos, codos y rodillas, picardía angelical en la expresión de los
ojos y en la cándida risa, naturalidad sorprendente en la actitud, que se
diría de tender las manos al pecho maternal..., así es el Niño, y por eso las
monjitas, cada vez que le visten y enfajan, cada vez que le reclinan en la
paja y el heno aromático de la humilde cuna, exclaman, enternecidas y
embelesadas:
-¡Ay mi divino Señor! ¡Pero si es un pequeñito de veras!
Turnan rigurosamente las monjitas en el oficio y honor de camareras del
Jesusín, y aquel año correspondió la suerte a sor María, monja profesa, la más
joven y linda de todas. Sor María ha dejado el mundo, no como suelen dejarlo
otras religiosas, por contrariados o infelices amores, por sufrimientos,
desengaños o escaseces de fortuna, sino en la flor de sus veinte abriles, con
el espíritu tan virgen como el cuerpo y el cuerpo tan hermoso como el porvenir
que, sin duda, la esperaba al lado de unos padres amantes y opulentos, y en un
mundo donde todo la halagaba y sonreía. Por su serena frente no ha cruzado ni
una nube; no ha rozado su sien ni un aliento de hombre, y su corazón no ha
palpitado sino para Dios. Su mística vocación fue tan firme, que resistió a la
oposición decidida y enérgica de una familia que no se avenía a ver sepultarse
en el claustro tanta hermosura y juventud. Pero sor María demostró tal júbilo
al tomar el velo, que ya sus mismos padres la envidiaban, creyéndola llegada
al puerto de la paz.
Sintió un gozo inexplicable sor María al ser encargada de la gran faena de
vestir al Niño para depositarle en el pesebre. Jugar con aquel sagrado muñeco
había sido el sueño de la joven monja en los cinco años que de profesa
contaba. «¡Cuando me toque a mí el Niño, verán que precioso le pongo!», solía
decir a menudo. Era llegado el instante: el Niño le pertenecía por algunas
horas, y ya sus manos temblaban de emoción ante la idea de poseer la efigie
del Nene celestial.
¡Con qué esmero planchó sor María los pañales por ella misma bordados y
calados! ¡Con qué diligencia recogió en el jardín rosas tardías y frescas
violetas oscuras, a fin de esparcirlas sobre la camita de paja del Niño! ¡Con
qué respeto tocó la escultura, con qué reverencia la desnudó, con qué avidez
miró sus formas inocentes y con qué ímpetu repentino de las entrañas se
inclinó para besarla, mordiéndole casi en las mejillas, en los hombros, en el
redondo vientrezuelo!
Algunas monjas, de las más ilustradas y benévolas, estuvieron conformes en
que nunca había salido tan mono y tan bien adornado el Jesusín; pero las
viejas gangosas, ñoñas y esclavas de la rutina, murmuraron que le faltaban
dijes de abalorio y talco y cintas de colores. Y cuando sor María se recogió a
su celda y se arrodilló para rezar antes de extenderse en la pobre tarima,
donde sin regalo, casi sin abrigo, dormía el sueño de los ángeles, sintióse de
repente profundamente triste, y le pareció que delante de ella se abría un
abismo negro, muy hondo, y que le entraban ganas vehementes de morir. No
penséis mal, ¡oh escépticos!, de sor María. ¡No la creáis una monja liviana!
No era el amor profano y su deleitosa copa lo que el tentador hacía girar
ante sus ojos preñados de lágrimas de fuego. Tened por seguro que la pureza de
sor María llegaba al extremo de ignorar si renunciando al amor sacrificaba
venturas. En el amor sólo sospechaba fealdades, desencantos, humillaciones y
groserías indignas de un alma escogida y bien puesta. Lo que en aquel momento
hacía sollozar a la monja era el instinto maternal, despertado con fuerza
irresistible a la vista y al contacto del monísimo Jesusín...
Y mal de su grado, ofuscada por la insidiosa tentación (sólo el Maldito
pudo infundirle tan trasnochados y extemporáneos pensamientos), sor María no
estaba a dos dedos de renegar de los votos y de las tocas y de los deberes que
al convento la sujetaban. Nunca estrecharía contra su infecundo seno una
tierna cabecita de rizada melena; nunca besaría una frente pura y celestial;
nunca unos brazos mórbidos ceñirían su garganta. La única criatura que le
había sido dado en brazos y a la cual pudo prodigar ternezas era un chiquillo
de palo, duro, frío, que ni respondía a las caricias ni balbucía entrecortado
el nombre de madre. Y sor María, cada vez más hondamente desesperada,
acordábase, en aquella hora fatal, de su propio hogar que había abandonado, y
pensaba en el delirio con que su padre amaría a un nietezuelo, y lloraba con
llanto más amargo, con lágrimas sangrientas, como lloraría una virgen de
Israel condenada a muerte, la esterilidad de su seno y la soledad eterna de su
corazón, sentenciado a no probar nunca el más intenso y completo de los
cariños femeniles...
Mas he aquí que al hallarse sor María fuera ya de sentido y a punto de
rebelarse impíamente contra su destino y de romper su juramento de fidelidad
al Divino Esposo, cuentan las crónicas (no sé si protestaréis los que lleváis
sobre las pupilas la membrana del topo, la incredulidad) que la celda se
iluminó con luz blanca y suave, y que de súbito el Niño del Misterio, no
rígido e inmóvil en su invariable actitud, sino animado, hecho carne,
sonriendo, gorjeando, acariciando, salió de una nube ligera y se vino
apresuradamente a los brazos de la monja.
«Soy yo, tu Jesusín, el que nació hoy a las doce», parecía balbucir la
criatura, halagando blandamente a sor María. Y como ésta pagase con besos los
halagos, el chiquillo rompió a llorar tiernamente, y la monja, olvidando sus
propias lágrimas y su reciente desconsuelo, comenzó a bailar para
entretenerle, a arrullarle, a cantarle, a contarle cuentos, y, al fin, le
arropó en su cama, llegándole al calor de su propio cuerpo y recostándole
sobre su pecho tibio, que henchían activas corrientes de vitalidad y de amor.
Y allí se pasó la noche el pobre nene, hasta que la blanca aurora, que disipa
las sombras y ahuyenta las tentaciones, lanzó sus primeras claridades al
través de la reja, y la campana llamó al templo a las monjas, que se pasmaron
del resplandor extático que brillaba en el hermoso semblante de sor María...
Desde entonces sor María hace prodigios de austeridad, mortificación y
penitencia. Sus rodillas están ensangrentadas, sus costados los desuella el
cilicio, sus mejillas las empalidece el ayuno, su boca la contrae el silencio.
Pero todos los años, después de la misa del Gallo y el Misterio del pesebre,
se repite la visita del Niño a la celda melancólica y solitaria, y por espacio
de unas cuantas horas sor María se cree madre.
«El Liberal», 25 de diciembre de 1894.
La Navidad de «Peludo»
Catorce años de no interrumpida laboriosidad podía apuntar el Peludo en su
hoja de servicios; catorce años en que no hubo día sin ración de palos y sin
hambre. ¡El hambre especialmente! ¡Qué martirio!
Sacar fuerzas de flaqueza para el cochinero trote, obligado por los
pinchazos del recio aguijón; aguantar picadas de tábanos y de moscas
borriqueras, enconadas, feroces con el sol y el polvo, en las llagas de la
reciente matadura; sufrir talonazos y ver cortar la vara de avellano o de
taray que, silbadora y flexible, se ha de ceñir a su piel, averdugándola;
probar la dentellada de la espuela y el sofrenazo violento del bocado; recibir
puñadas en el suave hocico y en los ojos, en los dulces y grandes ojos cuya
mirada siempre expresa mansedumbre; doblegarse bajo la excesiva carga;
arrastrarse molido y pugnar por no caer al suelo antes de que se termine una
caminata tres veces más fatigosa de lo que cabe dentro de los límites del
vigor asnal; todo esto, con ser tanto, le parecía miseriuca al Peludo, en
cortejo de pasar rozando una pradera verde como la esperanza, mullida y
aterciopelada como tapiz de seda, y no poder hartar la panza vacía, redondear
los ijares metidos y chupados y la tripa hueca como tubería de órgano. Era tal
la impresión que causaba al Peludo la vista de la hierba apetitosa, rociada,
velluda, de los dorados pajares y de las mieses en sazón; tal la rabia que
sentía al oír el murmurio de la fuente cuando secaba sus fauces el anhelo del
trabajo y la polvareda pegajosa del camino real; tal la violencia de su
furioso apetito y el ímpetu de su colosal gazuza, que más de una vez, él, el
manso, el resignado, el trabajador, el obediente, «pensó» hacer una muy gorda
y sonada: soltar un rebuzno de guerra y arremeter a coces y a muerdos contra
su despiadado jinete, su espolique, su amo, su tirano... ¡Qué deleite arrojar
al suelo el lastre de sacos de harina, que pesan cual plomo, patearlos,
reventarlos; que la harina se esparciese por la carretera; meter en ella el
hocico, aventarla, hacerla volar en blanquísimas nubes! Y si era mucha el
ansia de comer, no menor la de revolcarse. ¡Revolcarse! ¡Cuánto tiempo, desde
su tierna infancia, su época de buchecillo retozón y candoroso, que no se
revolcaba, con las cuatro patas batiendo el aire y la gris barriga al sol, el
Peludo!
Cruzaban estas ráfagas de emancipación por la deprimida mollera del
esclavo, pero no adquirían consistencia; eran aleteos pasajeros que abatía al
punto la convicción de su eterna servidumbre y de que la había dispuesto la
suerte, el fatum que preside a la existencia del jumento. Sí, lo peor del caso
es que al Peludo la desgracia le había hecho fatalista; no esperaba nada de la
Providencia, ni se atrevía a creer que pudiese lucir para él jamás un instante
de relativa dicha. Hiciese lo que hiciese lo mismo tenía que ser... Hambre y
palos, palos y hambre... Arriba con la carga; avante por la senda, y nada de
protestas ni de quiméricos ensueños...
Razón llevaba el paciente Peludo en desconfiar de la suerte y en prometerse
mayores desventuras; su amo, en vez de mostrarle algún apego, una pizca de
consideración, a medida que el Peludo perdía fuerzas, agilidad y bríos, iba
tratándole con mayor dureza y encomendándole las tareas más rudas y bajas, los
transportes más reventadores y las jornadas a palo seco, en todo el rigor de
la frase. Por eso, la glacial y lluviosa noche del 24 de diciembre encontró al
cuitado Peludo sufriendo la intemperie con cachaza estoica, atado a una
argolla de hierro, a la puerta de la más conocida taberna del Pellejón, una de
las varias que salpicaban las orillas de la carretera de Marineda a Brigos.
Otras veces no faltaba para el Peludo en aquel templo báquico el abrigo de una
cuadra o de un estercolero, o siquiera de un cobertizo cerquita del pajar;
pero ésta era noche de bulla y parranda, de regodeo y jarros colmados de vino
y aguardiente, y cuando el Peludo, al trotecillo desmayado de sus provectas
patas, se acercó a la taberna, no quedaba sitio ni techo para él. De dos
puntillones, el amo le pegó a la pared, le amarró a la anilla, y allí se quedó
el jumento, sin más techo que un emparrado desnudo de follaje, cuyas ramas
goteaban hilos de agua llovediza, formando una charca bajo los cascos.
Veía el Peludo, al través de los vidrios de la ventana, la sala de la
taberna iluminada, alegre, llena de hombres que jugaban a los naipes,
disputaban, despachaban guisotes de bacalao y apuraban vasos de caña y tinto.
Mientras los racionales celebraban así la Navidad, el asno, transido y
empapado hasta los huesos, rendido de cansancio y desfallecido de necesidad,
no tenía ánimos ni para exhalar un suplicante y doloroso rebuzno pidiendo
sustento y calor. Una nube veló sus pupilas; sus corvas se doblaron. Iba a
caer sobre el fango líquido, cuando advirtió una claridad suave, muy diferente
de la que derramaban las pestíferas candilejas de la taberna, y divisó a su
lado, con profunda sorpresa a otro borrico: un asno plateado, de luciente
pelo, vivaracho, cordial. ¡Qué compañía tan grata! «¡Hi-ho!», flauteó
dulcemente el caduco y asendereado jumento. Púsose el recién venido a roer con
los dientes la cuerda que al Peludo sujetaba, y presto lo dejó libre. Echó a
andar el argentado borriquillo, y detrás de él, sin meterse en más
averiguaciones, el Peludo, ya regocijado y fuerte. A medida que adelantaban,
la noche se hacía transparente, estrellada, tibia; el camino, fácil, seco,
llano, lindo. A derecha e izquierda, prados de un tono de felpa verdegay,
esmaltados de violetas y ranúnculos, convidaban al Peludo a saciar su apetito;
arroyos cristalinos le brindaban con qué apagar su sed. Y el Peludo, entrando
a saco, descuidado, libre, se entregó a la hierba jugosa; desde lejos podía
oirse el ruido de molino que al mascar producía su vieja dentadura. Bebió a su
talante en los manantiales; atracóse de trébol y hierba mollar, y al paso que
devoraba, redondeábase su panza como globo que se infla, hasta que de súbito
estallaron las cinchas que sujetaban la albarda, y quedóse en pelota, feliz
como un rey. ¡Ahora sí que no se sentía fatalista el Peludo! Tan dichosa
aventura lo convertía en el mayor providencialista del universo. En lontananza
empezaba a despuntar la mañanica dorada y risueña; las violetas del prado
olían a gloria; todo incitaba a un revuelco deleitable, y, izas!, el Peludo se
dejó caer y se puso a nadar en aquel golfo de verdura, impregnándose de olores
floreales, recogiendo en su pelambrera hojas de manzanilla. El asno se sentía
victorioso, envuelto en luces de gloria. Y allá en los aires, lejos, alto,
voces misteriosas repetían la profética cláusula: «Nos ha nacido un niño, y se
llama Emmanuel...» El asno de plata, salvador del Peludo, le miraba entre
compasivo y amigable, y le rebuznaba bondadosamente: «¡Hi-ho! ¿No me conoces?
Soy el que calentó con su aliento a Jesús en el establo..., y el que llevó a
Egipto a María la Nazarena...»
A la puerta de la taberna, el amo del Peludo, al salir de madrugada con los
humos de la embriaguez muy densos aún, vio a su montura tendida en la charca,
los ojos vidriosos, las patas rígidas.
-Rompióse la cuerda -observó el tabernero-. No le dé patadas -agregó-, que
de poco sirve; tiene la oreja fría; está difunto.
Pero el amo, con la terquedad característica de los beodos, seguía
descargando puntapiés al animal, jurando, blasfemando y maldiciendo. Al fin,
convencido de lo inútil de sus esfuerzos, soltó una opaca risotada.
-Para lo que servía... -gruñó-. Ya ni podía conmigo...
«Blanco y Negro», núm. 399, 1898.
Jesusa
El matrimonio vio, al fin, cumplidos sus deseos: la niña vino al mundo un
24 de diciembre, circunstancia que pareció señal del favor divino; pusiéronle
en la pila el dulce nombre de Jesusa, y la rodearon de cuanto mimo pueden
ofrecer a su único retoño dos esposos ya maduros, muy ricos, y que sólo pedían
a la suerte una criatura a quien transmitir fortuna y nombre. La cuna fue
mullida con pétalos de rosa, y hasta el ambiente se hizo tibio y perfumado
para acariciar el tierno rostro de la recién nacida...
Todos hemos narrado alguna vez la triste historia de la niña pobre y
desamparada que, harapienta y arrecida, con el vértigo del hambre y la
angustia del abandono, vaga por las calles implorando caridad, hasta que cae
rendida y la nieve la envuelve en blanco sudario. El grito de la miseria, el
clamor del vientre vacío, es penetrante y humano..., pero también sufre el
rico, y sus dolores, inaccesibles al fácil consuelo que se reparte con un
puñado de monedas, no hallan alivio sino en la misericordia de Dios... El que
compare a la chiquilla sin pan ni hogar con la chiquilla envuelta en algodones
y harta de goces y juguetes, a la que jamás recibió un beso con la que agasaja
en su seno de una madre idólatra, se indignará contra la injusticia social y
apelará de ella a la justicia infalible.
Cruzad la calle, deslizad un socorro en la mano escuálida de la mendiga y
penetrad después en la morada de la familia de Jesusa. El contraste, al
pronto, os parecerá hasta sacrílego. Cualquier chirimbolo de los que decoran
el gabinete, cualquier fruslería de rubia concha y cincelada plata, de las mil
esparcidas sobre las mesillas del tocador, vale más de lo que costaría dar un
año entero pan, luz y abrigo a la infeliz que tirita allá fuera, en el ángulo
de la manzana, en pie contra una cancilla menos dura que algunos corazones.
Pasad el umbral de la alcoba tapizada de seda; acercaos a la camita
virginal, esmaltada de blanco y oro, y contemplad la cabeza que descansa sobre
la batista... Ved ese rostro transparente como alabastro, esos ojos de
violeta, tan infinitamente melancólicos. Si pudieseis alzar la sábana sin
ofender el pudor de la niña, que ha cumplido sus once años ya, se ofrecería a
vuestra vista algo sin nombre ni forma, uno de esos cuadros que sobrecogen,
una especie de insecto mísero: piernas como hilos retorcidos, manos que se
asemejan contraídas por la acción del fuego, doble gibosidad en el pecho y la
espalda, flacura de carnes secas y consumidas por el padecimiento. ¡Y si la
enfermedad se contentase con haberla desfigurado! Pero son tan incesantes sus
torturas, tan variadas, tan horribles, que hay horas negras en que el padre
susurra al oído de la madre, en voz opaca:
-¡No sería mejor despedir a tanto médico..., suprimir tanto remedio..., no
agobiarla..., dejarla que...!
Y la madre responde con acento en que tiemblan irrestañables lágrimas:
-No, no... Mientras hay vida...
En el martirizado cuerpo, la inteligencia vela, despierta desde muy
temprano. A los seis años, Jesusa decía de esas frases que cortan el alma. Las
tempranas intuiciones, las precocidades, si en el niño sano regocijan, en el
enfermo afligen con aflicción honda, como es hondo el abismo del humano dolor.
-Mamá, ¿soy yo mala? -gemía la inocente.
-No, eres muy buena, muy buena.
-Entonces, ¿por qué me castiga Dios?
-No es castigo... -sollozaba la madre-. Es que después, cuando te mejores,
has de disfrutar mucho... y es que ahora, si es verdad que estás malita,
también tienes más cosas bonitas que las otras niñas, más muñecas, más
juguetes, más flores, unas cajas preciosas...
Callaba la enferma un minuto, cerrando sus pupilas de marchita violeta, y
las abría luego para exclamar:
-Pues dales todo eso a los niños que no tienen... y ellos que me den no
estar enferma un día... ¡Mamá, siquiera un día!
Al correr del tiempo, al multiplicarse los fenómenos del extraño
padecimiento nervioso de Jesusa, arraigábase en su mente la idea de la
sustitución, y la creía posible, o segura, mejor dicho. ¿Por qué no la
complacían sus padres? ¿Había cosa más sencilla y natural? Que repartiesen a
los golfos y a los mendigos sus joyas y sus muñecos caros; que les enviasen a
cestos las golosinas; que les entregasen las sábanas de encaje y el edredón de
plumón de cisne..., que ellos a su vez, la socorriesen con unas migajas de
salud, de la riente salud que alegra el mundo, que calienta la sangre, que
resplandece como el sol y hermosea el vivir. ¡Levantarse de aquella cama,
andar, salir a la calle, respirar el aire libre, sin dolores, lista, ágil,
contenta!
A fuerza de hablar de la sustitución, Jesusa acabó por contagiar a su
padre. Los desgraciados tienen siempre los brazos abiertos para abrazar a la
quimera. La esperanza es ingeniosa y supersticiosa.
-Verás, nena mía... Voy a darte gusto, voy a socorrer a los niñitos
pobres... Así que les haga mucho bien, tú sanarás...
Y empezó su carrera de filántropo, descubriendo cada día, en la inagotable
mina de la miseria, nuevas vetas que explotar, y soñando, a cada hallazgo, que
allí podría estar la curación de su enferma. Subió a muchas buhardillas,
llevando la bolsa llena y el médico prevenido; recogió y trajo en brazos a las
altas horas de la noche, al golfo que dormía aterido y desfallecido de hambre
sobre un banco o al través de una puerta y se gozó en el golpe mágico del
despertar de la criatura ante una suculenta cena y con la perspectiva de un
mullido lecho; redimió de la abyección a niñas que aún no tenían conciencia
del pecado, y las llevó a establecimientos benéficos, donde las inculcasen el
trabajo y la honestidad; pagó nodrizas a desvalidos huérfanos; desató un río
de aceite de hígado de bacalao para los chiquitines escrofulosos, y en verano
envió a las orillas del mar a hijos de obreros devorados por la anemia... Mas
Jesusa, enterada de tan santas acciones, no cesaba de mover la cabeza
macilenta, de cerrar dolorosamente las lánguidas violetas de sus ojos. No era
bastante; no se contentaba Dios todavía con eso.
Mayor sacrificio pedía sin duda... Prueba de lo estéril del esfuerzo, era
que Jesusa empeoraba, que redoblaban sus sufrimientos, que la fiebre la
consumía, que su piel se pegaba a los huesos abrasada por el mal, y que en los
accesos, a cada paso más frecuentes, sentía, o como un ascua en sus entrañas,
o como un enorme témpano de hielo en su corazón, próximo a cesar de latir.
¿Iba a durar eternamente aquella infernal tortura? ¿No se apiadaría Dios? ¿No
la sanaría de repente del todo, dejándola alzarse, fuerte y gozosa, en el
ímpetu de la juventud, a disfrutar de la existencia, a reír, a correr, a
saltar como los pájaros felices?
Llegó la Nochebuena, el cumpleaños de Jesusa. En tal día, sus padres la
abrumaban a regalos, inventaban caprichos para darse el gusto de
satisfacerlos. Se armaba el «belén», renovado siempre, siempre más lujoso, de
más finas figuras, de más complicada topografía; pero aquel año, suponiendo
que la enferma estaba cansada ya de tanto pastorcito, y tanta oveja, y tanto
camello, discurrió la madre colocar un precioso Niño Jesús, de tamaño natural,
joya de escultura, en un pesebre sobre un haz de paja. La sencilla imagen
atrajo a la abatida enferma. Parecía una criatura humana, allí echada,
desnudita. Y al mirarla, al pensar que tendría mucho frío, Jesusa creyó
adivinar por qué no la sanaba a ella Dios... No bastaba dar a otros niños
limosna y socorro: era preciso «ser como ellos», aceptar su estado, abrazarse
a la humildad, a la necesidad, imitando al Jesús que reposaba entre paja,
sobre unas tablas toscas... Afanosamente, la niña llamó a su madre y suplicó,
trémula de ilusión y de deseo:
-Mamá, por Dios... Haz lo que te pido y verás si sano... Ponme como están
los niñitos pobres... Echa paja en el suelo, acuéstame ahí... No me tapes con
nada, déjame tiritar...
Resistíase la madre, temblando de miedo a la idea de su hija con frío y
sobre unas tablas; pero, a pesar suyo, el loco ensueño también se apoderaba de
su espíritu. ¿Quién sabe? ¿Quién sabe?... Las alas de la quimera batían
misteriosamente el aire en derredor... Alejó a los criados, miró si nadie
venía..., y cargando el leve peso de la enferma, la tendió sobre la paja
esparcida, en el mismo pesebre donde sonreía y bendecía el Niño; Jesusa abrió
los ojos, miró ansiosamente a la imagen, y después los cerró con lentitud. Su
carita demacrada, crispada, expresó de pronto mayor serenidad: una especie de
beatitud bañó las facciones, iluminó su frente; un ligero suspiro salió de la
cárdena boca... La madre, aterrada, se inclinó, la llamó por su nombre, la
palpó... No respondía; el sueño se realizaba; los dolores de Jesusa habían
cesado; no volvería a sufrir.
«El Liberal», 25 de diciembre de 1897.
Nochebuena del jugador
El vicio del juego me dominaba. Cuando digo el vicio del juego debo
advertir que yo no lo creía tal vicio, ni menos entendía que la ley pudiese
reprimirlo sin atentar al indiscutible derecho que tiene el hombre de perder
su hacienda lo mismo que de ganarla. «De la propiedad es lícito usar y
abusar», repetía yo desdeñosamente burlándome de los consejos de algún amigo
timorato.
No obstante mi desprecio hacia el sentimiento general, procuraba por todos
los medios que en mi casa se ignorase mi inclinación violenta. Habíame casado,
loco de amor, con una preciosa señorita llamada Ventura; estrechaba más
nuestra unión la dulce prenda de un niño que aún no sabía, si yo le llamaba,
venir solo a mis brazos; y por evitar a mi esposa miedo y angustia, escondía
como un crimen mis aficiones, sorteando las horas para satisfacerlas.
Precauciones idénticas a las que adoptaría si diese a mi mujer una rival,
adoptaba para concurrir al Casino y otros centros donde se arriesga, al volver
de un naipe, puñados de oro; e inventando toda clase de pretextos -negocios
bursátiles, conferencias con amigos políticos, enfermos que velar,
invitaciones que admitir- cohonestaba mis ausencias y explicaba de algún modo
mi agitación, mi palidez, mis insomnios, mis alegrías súbitas, mis
abatimientos, la alteración de mi sistema nervioso, quebrantado por la más
fuerte y honda tal vez de las emociones humanas.
Hacía tiempo que no poseía sino lo que el juego me granjeaba. Dueño de un
mediano caudal, había ido enajenando mis fincas para cubrir pérdidas. Vino
después una larga temporada de prosperidad, pero invertí las ganancias en
valores fáciles de negociar, que ya mermaban recientes descalabros. Nada de
esto notaba mi Ventura, porque a semejanza de casi todas las mujeres, recibía
de manos de su esposo el dinero sin preguntar su origen. Segura de mi cariño,
pasiva y feliz en su hogar, ni se le ocurría ni quizá deseaba conocer el
estado de nuestros intereses. En las ocasiones felices, yo le traía ricas
alhajas y le compraba lindos trajes; en los momentos de estrechez, una
indicación mía bastaba para que ella redujese el gasto y aplazase los pagos,
con instintiva complicidad. Pero si mi esposa no me causaba inquietud y el
desorientarla me parecía facilísimo, otra persona de la familia me inspiraba
indefinible recelo.
Era esta persona el hermano mayor de Ventura, mi cuñado Bernardo, hombre de
entendimiento vivo y sagaz, de fogosa condición, a quien penas ignoradas,
quizá dolorosos desengaños, impulsaron a abrazar el estado eclesiástico.
Bernardo ejercía su ministerio con un celo abrasador, con sed de sacrificio
que le consumía, demacrando su cuerpo y encendiendo en sus azules ojos
perpetua llama. Los tales ojos, al fijase en mí, mostraban vislumbres de
desconfianza y severidad. Indudablemente, el santo altruista, consagrado a
hacer el bien, olfateaba en mí la egoísta y desenfrenada pasión que teñía de
un círculo de oscuro livor mis párpados y hacía temblar febrilmente mi mano
cuando estrechaba la suya. Una desazón, un desasosiego parecido al del que con
ropa sucia arrostra la luz del sol en un paseo concurrido, me asaltaban al
encontrarme frente a frente con Bernardo. Éste, que vivía fuera de Madrid,
absorbido siempre por empresas de beneficencia, fundaciones de Asilos y
Asociaciones caritativas, sólo venía a vernos dos veces al año; en Pascua de
Resurrección y en Navidades.
Acercábase precisamente esta solemne época del año, cuando la suerte, que
ya se me había torcido, comenzó a mostrarse airada contra mí. Soplaba la racha
negra, y soplaba tan inclemente y dura, que me arrebataba mis esperanzas
todas. Fallaban mis más laboriosas martingalas; se malograban mis golpes de
habilidad, mis corazonadas se desmentían y naipe que yo tocase era naipe
funesto. Encarnizado en el desquite, me precipitaba con cierta cólera,
obstinándome en despeñarme, agotando mis recursos, desafiando al porvenir. La
intuición de que se me venía encima la catástrofe redoblaba mi desesperada
energía. Debiendo ya sobre mi palabra crecida suma, busqué un prestamista -el
más usurero, el más infame- y sin vacilar como quien cierra los ojos y se
arroja a una sima, me abandoné a sus uñas, firmando cuanto quiso,
comprometiendo mi honor a cambio de la inmediata posesión de la cantidad que
necesitaba para saldar mi deuda en el Casino y tentar el golpe supremo. Estaba
determinado a que no luciese para mí el día de confesarle a Ventura que nos
aguardaba la miseria y la afrenta además. Cierto que a veces se me ocurría
decirle: «Figúrate que yo era un negociante; he quebrado; es preciso
resignarse y trabajar.» Pero inmediatamente comprendía la imposibilidad, el
absurdo de calificar de «quiebra» los resultados de mi desorden. Si caía a los
pies de mi mujer revelando la verdad, tendría que implorar perdón, como cumple
al que faltó a sus deberes. Antes morir, y morir me parecía la solución única
del pavoroso conflicto. En aquellos instantes veía tan claro como la luz que
la muerte era precisa y natural consecuencia de mi modo de entender la vida, y
el derecho de jugar, hermano del de suicidarse: ambos se reducían a uno
solo... «Usar y abusar...» Y morir sin miedo.
Con estos pensamientos volví a mi casa la tarde del día 24 de diciembre,
llevando en el bolsillo la cantidad obtenida del usurero. No bien entré en la
antesala, sentía que me abrazaban a un tiempo por el cuello y por las piernas.
El primer abrazo era el de la mujer amante, que unía su rostro al mío con
arrebato mimoso; el segundo... ¿Quién puede abrazar por más abajo de la
rodilla sino el nene, el muñeco que se ensaya en romper a andar y aún necesita
agarrarse a algo para no caer de bruces?
Sentí que el corazón se me hendía; sentí que me acudían lágrimas a los
ojos; y apartándome bruscamente por disimulo, exclamé:
-¿Qué pasa? ¿A qué viene esto?
-Ha llegado Bernardo -respondió Ventura sorprendida de mi sequedad.
-Tío Nado -repitió mi pequeño, que acompañó esta gracia con una risa
estrepitosa.
-Pues toma -dije entregando a mi mujer un puñado de billetes-: prepara una
cena; pero una cena de verdad, como me gustan..., y ahora déjame, hijita,
déjame un poco; quiero reposar, me duele la cabeza, y de aquí a la noche
espero mejorarme para charlar con Bernardo.
Ventura obedeció, y yo me encerré a escribir una especie de testamento y
despedida. Mis dientes castañeteaban; concluí la tarea, registré mis pistolas,
las cargué, me eché sobre el sofá y fumé nerviosamente, cigarro tras cigarro,
hasta que Ventura, solícita, vino a avisarme para cenar. Era temprano, porque
el niño no podía faltar a la mesa en noche semejante y su madre evitaba
tenerle despierto hasta las mil. Nos dirigimos al comedor, iluminado por
bujías rosa, alegrado por la blancura de los manteles y el destellar del
cristal y de la plata.
La sopa de almendra humeaba suavemente y trascendía a gloria; las frutas
raras se apiñaban en el centro de mesa, reflejado por una luna de espejo
circundada de rosas tardías; en las copas reía ya el Sauterne amarillo, y mi
mujer, engalanada, compuesta, sonriente, con el rizado pelo algo fosco y las
mejillas rubicundas, se acercó a mí y murmuró acariciándome con la voz:
-¿No saludas al forastero? Ahí le tienes.
Abracé a Bernardo, y empezó la cena, animada al principio por las
genialidades del nene y las coqueterías de Ventura, empeñada en que alabase su
tocado y tan resuelta a conquistarme, que hasta apoyó sobre mi pie el suyo
chiquitín. Sin embargo, languideció la conversación bien pronto; no era
difícil notar que Bernardo y yo estábamos pensativos. A las preguntas
inquietas de mi esposa, respondía alegando cansancio y jaqueca; pero Bernardo,
el de las chispeantes pupilas azules, declaró categóricamente:
-Tu marido tendrá lo que guste, y no querrá enterarnos de por qué parece un
reo a quien le acaban de leer la sentencia ahora mismo; pero lo que es yo...
estoy así... porque me da vergüenza cenar tan bien, con salmón, y ostras, y
langostinos, y vinos añejos, y no poder ofrecer a algunas familias pobres, ya
que no estos festines de Lúculo, al menos el pan del año, el fuego del hogar y
ropa con que abrigarse las carnes. El apóstol enseñaba que los cristianos no
deben encerrarse para comer manjares suculentos. Nosotros nos saciamos de
cosas ricas, y vamos a brindar con un champaña... que ya lo conozco de otras
veces... ¡Clicquot!, mientras los pobres... No puedo evitar esto, ni vosotros
podéis; pero allá dentro hay un rincón de mi alma que llora. ¡Cómo ha de ser!
¡No acierto a remediarlo!
Decir esto el sacerdote y cruzar por mi imaginación el chispazo de una
idea, fue todo uno; ni dio tiempo a la reflexión ni a que yo calculase el
efecto que en Bernardo iban a producir mis palabras. Me levanté, llené una
copa del champaña, que frío como nieve ya lucía en la jarra de cristal
tallado, y la tendí a Bernardo, exclamando de un modo significativo:
-¡Pues brinda... o reza! Para que se logre un plan que tengo yo... Si se
logra, asegurarás el pan a algunas familias.
Bernardo echó mano a su copa, y antes de alzarla, fijó en mí las
fascinadoras pupilas. A mi parecer, me registraba el cerebro, me veía la
conciencia y me leía como se lee un abierto libro.
De pronto, con súbita decisión tendió la copa, la acercó a la mía, las
chocó, y pronunció majestuosamente:
-Brindo ahora... Rezaré después. Deseo que se logre tu plan... pero una vez
sola, ¿entiendes? Una sola.
Consideré sellado el pacto. En mi superstición de jugador lo había ensayado
todo, gitanas y médiums, amuletos y pueriles conjuros... todo, excepto el
interesar a Dios por el cebo de la caridad, partiendo mis ganancias con el
Árbitro supremo, cuya previsión sirve al ciego azar de invisible lazarillo.
¡Poner al Cielo de mi parte! Sí, porque el Cielo tampoco podía «querer» que yo
ejecutase la resolución postrera y definitiva, la única que cortaba el nudo
infernal de mi destino...
Así que terminó la cena, me levanté, alegué una excusa, dejé a Ventura
malhumorada y a Bernardo meditabundo, y salí desalado, a jugar, no ya el
dinero, sino la honra y la existencia, la existencia que en aquel momento me
parecía tan seductora, tan digna de ser vivida, entre los halagos de una mujer
enamorada y la luminosa sonrisa de un querubín que me pedía protección y ayuda
para andar, cogiéndose a mis piernas...
Por las calles se oía tumulto de gentío, repique alegre de panderetas,
rasgueos de guitarra; en las casas, la luz se filtraba delatando la reunión de
los que se quieren en íntima fiesta; y yo pensaba, mientras el coche que había
tomado a mi puerta iba rodando hacia el Casino: «Si marro, ésta es mi
Nochebuena última.»
¿Sabéis lo que se llama una suerte desatinada, increíble, loca? Pues así la
tuve yo desde el primer instante. Sobraban horas para jugar, y estaban allí
los puntos fuertes, los de repleta cartera y crédito firme. Sin tregua los
arrollé; no recuerdo vena igual: parecía cual si viese al trasluz las cartas
que iban a salir, o un poder invisible me dictase la puesta. Como si Dios se
esmerase en cumplir el pacto, mi vena aumentó desde que sonó la medianoche.
Al regresar a mi domicilio, entré en el cuarto de Bernardo. El cura estaba
despierto; me esperaba sin duda
-Acuéstate -le dije- y duerme bien, que mañana tendrás con qué dar a esas
familias pobres el pan del año.
Vi en el expresivo rostro del sacerdote indicios de perplejidad y zozobra.
Comprendía perfectamente el origen del dinero que yo venía a ofrecerle en
cumplimiento del trato y su conciencia batallaba con su pasión de hacer bien,
de consolar penas, de enjugar lágrimas. Débil, por fin, vencido del deseo,
sacudido por una trepidación interior que le enronqueció la voz, siempre
sonora, me cogió las manos entre las suyas y murmuró:
-Acepto... Venga... Sólo que ¡acuérdate!... La condición...
-Hoy ha sido la última vez: palabra de honor -respondí adelantándome a su
ruego.
No sé si me creeréis, pero no he jugado más desde aquella Nochebuena. Al
principio se me crispaban los dedos y la cabeza se me desvanecía con el ansia
de volver a probar las amargas delicias del juego; después, poco a poco, vino
la calma: el olvido ¡nunca! Negocié, labré una fortuna, y aprendí que puedo
usar de ella, pero no abusar. Sé que soy depositario. El dueño está arriba.
Página suelta
El destacamento había marchado toda la mañana, y, después de un breve alto,
fue preciso seguir la caminata emprendida para acampar, ya anochecido, como
Dios dispusiese, en la linde del bosque. La lluvia (rara en aquel clima
durante el mes de diciembre) no había cesado de caer en hilos oblicuos,
apretados y gruesos. Sorprendidos por el capricho de las nubes, desprovistos
de mantas y capotes, soldados y oficiales se resignaron, o, mejor dicho, se
chancearon con el agua; y era preciso todo el azogue de la juventud, todo el
ánimo del soldado, todo el estoicismo del carácter peninsular, para no darse
al mismo demonio al sentirse empapados como esponjas. Hacía calor, y el
chorreo del agua no parecía sino que aumentaba la densidad de la temperatura
pegajosa, sofocante, y con la marcha, irresistible. ¡Sudar el quilo y mojarse
a un tiempo, caramba! Y no había otro remedio que seguir andando, a socorrer
al pueblecillo cercado por los insurrectos, donde hacían desesperada y heroica
defensa los moradores, capitaneados por el párroco, un fraile dominico muy
terne... La idea de salvar a españoles y españolas de la muerte y de los
ultrajes alentaba al destacamento y le ponía alas en los pies, aunque el
barro, que subía hasta las rodillas, se los calzase de plomo.
Por necesidad, porque no se veía, y también porque las fuerzas humanas
tienen un límite, se detuvieron a la entrada de la selva. Casi en el mismo
instante cesó el aguacero, cual si algún tifón lo hubiese barrido, y apareció
un trozo de cielo limpio de nubes. A buen presagio lo tuvieron los españoles,
que se dispusieron a acampar al pie de un copudo y añoso tamarindo, cuyos
frutos, de ácida pulpa, sabían que son seguro remedio contra el cansancio y la
fiebre. La luna, que filtraba ondas de luz gris perla al través del espeso
ramaje enredado de lianas y tupido por los helechos colosales, fue acogida
como una amiga; a su claridad añadieron la llama de una hoguera que no quería
arder, y soldados y oficiales medio se secaron, abanicándose con hojas de
cocotero, porque aquel calor húmedo asfixiaba.
Colocados ya los centinelas, los soldados buscaron en el sueño, o más bien
en un inquieto y pesado letargo, el descanso indispensable después de tan
fatigosa jornada; pero el capitán, alto, moreno, enjuto, apoyado en el tronco
del tamarindo, y el teniente, muy joven, aniñado, de dulce cara femenil, se
quedaron un instante en pie, abiertos los ojos, como si interrogasen a la
noche.
-Pepe -dijo de pronto el capitán-, ¿sabes que me da el corazón que cuando
lleguemos se habrán rendido? Por mi gusto..., ¡ahora mismo los hago levantar a
todos y monto a caballo, y seguimos, hombre, seguimos para adelante!
-La tropa está que no puede con su alma -objetó el teniente, que se caía de
sueño-. Dicen que tienen los pies como carbones ardiendo y los huesos
calados...
-¡Bah!, en cuanto dormiten un cuarto de hora, los azuzo y se enderezan
frescos como lechugas... ¡Si conoceré yo a mi gente! Son de hierro...,
forjados en Eibar.
-Pero ¿de dónde sacas tú que allá se han rendido? Hay armas, municiones y,
por sabido se calla, corazón; la iglesia y su torre son fuertes; hay una buena
empalizada de bambú y otra de tapial; con menos que eso se resiste a un
ejército; y los que quieren entrar en Arringuay son cuatro gatos.
-Tienes razón -declaró el capitán- menos en lo de los cuatro gatos, porque
son centenares y no sé si millares de gatos los que están allí; pero ¿sabes lo
que más me desespera de esta parada? ¿Tú no te acuerdas de la noche que es
hoy? Como van ocho días que no sosegamos, como aquí hace verano cuando allá
invierno..., qué, ¿no sabes que es...?
-¡Nochebuena! -exclamó con acento penetrado el teniente, cuyos ojos garzos
se velaron de nostalgia-. ¡Nochebuena! ¡Y yo que no me acordaba, chico!
¡Nochebuena! ¡Ay, quién comiese hoy la sopita de almendra y la compota rajada
de canela, en casa de tía Dolores! ¡Con las primillas, al lado de Fanny! ¡Está
uno tan harto de ver caras amarillas y juanetudas! ¡Ole las mujeres de nuestra
España!
-España es también aquí -respondió seriamente el capitán-. ¡Lo que es el
mundo! Tú te acuerdas de las muchachas..., y yo, de mi nene, que ha nacido
hace tres meses... No lo conozco aún...
-¡Nochebuena! -repitió el teniente de la cara afeminada-. Mira tú: ello
será tontería o chifladura...; pero me acaba de dar por el alma no sé qué cosa
rara, chico, y me pasa como a ti...: que me gustaría hacer algo gordo esta
noche.
-¡Para escribirlo allá!
-¡No, que sería para contárselo al emperador de la China!
Las manos de los amigos se buscaron y se estrecharon enérgicamente; la
hoguera, casi extinguida por la humedad del suelo, lanzó un reflejo rojo sobre
el semblante de los dos oficiales; y el teniente, despabilado, electrizado,
dijo en voz opaca y ardiente como un ruego:
-¡A despertarlos, chico, a despertarlos! Tres o cuatro leguas que faltan,
se andan pronto... El guía me ha dicho a mí que sabe un atajo...
Quince minutos después, ni uno más ni uno menos, el destacamento caminaba
otra vez, mejor dicho, se arrastraba penosamente, cortando con hachas las
espesas lianas y los bejucales, hundiéndose en charcos donde la amarillenta
sanguijuela les adhería a las piernas su ventosa y oyendo deslizarse en la
maleza la iguana y la venenosa serpiente palay. Cubierta otra vez la luna por
nubarrones, la oscuridad era casi total, y la tropa avanzaba a tientas, riendo
y renegando, pero sin quejarse, sin echar de menos el interrumpido reposo. El
que tropezaba en un tronco de árbol y daba de bruces, juraba y se incorporaba,
sin pensar siquiera en enterarse del daño recibido. ¡Sí, para mimitos estaba
el tiempo! ¡Cuando tal vez ardía Arringuay y destripaban a sus moradores los
condenados rebeldes! ¡A menear las patas! Y una calentura de voluntad, de
deseo, de abnegación, impulsaba los cuerpos exhaustos, despejaba las cabezas
cargadas de modorra y prestaba fuerzas a los más endebles, y a los que menos
podían consigo... Iban como se va en una pesadilla.
Medianoche era por filo cuando avistaron al enemigo. Para decir verdad, lo
que avistaron fue un caserío envuelto en llamas, un grupo de chozas de donde
salían clamores. El capitán había adivinado: Arringuay se encontraba ya en
poder de los asaltantes. Parapetados en la iglesia, resistían aún algunos
hombres, mandados por el párroco fraile; hacia la plaza sonaban disparos; el
pueblo, inerme ya, encontrábase entregado al saqueo y a la matanza. Los
españoles se precipitaron en él, y se luchó confusamente entre las sombras o a
la luz del incendio, pisando muertos lívidos, acribillados de heridas; vivos,
palpitantes aún, agarrándose con los bandidos y cruzando con sus raras armas
de salvajes, sus campaniles y sus krises ondeados como sierpes, las leales
espadas y las limpias bayonetas. La pelea, sin embargo, duró poco; la horda,
con exclamaciones nasales, con atiplados chillidos, que delataban a la vez el
despecho, la ferocidad y la cautela, se comunicó la orden de retirada, y
dejando en la plaza y en las calles otra nueva hornada de cadáveres -porque la
tropa, cansada y todo, pegada duro-, huyeron a la desbandada los rebeldes, y
los defensores de Arringuay, llorando de gozo, bajaron de la torre, en cuyos
escombros pensaron envolverse. El fraile, empuñando todavía su rémington,
corrió al encuentro del capitán, y aquellos dos hombres que no se conocían,
que no se habían visto nunca, pero que eran, en el momento de encontrarse, una
misma idea habitando dos cuerpos diferentes, se abrazaron con esa efusión
larga, ardorosa, con que sólo se abrazan los que se quieren mucho...
La tropa, reanimada ya, ni pensaba en comer ni en dormir. Iban de casa en
casa ayudando a apagar el incendio. Y el fraile y el capitán, comprendiendo
que no era hora de entregarse a desahogo se pusieron de acuerdo en breves
palabras, empezaron a dar órdenes y a ejecutarlas en persona. Los moradores,
como el rebaño después de la acometida del lobo, juntáronse en la plaza: la
madre buscaba al hijo, el hermano al hermano, se llamaban, se contaban;
algunos sacaban a cuestas a los heridos. Un sargento trajo en brazos a un niño
de pecho; acababa de encontrarle en una casuca que empezaba a arder, y donde
sólo había una mujer muerta, nadando en un charco de sangre. Era la criatura
un muñeco amarillo, que se descuajaba llorando; pero al capitán la vista del
muñeco le avivó deseos y afanes, con más viveza en aquella noche, en que
especialmente son sagrados los pequeñuelos; inclinóse y besó tiernamente al
huérfano, y el teniente, con bonita sonrisa juvenil, le alzó entre sus manos y
le enseñó a la multitud, diciendo humorísticamente:
-¡Miren qué Niño Dios nos cae hoy!
-Es bien feo el condenado, mi teniente -declaró el sargento.
-¡No tenemos otro!...
Y el niño de raza malaya, fue festejado, y compadecido, y chillado, hasta
que le tomó de su cuenta una chica que le acercó a su seno oblongo y a la cual
el capitán deslizó en la mano todo el dinero que llevaba.